Un aullido agudo y punzante acaba de coagular de golpe, ese mar de nostalgia en el que la dulce cadencia de Moustaki me había sumergido. Vuelvo al mundo real de las cosas reales, de esas que labran su existencia sin dignarse a pedir nuestro consentimiento. Es la radio, ha perdido la frecuencia; para ella debe ser como precipitarse en la nada, como perder el sentido, de ahí, supongo, esos irritados estertores con los que reclama  que alguien la ayude a que, de nuevo, fluyan las palabras y otros sonidos inteligibles, a que alguien la salve del horrible silencio. Entiendo su dolor, que es el mío, y muevo el dial  hasta sintonizar voces coherentes.

Me lo  paga con una hermosa voz que anuncia atasco para rato; un camión de materias peligrosas ha volcado su carga sobre la calzada y la descontaminación será lenta. Así que, aquí estoy, aquí estamos, atrapados, confinados, cada uno en su vehículo, cada uno entreteniendo la soledad a su manera, amueblándola con tantos cachivaches simbólicos y materiales como la marea de la vida le haya arrojado a las playas del presente: melodías, recuerdos, sueños, ilusiones, alguna  rota, la itv que ya vas fuera de plazo.

La situación da para metáfora de la vida, de mi vida, en la que me siento tan aislado y atrapado como en la caravana, rodeado de vecinos  mudos y sordos a mi existencia, sin vida alternativa por la que zafarme, sin atajos conocidos, ni siquiera un estrecho sendero por el que huir a pie sin peligro de precipitarse en la nada, sólo vías muertas, carreteras inacabadas o esta larga espera antes de llegar a casa, si existe tal cosa.

 

Hoy es uno de esos días turbios, en los que uno le pide al santo de los ateos que le permita desvanecerse en la bruma, aunque sea tóxica como la que anuncia la hermosa voz de la radio,  para reaparecer en un lugar lejano con fabulosos paisajes de una infancia prestada, a ser posible “perfumadita de brea y de mar Mediterráneo”, para renacer al mundo cabalgando un pasado exuberante y sin mácula, un pasado sin rotos ni desconchones por los que supure la húmeda sustancia de la nada. Eso sí, por lo que más quieran, absténganse los dioses de castigar al demandante con la pesada broma de cumplir sus deseos al pie de la letra, la nueva vida  solicitada debe prescindir de las faltas y carencias de la que ahora me habita y de otras nuevas de infame cosecha. Pero, ya, me doy cuenta, santo de los ateos es una contradicción en los términos, por eso, supongo que nadie atiende mis plegarias y permanezco cosido a éste, mi pequeño y estrecho cosmos. Esperando, siempre esperando, con la vista dirigida a un horizonte en el que no se conozca el miedo, la ira, la fragilidad o la violenta soledad. Un horizonte infinito que nunca llega y de cuyo contenido real nada se sabe. Mientras tanto, mientras no llega lo que no parece llegar, o yo disuelvo mi impotencia para salir a su encuentro, hay  que conformar el alma  con alguna breve mirada cómplice, de soslayo, por el retrovisor,  nada exagerado, lo justo para seguir nutriendo la esperanza sin por ello colisionar con otros, como yo, absortos en no descarrilar  sus vidas atascadas.

Ojalá pudiera cambiar de vida como quien cambia el dial de la radio, vivir otras vidas, elegirlas y rechazarlas a la carta, adoptarlas para siempre, aunque sólo fuera un rato. Ojalá pudiera vivir un instante, sólo uno, la vida de Pablo, no para quedarme, eso no, sino para sentir su olor, el de su vida (a mi estrecho entender  las vidas, como las casas, deben tener un olor propio e intransferible) cómo respiran sus pulmones, cómo late su pulso, cómo miran sus ojos, y qué hace con el miedo,  o con el amor, o con el tedio y el fracaso. Si semejante cosa me estuviera permitida podría comprobar si siente como yo siento o, si como creo, cada uno lo hace a su manera y si mi manera es acertada o desviada, luminosa u oscura, podría comprobar si su fracaso se colorea con el mismo pantone que el mío o es de una gama más noble, o más plebeya, o un puro invento de mi malsana conciencia.

Viviendo otras vidas, de primera mano por supuesto, podría orientarme con la mía y resolver alguna duda que me perturba;  si he construido y modelado mi vida  con el pulso de la voluntad, con sus aciertos y sus fallos, o si se ha precipitado sin dirección ni criterio, como un arrecife que incorpora como propios los restos del cualquier naufragio. Me pregunto si mi camino ha sido distinto del de Pablo por mérito propio, o por una marca de nacimiento, o un injerto incorporado en algún momento de mi crecimiento que han predispuesto todos mis actos. Si fuera lo primero, una cuestión de mérito, aún estaría a tiempo de enderezarla o despeñarla, de elaborar nuevas y sofisticadas estrategias con la que burlar el fracaso; si fuera lo segundo, bueno si fuera lo segundo, no tendría más remedio que arrojarme un puñado de palabras a los ojos para, semi-cegado, seguir viviendo como si fuera lo primero, como si mis actos estuvieran contenidos en mis palabras. De hecho, puede que estas palabras que escribo sean eso, no en vano hace tiempo que mis lágrimas caen, cuando lo hacen, como arrastrando textos o siguiendo reglas ortográficas.

Parece como si el vertido tóxico, por otra parte cada vez más evidente, me estuviera afectando las neuronas y envolviéndolas en una pátina de gilipollez: me acaban de jubilar,  mi pareja se desmorona, mis redes sociales hechas añicos, mis hijos a su bola, la soledad y el vacío me hielan la nuca, y por si fuera poco  ese paraíso de igualdad, amor, bondad y justicia  que debía liberar mis angustias hace tiempo, sé que no se le espera. Y yo, aquí, en pleno atasco, dándole cuerda al intercambio de existencias, como si las existencias fueran un lego con sus piezas intercambiables y universales, como si los pasados y los presentes pudieran permutarse a la carta. Sé que nunca podré traspasar los estrechos límites de mi subjetividad  enquistada, que el mundo de lo otros me está vedado más allá de alguna referencia literaria o de alguna pulsión empática, siempre aproximada. Sospecho que, si estoy jodido, jodido me quedo, que no habrá trasfusiones de otras vidas que activen mi torrente sanguíneo y que, cualquier vida alternativa sólo puede venir de un saber que se me escapa, o del caprichoso destino, o del no menos caprichoso universo de lo imaginario, más generoso, pero percibido siempre como un cuerpo extraño, como una prótesis que no acaba de ajustar y lacera el cuerpo en los puntos de contacto.

Aunque bien pensado, y dado lo dado, no están los tiempos como para despreciarlo. Quizás explorando en lo real imaginario, retorciendo palabras y recuerdos, fabulando narraciones, rellenando con imaginación los agujeros de la memoria pueda vestir mi vida, como la mona de seda, y construir una narración, mitad hechos, mitad relatos, que acoja y acomode mi existencia, y quién sabe, quizás con un poco de empeño, encuentre esa marca de nacimiento, ese implante temprano que dicta el umbral de rango de mis actos, para, con un poderoso cóctel de palabras, conjurar y  neutralizar sus efectos, si es el caso.

El violento sol que hace sólo unos minutos atacaba el parabrisas con ánimo de fundirlo, empieza a rendirse ante una nube oscura y densa que avanza sinuosa y amenazante. El olor perturbador de alguna sustancia química va haciéndose cada vez más penetrante; mientras, las notas de Mediterráneo que sonaban en la radio vuelven a ceder paso a la voz hermosa que, en tono preocupante, anuncia que el vertido tóxico se complica, que han acordonado la zona, que un gas de impronunciable nombre parece expandirse por la atmósfera. Se desconocen sus efectos y recomiendan permanezcamos en los vehículos con las ventanillas  levantadas. Al aislamiento cabe añadirle inquietud e incertidumbre, lo dicho, como la vida. Nos tendrán informados, no sé como tomármelo si con agradecimiento o con un reniego, últimamente cuando nos mantienen informados es para incrementar nuestro miedo, nuestra vulnerabilidad, nuestro recelo al otro, nuestro aislamiento y un cierto Síndrome de Estocolmo hacia quien asegura, a pesar de habernos contaminado, tener en sus manos el antídoto para salvarnos. Como lamento que nadie nos mantenga informados cuando la vida se tuerce o se malogra y sólo nos queda mirar al cielo, a ese inquietante espacio infinito, en el que encima yo sólo encuentro  al citado dios de los ateos, nada que ver con ese otro, todopoderoso y omnipotente que hacía andar a los paralíticos; bueno, este ayudarme no me ayuda, pero al menos, con él, unas risas si nos echamos.

Vuelve a sonar Mediterráneo, será para que la nostalgia  distraiga la incertidumbre, y Pablo me vuelve a la cabeza. Me pregunto ¿por qué si Pablo y yo vivimos en el mismo Mediterráneo que el poeta  jamás “sus aguas besaron” nuestro barrio? al que sólo lo bañaban unas salvajes riadas que ayudadas por una urbanización insensata se llevaban por delante todo lo que encontraban a su paso. ¿Por qué mi niñez “no jugó en su playa”? sino en montañas de  escombros que la ciudad generaba y que,  como el mar, arrojaban inimaginables objetos a los juegos de nuestra infancia. También nosotros llevamos la “luz y el olor” de aquel mar, de escombros, “donde quiera que vayamos”. Es curioso, todo y que “mi primer amor no duerme escondido tras las cañas” una casi lágrima llena mis ojos cada vez que esa canción suena, al final, supongo, que cada cuerpo tiene su Mediterráneo, y cada uno destila el perfume de la infancia a su manera y con los materiales que la vida le arroja. Me temo que la infancia sea la única patria y, el crecer, la piedra que lima todas sus asperezas.

Pablo fue un compatriota y, de aquel perfume común, hizo su propia pócima. Confió en salvarse de todo infortunio  arrojándose a ese mundo de hombres fuertes en el que deseaba ser el más poderoso. Él siempre me decía “cada uno ha de ser capaz de resolver sus propios problemas, sin pedir ayuda, sin lamentarse, si no,  es que no vales nada” creo que la voz de su padre – un duro y severo jugador de pelota vasca, intuyo que no sólo golpeaba la pelota- latía en sus palabras. Pero ahí está, arrodillado y maltrecho en la cuneta, me temo que engullido en el pozo oscuro de la violencia que él mismo ha alimentado, y vencido por su propia soberbia y por su propia ignorancia. Pero, y yo, ¿acaso no he sido, a mi manera, igual de soberbio e ignorante? Recuerdo, como en mi juventud fui tan necio de creer que mi vida era más feliz y plena que la de mis padres o los que eran como ellos, “alienados e ignorantes, expulsados del vivir autentico”. Confié en construir una humanidad nueva, un   mundo justo e igualitario en el que la educación, la solidaridad, la libertad y la gran política, tal como yo la entendía, iban a tejer redes inexpugnables que nos salvarían de todos los males e infortunios, incluidos la soledad y la violencia que, a todas luces, decíamos, no eran más que efectos colaterales de un modo de producción determinado. Y hoy, a pesar de reconocer algún acierto, que no es poco, me asalta la duda de si estaba equivocado, o si he sido derrotado, o alguna cosa importante olvidé en ese tránsito. La cuestión es que algo se torció en el camino, si no estuvo siempre torcido, para que me encuentre aquí, encerrado y aislado en mi vehículo, en mi vida, vencido por el vacío, la soledad y el aislamiento, y temiendo que algún amigo de las soluciones fuertes, como Pablo, me  pisotee en su  camino.

No sé si mi fracaso empezó a gestarse también en aquel extrarradio y se fue filtrando, latente, en la narración del mundo que a partir de allí fui construyendo, o es anterior y arranca del  mismo inicio, o incluso antes. De hecho, yo podía haber elegido el camino de Pablo y estar hoy golpeado y maltrecho en alguna cuneta. Los dos éramos hombres y ocupábamos la misma línea de salida, pero no lo hice. Ahora sé que yo no elegí no ser Pablo, porque no podía hacerlo, porque las cartas estaban marcadas desde mucho antes, porque algo en mí me inhabilitaba para elegir el mundo que él generosamente me mostraba.

Quizás sea necesario realizar el esfuerzo de viajar al origen, a ese momento primigenio en el que uno irrumpe en el mundo ( como posibilidad, que diría la filósofa). Quizás allí sea posible encontrar la marca del fracaso, sea fracaso lo que sea y no se entienda aquí  como lo contrario del éxito, sino como un sentimiento vago y difuso de no encajar la vida y el cuerpo, de no haber sabido construir con el material entregado un refugio, un hogar cómodo y seguro. Así que tendré que escarbar y ordenar los restos del pasado en un intento de desvelar la cadencia de mi destino, todo y que no anticipo una tarea fácil, ya que no siempre puedo discernir claramente, entre los recuerdos verdaderos y los prestados. Mucho menos aquí, metido en este atasco, si al menos tuviera fotos, o alguien a quien consultar y contrastar datos, aunque quizás fuera peor y acabaran por usurpar y colonizar mi recuerdo, que me temo no se acerque tanto a los hechos como a  la huella que éstos dejaron en mi cuerpo.

La hermosa voz de la radio, ha mudado a marcial y seca, desplegando una retahíla de consejos prácticos con los que  hacer frente a las horas de espera con las que parece amenazarnos. Su llamada a la tranquilidad sólo introduce preocupación y la íntima convicción de que las horas seguirán cayendo, así que ¿por qué no entretener mi tiempo con el recuerdo? No tengo papel, quizás sea lo mejor hilvanar los hechos como narrándolos, como explicándolos a un tercero, desconocido, mudo y silencioso, como los vecinos del carril contiguo.

Yo, nací grande, cinco quilos de grandeza, en un mundo pequeño que veneraba lo grande. Me alimentaron como a una oca para que aquel niño grande borrara para siempre la pobreza de la que veníamos. Vivíamos en una casa de 50 metros: mi tío, mi tía, sus tres hijos, mi padre, mi madre, mi abuela y yo, y a pesar de la estrechez, que se puede imaginar, nunca faltó en aquella casa un espacio para despensa, un armario repleto de paquetes de harina, azúcar, legumbres, etc., por si volvía la guerra y la escasez nos golpeaba, hecho que da cuenta del orden mental que imperaba en aquel pequeño espacio. La única ducha a la que teníamos acceso (el baño estaba en la terraza comunitaria)  era una tina de zinc que mudaba de habitación en habitación según quien fuera el usuario del baño semanal, (en verano, el lavadero, una auténtica fiesta para los pequeños). Aunque todo y la precariedad, de la cual no tenía noticia en aquel tiempo, puedo asegurar que no tuve una infancia de Dickens. Aquel mundo ínfimo no era motivo de infelicidad para aquel niño grande, porque mi madre me amaba con locura, y mi padre trabajaba doce horas al día para que siguiera siendo grande, y porque me querían mis primos y tíos, y mi abuela que me acogía en su cama en noches de desvelo. A mi primo pequeño, lo adoraba; compartimos cama hasta los cinco años, nacimos casi al mismo tiempo y sin embargo, y por eso lo cito, nos guiaba ya desde el origen  un destino  escindido. En una de las pocas fotos juntos que recuerdo, en blanco y negro, los dos frente a la roída puerta del baño, con más o menos cuatro años, ya se pueden leer en nuestros cuerpos futuros bifurcados, el suyo más próximo al de Pablo. Cuanta diversidad en tan pocos metros cuadrados.

Mis padres salieron de aquella casa cuando hice los cinco años. Para ellos era un sueño cumplido, supongo que compartir habitación con mis tíos no debía ser tan estimulante como cama con mi primo, y en cuanto pudieron, con mucho esfuerzo,  huyeron de lo que aquella casa significaba para ellos y, todo y que los lazos seguían siendo muy potentes, nos fuimos a vivir a la tierra prometida que el extrarradio reservaba a las familias con pocos recursos donde crecí y, entre otros, conocí a Pablo.

Fui amado y cuidado, en un tiempo frágil y precario, en un territorio de desecho, en un mundo que soñaba con el progreso que, zarandajas a parte, era concebido en términos de bienes materiales. Fueron llegando, poco a poco, de la mano de las horas extraordinarias y los  electrodomésticos que iban a entrar en casa junto con las letras de cambio.

Ese es el marco en el que se irán gestando las posibles claves que marcan mi camino, esa compleja mixtura de amor y precariedad, de cuidado y peligro, de “te quiero más que a mi vida” y hombres del saco.

Mi madre siempre temerosa y asustada, y mi padre ejemplar, severo y normativo, construyeron a mi alrededor, una red protectora, tan espesa y tramada, que acabó ahogando y lastrando mi crecimiento. El ahogo no fue sólo metafórico y el cuerpo acabó expresando de esa forma, el miedo heredado. Lo que ahora podría identificar como ataques de ansiedad, fueron  la oportunidad que me permitió traspasar aquel telón de acero. Médicos y familiares convencieron a mis padres de la necesidad de dejarme volar y de asumir los riesgos que eso comportaba.  Los consejos no llegaron del todo tarde y, con ayuda de mi primo, de Pablo y de muchas horas de correr por los descampados, pude acceder al mundo inhóspito y sus peligros, y por fin crecer en el mundo de los otros, hasta llegar a parecer  uno más entre los otros niños. De las niñas solo supe que existían y que su mundo tenía otra lógica, que por lo visto, cuando fuera grande ya comprendería, de momento bastaba con saber que jugaban aparte y que, al igual que los que tenían gafas, con ellas  estaba prohibido pelearse.

Pero yo llegué a aquel mundo competitivo, de dominadores y dominados, no demasiado bien pertrechado, tímido, inseguro, prudente y temeroso, y tuve que desarrollar múltiples estrategias para ocultar mis carencias. Conseguí no distinguirme del resto; el propio Pablo me reconocía como uno de los suyos, pero el precio fue vivir con miedo, con inseguridad y con un profundo sentimiento de vulnerabilidad que me ha acompañado desde que recuerdo. Me empeñé con todas mis fuerzas en  ocultar mis emociones y en la laboriosa construcción de un parecer sin ser, fuerte, valiente, arriesgado, duro, fracasé en parecer violento, siempre me produjo pánico, lo que tuve que compensar con más dosis de riesgo.

Mis padres jamás supieron de mis andanzas por el mundo, produciéndose una escisión profunda entre el mundo de dentro y el de fuera. En casa siguieron retrasando mi infancia y mi madurez, mientras, fuera encontraba el reconocimiento que dentro me faltaba. Creo que crecí con esas dos sombras, con el miedo a la vida y sus monstruos que se prodigaban en mi casa y  la necesidad de mostrar al mundo que ese temor no iba conmigo.

Un golpeteo en el vidrio me distrae de mis pensamientos:

– Abre por favor

– ¡Pablo! ¿Pablo? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado?

– Déjame entrar y te explico.

– Claro. No entiendo nada. Hace un momento estabas retenido por la policía.

– Ah, ésos. Nada, ni caso. Son unos pringaos que no se enteran de nada, pero no tengo el seguro renovado y me han inmovilizado  el coche, así que he pensado que me podías llevar a algún sitio. Pero dame un abrazo, joder, cuanto tiempo.

– Sí claro, cuánto tiempo, ¿pero qué te ha pasado antes?

– Nada grave, ya sabes, la gente, son como corderos, siempre  acoquinados por las normas, y a la que alguien intenta seguir las suyas propias se escandalizan, en el fondo todos estaban deseando seguirme por el arcén, sólo que no se atreven.

– Hombre, algunos no lo vemos así, y tus normas me parece que tiene más de jeta que de inconformismo.

– ¡Va! así lo veis los cuatro idealistas como tú. Veo que no has cambiado, aunque para ser sincero siempre me gustó esa  ingenuidad tuya, pero la verdad es que no va a ninguna parte, a la que las cosas se complican necesitáis a tipos como yo, sino a que recurrir a la poli. La naturaleza humana es miserable y mezquina y vosotros seguís empeñados en llenar la tierra de bambys, que luego se convierten en carne para las fieras.

– Y claro, tú eres una de esas fieras, menos lobos Caperucita, que a estas alturas de la fiesta ya se te deben haber caído todos los colmillos, y me llamas a mi ingenuo ¡por Dios! Pablo, no se puede ir por ahí avasallando y golpeando a la gente y salir ileso.

– Bueno no te pongas dramático que ha sido una tontería, pero es que el personal es muy delicado y los maderos están donde menos se les necesita.

-Joder, Pablo, veo que tú tampoco te has movido ni un milímetro.

– Más de lo que te imaginas, antes me impulsaba la fogosidad y el deseo, ahora el rencor y la mala leche, pero bueno, esa es una historia muy larga, y ahora, joder, estoy  emocionado de volver a verte.

– Sí hace ya mucho tiempo, creo que la última vez fue en la mili.

– Bueno aquello casi que no fue vernos, no, no nos vemos desde mucho antes, desde el barrio.

– Sí, bueno, yo me fui del barrio y la distancia……

– Venga, venga, o mientes o te falla  la memoria, o las dos cosas, tú sabes que dejamos de vernos mucho antes, justo cuando te apuntaste en aquella especie de centro excursionista.

– Sí es verdad,  me llenaba mucho tiempo.

– Bueno, no te justifiques, entonces me jodió un poco, yo te apreciaba de verdad, pero más tarde entendí que me dieras la espalda, yo ya empezaba a ser excesivo para ti, creo que incluso lo era para mí, si hubieras seguido en mi camino te habría metido en más de un lío. Siempre me caíste bien, eras un tío legal, buena gente, un poco apocado y algo miedoso, pero no eras un llorica y nunca  te rajaste; y eso para mí valía mucho, en el fondo, más de una vez, me hubiera gustado ser sereno y prudente como tú, pero eso era imposible, los papeles ya estaban repartidos y a mí me tocó ser Pablo.

– Bueno, yo también te apreciaba, aunque a veces te temía, pero creo que de alguna manera estoy en deuda contigo, siempre fuiste atento y próximo conmigo, y me ayudaste a conocer que había vida más allá de las murallas de mi casa, que en aquel tiempo eran muy altas. Contigo aprendí a ser más osado, más valiente y no me refiero a partirse la cara con nadie que sería tu lectura, sino a aventurarse a traspasar límites, a explorar más allá de lo que era permitido, eran límites pequeños como lo éramos nosotros, pero luego, cuando fueron más grandes me encontraron con la lección aprendida.

– ¡Joder! me llegas al corazón, hace mucho tiempo que nadie me agradece nada,  pero he de reconocer que tú fuiste un alumno aplicado, más listo que yo, más miedoso pero más listo, tú supiste qué límites se podían traspasar y a cuáles mejor ni acercarse. A mí la sangre siempre me ha cegado y me metí  en un montón de fregaos de los que, sólo viéndote, estoy seguro que ni  has olido, en la droga, en la cárcel, en tantas cosas, que si supieras…, y de las que no sabes cómo me arrepiento.

-No, no es una cuestión de ser más listo, tú nunca fuiste tonto, pero creo que pusiste la inteligencia en el mismo saco que la fuerza y se la acabaron comiendo los gusanos de la violencia, no, no es la inteligencia lo que me ha salvado, si acaso me he salvado, sino el temor y la prudencia, que creo venía de mi madre, y un cierto sentido de la justicia, que creo venía de mi padre. Bueno, me parece que cuando tu ley es la del más fuerte tarde o temprano te acaba devorando. Aunque he de reconocerte que esa prudencia y mesura, que impidió que  siguiera tu camino, también acabó siendo un obstáculo en el mío.

-Hombre, pico no te falta, pero seguro que es más lo que te has ahorrado que lo que te has perdido.

-Es posible, yo también lo creo así, pero a pesar de ello, el balance de mi vida no se inclina fácilmente hacia la felicidad; creo que me ha preocupado demasiado no estar a la altura, que los otros me despreciaran y ningunearan, y un cierto temor, no  a la muerte, sino a la vida; creo que eso admiraba de ti, tú te enfrentabas a lo que fuera, aunque…, no te molestes, me sabe mal que hayas dilapidado tu valor en machadas inútiles.

Y tú, Pablo ¿dirías que has sido feliz?

– Menuda soplapoyez, he sido y sigo siendo y punto, he pasado momentos buenos y otros malos, y bueno, sí es verdad yo no temo a nada ni a nadie que pueda derribar con los puños, pero, a ti te lo puedo decir, la soledad o la enfermad o el desamor te aseguro que no hay puñetazo que los tumbe.

– Pablo ¿tú sientes que has fracasado?

– Joder, vaya preguntitas me haces, te aseguro que a cualquier otro lo hubiera enviado a la mierda pero no sé porqué tú siempre conseguiste arrancarme palabras que ni sabía que existían. Que quede claro, todo esto no lo repetiré ante nadie; no sé si he fracasado, o no me lo quiero reconocer, una vez me dijo un tipo parecido a ti, que los que hacemos del vencer el motor de nuestra vida, cuando perdemos, lo hacemos el doble; primero porque perdemos los logros materiales del vencedor, pero después y más grave, porque nos sentimos miserables por haber perdido. Puede que el tipo tuviera razón, no sólo pierdes el partido sino la autoestima, el honor, la hombría, o como quiera que se llame eso jodido que se te escapa en el envite. Pero bueno, no sé si fracaso es una palabra demasiado fuerte; de todo ha habido en mi vida y, ahora que ya tengo una edad, puedo decirte que lo mejor que me ha pasado es haber amado y lo peor no haber amado bastante.

 

– Oiga, oiga ¿me esta viendo usted?

– Claro, claro que le veo, pero ¿quién es usted y por qué va metido en esa escafandra?

– ¿Cuántos dedos le estoy enseñando?

– Tres, tres, pero que tontería es ésta y qué hago yo aquí estirado en la cuneta.

– Ha tenido usted una alucinación por inhalación excesiva de gases tóxicos, pero no se preocupe le hemos inyectado un antídoto y poco a poco irá volviendo a la normalidad, y cuando se despeje la carretera podrá volver a su casa.

– Hombre, ahora mismo no sé qué es la alucinación y qué la realidad; esto es tan increíble como la conversación que tenía con… ¿Dónde está Pablo?

– Aquí no había nadie, me temo que el tal Pablo está sólo en su cabeza.

– ¡Por Dios! no me haga esto, él era una puerta a mi pasado. Y, ¿cómo sé que no es usted el que está sólo en mi cabeza?

– Bueno amigo, yo soy sólo enfermero y en esa disquisición no podré ayudarle. Puede usted hacer dos cosas: acogerme como la realidad que ha venido a salvarle del sueño o, como el sueño que le permite escapar de la realidad, las dos vías son buenas siempre que deje descansar a ese Pablo y se quede aquí, en mi lado del mundo, o tendré que evacuarlo  y la verdad,  vamos un poco desbordados.

 

 

27/03/2016

 

 

 

 

 

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