-Está bien, está bien, le creo, pero  alguien tendrá que darme una explicación de lo ocurrido, al fin y al cabo el gas en cuestión, como dice usted, no procede de las entrañas de la tierra sino de las de una farmacéutica, todo y que dudo que las farmacéuticas tengan tal cosa. Pero las preguntas se me agolpan, ¿tiene efectos secundarios el gas de marras? ¿los tiene su antídoto? ¿he de seguir alguna norma profiláctica? ¿tomar algún fármaco?¿ puedo seguir conduciendo sin riesgo?¿qué le digo a mi médico? ¿lo he de comunicar a mi cia. de seguros? ¿a un abogado?¿a la policía?

-Pare, pare, que se me acelera, no le puedo contestar todo a la vez, de hecho no se si puedo contestarle a algo. Solo estoy autorizado a darle un teléfono de contacto al que puede usted llamar si percibe algún síntoma no habitual, allí le informarán de los pasos que debe realizar.

– ¿Qué quiere decir síntoma no habitual, un sarpullido, dolor de cabeza, diarrea, que me he vuelto de derechas, o  que me ha crecido una zarpa de acero, o me he vuelto  invisible?

– Me refiero a si persisten las alucinaciones. Mire no puedo decirle mucho más, de hecho no sabemos mucho más, al parecer la sustancia inhalada procede de un laboratorio que trabajaba en una línea de cosméticos para hombres, una sustancia tremendamente volátil y que no saben ni cómo ni porqué tiene efectos no descritos sobre la memoria, o al menos eso es lo que nos  han comunicado al equipo sanitario.

-Me está usted diciendo que mi conversación con Pablo es el efecto colateral de un affter save, o de una esa de esas cremas faciales para camuflar machos como metrosexuales. Si es así, dígame la marca porque acaban de inventar una versión superada y mejorada de H Wells y su montón de chatarra viajera. Un sutil toque de su “eau du bouchon” sobre las mejillas y automáticamente queda abducido algún desgraciado del que hace décadas  olvidamos su existencia, sin palabras.

– Bueno, esa sería una versión chusca del tema. Al parecer alguno de los componentes de la base cosmética, en conjunción con algún otro factor que desconocemos, acelera conexiones neuronales que hacen regresar a momentos vividos. Lo único que sabemos es que no tiene el mismo efecto en todo el mundo, de hecho, y por lo que me cuenta, el suyo es un caso peculiar y, no quiero engañarle, desconocemos si esos efectos  persisten en el tiempo.

– Estupendo, solo me faltaba que con los recuerdos regresaran los recordados. Se da usted cuenta de lo que eso significa. Si ya me resultaba difícil  lidiar con lo ocurrido, con el pasado, siembre vagando en ese etéreo mar  de olvidos y recuerdos, ahora, y gracias a tan extravagante unguento, el pasado puede personarse  a pedir cuentas en cualquier momento.  A la que me descuide convierto mi casa en el hotel de las ánimas perdidas; que regresan en busca de venganza, o respuestas, o vaya usted a saber. Espero que por lo menos no se me beban el Cardhu 15 años que le escondo a las visitas. Bien déme ese teléfono, nunca se sabe. Una cosa más, sabe si el atasco durara mucho  rato.

– No puedo decirle, pero el pollo no es pequeño, el camión se ha hecho añicos y la descontaminación no pinta fácil, en fin paciencia y que haya suerte, y no olvide usar el teléfono que le he dado, eso sí,  solo  si empieza a ponerse verde, claro.

-Muy gracioso. No se preocupe, no lo olvidaré.

 

La tarde se ha vuelto gris y plomiza, como mi cabeza, aturdida por lo ocurrido, noqueada por las revelaciones del enfermero, perpleja por algo que no puede haber sucedido. Lo que para todos no pasa de ser un incidente de tráfico a mí acaba de contaminarme la totalidad de lo existente. Como saber, a partir de ahora,  donde empieza lo real y donde termina lo imaginario, donde la materia bruta y donde mi mirada emponzoñada de cosmético. La presencia ausente  de Pablo ha sido como un mazazo, sus palabras, sus gestos, su abrazo, tenían la misma densidad que el asfalto   y sin embargo se han evaporado, se han fundido junto con ese gas del recuerdo. Ya hace tiempo que intuyo  que la realidad no es solo lo que hay, sino también lo que yo pongo sobre lo que hay,  pero después de esto toda percepción se alambica, se retuerce, se torna esquiva e imprecisa. Aun no sé  como  convencerme de que  Pablo nunca atravesó la ventanilla con su voz rota, ni puso sus manos en el salpicadero, ni olí su cuerpo sudoroso, y por  mucho que me esfuerzo no puedo evitar sumergirme en la nostalgia de sus palabras, de sus recuerdos   que han dejado en mi una huella tan intensa  como la que deja el anillo sobre la cera. Bueno,  prometí al enfermero  quedarme en el lado de aquí de las cosas y eso voy a hacer, que remedio, se fue sin darme la marca del cosmético y con ello me cerró el acceso al turbio mundo  del otro lado.

 

Voy saliendo de mi ensimismamiento y  compruebo como el  tedioso orden natural de las cosas parece haberse fisurado. Las vidas que  caminaban amuralladas,  en la autista carcasa de sus vehículos, convergen en infinidad  de corrillos. La soledad parece abrirse como una mangrana que, golpeada por la incertidumbre y la duda, desperdiga todos sus granos sobre la carretera. El hombre que ocupaba el Seat León de delante,  repara en mi existencia y me dirige una mirada franca y directa. El corazón me da un vuelco, se habrá abierto una brecha en la nada que nos separa, un camino de empatía en este Mar Muerto de autopista. No, no, puro humo como Pablo, solo busca  asentimiento a las palabras que  está cincelando en mármol como si fueran los Diez Mandamientos:

 

-los políticos tienen la culpa de todo esto, un montón de inútiles incapaces de solucionar un simple atasco, yo esto lo arreglaba en diez minutos, pero hay que tener un par de pelotas y venir aquí y arremangarse y esos no se mueven de sus despachos.

 

Un tipo bajito  de barriga ostentosa y tan destartalado como su furgoneta, asiente:

 

-Esos solo piensan en  poner multas, en recoger pasta, y para eso nos bajan los límites de velocidad, o de alcohol en sangre o el puto cinturón, o el móvil, que  ya es la sexta que me ponen. Pandilla de mangantes, a saber cual está detrás de este atasco y que gana con ello.

 

Una joven de mirada despierta observa con expresión contenida, mientras, una señora  alicatada hasta las cejas se une al vocerío:

 

-Lo que pasa es que se han perdido los valores, ya nada es lo que era, no se respeta a los padres, ni a los maestros, ni a los curas y a la policía se la torean, y así nos va.

 

La joven perpleja, con los ojos abiertos como platos, se carga de valor y vomita:

 

– Hombre tanto como un simple atasco, mas parece EL ATASCO con mayúsculas y a mi entender ustedes están confundiendo el tocino con la velocidad. Alguna responsabilidad tendrá la empresa que transportaba la carga. No sabemos si el conductor del camión esta herido, o si hay herida más gente, quizás en lugar de opinar sin fundamento  podríamos  mirar la manera de echar una mano.

 

¡Bravo por la chica!

No opina igual el tipo del Seat León, que me ha retirado la mirada para dirigirla,  cual plaga bíblica, contra la listilla del  Panda:

 

– ¡Oye! yo digo lo que me da la gana y tú no eres nadie para cuestionar mi derecho a opinar. Faltaría más,  saliste  del huevo ayer y ya crees que puedes ir dando lecciones a derecha e izquierda. Fíate, fíate de tus amiguitos, que igual te quedas aquí toda la vida. Tú ves preocupándote por los demás que de  ti ya veremos quién se ocupa. Yo,  yo voy a  buscar la manera de salir de esta mierda, aunque sea aprovechando el hueco que abre la ambulancia y, mira nena,  el que no se espabile que se joda.

 

No sé porqué, la escena  hace resonar en la memoria mis tiempos de sindicalista, no los primeros cuando me movía la pasión y la firme convicción de que el mundo podía cambiarse y que mis compañeros de trabajo eran el sujeto sobre el que pivotar ese cambio, sino luego, más tarde, cuando ya mi actitud se había vuelto  más temperada, más descreída, más escéptica. Cuando   al mirar a la gente a la cara ya solo percibía ingratitud,  mezquindad, salvase quien pueda, y “de lo mío qué”.  Un tiempo en el que empecé a sentir  que el valor del nosotros, de lo común,  se resquebrajaba y caía en la cotización a nivel de bono basura.

Algo estaba cambiando y aun no entendía cual era la naturaleza de ese cambio. Antes, te decían resignados  que, nunca lo conseguiríamos, que siempre ha habido ricos y pobres, que no valía la pena jugársela, que era un iluso; yo les contestaba desplegando, con toda la épica de que disponía, la pasión por la posibilidad que me habitaba. Ahora, la cantinela había mutado, directamente te trataban de mensajero de lo inútil, de paladín de vagos y aprovechados, de coartada para parados espurios y pensionistas privilegiados. Incluso se habían inventado una palabra, “emprendedor”,  que brillaba en letras luminosas para anunciar el mundo conocido  como el mejor de los mundos posibles. Si eras eficaz y  trabajabas y no protestabas y te labrabas solo tu camino, el éxito sería tuyo y nadie te podría poner en la puta calle,  algo que empezaba a ser lo más común en aquel tiempo. Siempre había tenido claro  que calentaba más una caricia del amo que todo el fuego de lo justo pero,  esto, esto ya era demasiado. Se me antojaba una letanía de ingenuidades, cuando no de auténticas falacias, de palabras trinchera desde las que defender un orden del mundo en el que zorros y gallinas comparten gallinero, y éstas últimas lo celebran

con una borrachera de huevos de dos yemas.

Pero empezaba a intuir que no solo estaba cambiando el mundo de fuera. Esos discursos, con otras formas,  que años atrás me hacían  hervir la sangre, como a la chica del Panda,  ahora  ya ni siquiera me indignaban o perturbaban. Hacia tiempo que, lentamente,  imperceptiblemente, me había vuelto avaro con la energía invertida  en  cambiarlo todo. Todo, ya no era de dimensión humana y  sentía que me había extraviado en el bosque  de las palabras monumentales, de las palabras de siete leguas que  saltan sobre las pequeñas palabras, esas que no se esculpen sobre el mármol pero que se filtran desde el mismo tuétano de las cosas  que, sin  saber de emancipación, ni lucha de clases,  si saben del desaliento  de un  niño que huyo de su casa para no ahogarse. De un niño grande que  busco un mundo en el que no sentirse frágil y vulnerable, pero que aun hoy, en este atasco, no ha conseguido encajar la vida y el cuerpo.

 

En ese tiempo, en un momento difícil de precisar,  empezó a gestarse otro atasco, si acaso no es el mismo. Ahí se produjo la epifanía de un fracaso, un fracaso  que no tenía que ver con el fin de las utopías, ni  las ideologías, ni  la historia, ni con la cambiante realidad  de afuera, sino con un cierto vacío, un cierto extrañamiento del mundo, de los otros. Había matado a Dios pero ansiaba sus certezas, había liquidado la familia pero suspiraba su cobijo, había destronado al padre pero me sentía huérfano, había despreciado un nosotros falaz y miserable y me había quedado solo. Comprendí  que  perseguir un mundo más justo había sido siempre una coartada. Yo había buscado el “Bálsamo de Fierabrás”, la “Matesis Universales”,  un antídoto  a la fragilidad y la soledad de las que huía,  y se me había escapado entre la niebla de los discursos.

Nada ni nadie me parecía sólido, ni siquiera  líquido, sino viscoso, inasible, reactivo. Sentí, como un golpe seco,  que el codiciado nosotros  -no el identitario sino el amoroso, el que  acoge y cuida y atempera el vacío-  no era más que una encrucijada fugaz, un microsegundo de un choque de electrones, un puro cometa del azar que pasa cada x años y dura lo que dura una negra noche de luminosas estrellas.

A partir de ese momento, supe que  no había lugar al que llegar, ni premio que recoger, que el sentido no era más que un juego, un divertimento, una  estrategia en forma de cuento, para que  el vacío no ahogase la existencia. Ahora estaba claro,  el reto no era la “emancipación”o la “justicia social”,  sino  saber  que la vida era eso, solo eso, una diminuta chispa que salta de una hoguera que se apaga y, aun así, seguir deseando sin  sucumbir al impacto  cegador de ese conocimiento.

 

Me llegan, tenuemente, las conversaciones de los corrillos, veo las colas interminables de coches, de vidas atascadas y  me parece un milagro que no nos devoremos unos a otros, que haya ongs.  que se sonría a los niños, que la  mayoría  circule por la derecha o que no tire las basuras en la puerta del vecino. La convivencia se me dibuja con un trazo frágil e inestable  y descubro la magnitud de algo tan cotidiano como darle los buenos días al segurata  del supermercado. De introducir, con ese gesto pequeño, la energía necesaria para que el cosmos de las relaciones no se disuelva en la entropía, en el caos que siembran las voluntades ciegas. Digo buenos días, a un ser anónimo, invisible,  en la esperanza de que esa brizna de reconocimiento, de cuidado, mantenga vivo el fuego que se extingue y  un día, durante un rato, me alcance el calor de una de esas  chispas de amor que crepitan en la noche.

 

De nuevo ¡bravo por la chica! .Échale una mano, me digo. Que la pasión por lo posible no se extinga, que fecunde en ella y para como las cobayas. Pero me siento absurdo, ajeno, como en un mundo que ya no es el mío. Pablo hubiera entrado al trapo en ese corrillo, hubiera discutido, hubiera alimentado aquel aquelarre de palabras huecas, se hubiera encarado con el tipo del Seat León, sobre todo si hubiera visto alguna posibilidad de ligarse a la titi del Panda o, simplemente para quebrarle los cuernos de macho alfa. Pero yo hace tiempo que ya no discuto como en ese tiempo, el de antes,  temo quedarme sin palabras, temo que el energúmeno de guardia  machaque, como un paquete de tabaco,  lo poco que queda de un sueño y que señale, con su dedo y su reluciente anillo de oro,  el mismo centro de mi fracaso.

Así que, solo  quiero regresar a mi devastadora y confortable soledad, a mi memoria de trapo, a mi pequeño mundo perdido y sin aliento. Aunque os aseguro que hay días que lo siento  más acogedor que todas las  grandes causas nobles del mundo. Ahí, en su refugio, no necesito ser fuerte, ni grande, ni valiente, ni eficiente, ni demostrar que yo puedo. Ahí, en ese lugar minúsculo, ínfimo, sobreviene el silencio y se aplaca el griterío que me empuja al escenario, a salir al mundo para proclamar  la encrucijada que ocupo.

 

Salir de este atasco no será fácil, ni inmediato, así que  intento retomar el hilo de mis recuerdos y, como quedamos, buscar en ellos esa marca de nacimiento, o ese implante temprano, que debidamente conjurados, si es el caso, conviertan este fracaso en un recuerdo lejano. Aunque la memoria se resiste, han pasado horas desde que Pablo se fue, o se no fue,  y los siento como días. Vuelve al  punto de partida, me digo, como en casa cuando pierdes un objeto, sigues las miguitas de pan de cuarto en cuarto, de la alacena al baño, del  ropero al costurero, hasta que en un punto del trayecto, como si fuera un mojón kilométrico, encuentras un indicador que pone “al objeto perdido”. Así que vuelvo a entrar en el coche sin que se percaten mis vecinos, enfrascados en su apasionado pulso. Me siento al volante y al ir a encender  la radio me doy cuenta que ha estado parloteando todo el tiempo, aunque la voz hermosa ya no  sigue allí,  ha sido sustituida  por un deportista de voz menuda al que alguien está presentando como un héroe trágico, como un espartano que acaba de tener sus Termopilas en un partido de Champions; ¡joder! esto del fútbol a veces sí me parece como la guerra por otros medios, a veces creo que están todos enfermos, ¡mátalo! ¡destrúyelo! ¡machácalo! Deseo gritarles, es solo un balón, un espectáculo, amigo y enemigo son conceptos huecos y absurdos. ¿Cómo algo tan vacuo, tan insignificante, puede confundirse con la vida? Pero  tu sabes que ese balón no es de cuero, ni redondo, sino del material intangible con el que se construyen los símbolos. Y lo sabes, porque tú también has sido victima de ese mal que divide el mundo en ellos y nosotros.

Una cosa me conduce a la otra y  me reencuentro con el hilo perdido, con  la fractura de mi infancia, esa  que se produce  cuando el  corderillo irrumpe, por prescripción facultativa, en territorio de lobos. Un  tiempo  en el que sobrevivir exigía que  nadie escuchara mi balido,  que cada sonido que saliera de mi boca sonara como un aullido furioso. Un tiempo que pedía  estar bien despierto y pensar cada movimiento. Nadie debía saber de la fragilidad de mi  existencia, nadie debía sentir la tentación de ponerme a prueba, de retarme a un cuerpo a cuerpo. Me convierto en un maestro de parecer sin ser, y esa estrategia  me conduce a un desajuste entre audacia y miedo y, paradójicamente, a  disponerme en primera línea  en cualquier conflicto.

Como aquella víspera de  San Juan, que, en otros escenarios, tantas veces se me ha repetido. Los de la calle Almircar vienen a robarnos la leña y la patria en peligro exige de la sangre de sus hijos. El montón de madera inútil me importa poco, pero sé que el reconocimiento de los míos,  de la tribu, es el único salvoconducto en aquella estepa helada. Las piedras, que se amontonan en las calles sin asfalto, empiezan a llover como pesadas saetas, hay que ser hábil para esquivarlas y valiente para lanzarlas, me tiembla la voz y el pulso, el corazón palpita en la carótida como si quisiera reventarla, y el  miedo me oprime la garganta, pero rugir como un león no es compatible con huir como una gacela. Una piedra me salva de la duda y del miedo, me alcanza en la cabeza, la sangre corre a borbotones y tiñe de rojo león mi pelusa de oveja. Tengo una buena brecha, pero la patria se ha salvado, y yo,  héroe de la victoria, puedo respirar tranquilo durante un tiempo, nadie afrenta a los caídos. Mi madre, horrorizada, me lleva al dispensario, “maldita la hora que le di alas al niño”. Unos días de cautelar encierro domestico y  vuelvo a la calle y la rueda de la fortuna me sigue haciendo un hombre con nuevas pruebas, y eso que,  aquella misma noche,  antes de  dormir, en el refugio de mi casa, con la cabeza dolorida, le pedí al Jesusito de mi vida que escuchara mis  plegarias: protege a mi madre, a mi padre,  a mi abuela, a mi hermano y  por favor no me envíes más pedradas. Repito la oración, ahora dirigida a mi ángel  de la guarda , que también eche una mano, en esta empresa ninguna ayuda sobra.

No debieron oírme, quizás solo entendían latín o hebreo o aquello del catecismo era una pura patraña, porque las pruebas se repitieron en el tiempo, dos pedradas más entre otras muchas.

Aquel era mi mundo,  el único posible, eso creía entonces,  pero no tarde en reconocer otros mundos, el azar me los acerco  y mi deseo de vivir escapando a los lobos me hizo reconocerlos, o eso creí entonces.

 

 

 

 

14/04/2016

 

 

 

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