Este viernes anterior sabía que sería especial. Un sabor más que especial que seguro que no decepcionó a ninguno de los presentes, sobretodo por las resistencias que pudieran existir aún entre nosotros, que parece que ya han encontrado importantes grietas para ampliar definitivamente las vías de escape de todas nuestras narrativas. Estoy más que seguro de los compromisos en los que estamos envolviendo estos proyectos personales y orgullosísimo de aquello por lo que cada vez nos consolidamos nuestros vínculos digamos artísticos o creativos. Para ello os quería mostrar esta entrada al grupo de Salva porque, aparte de sorprenderme muchísimo por el talento que dejó que se escurriera por entre los muros de esta sala, por esta voz personalísima que sugirió dulcemente Salva (como muy bien dijo Víctor muy iluminadora para todos, por lo que vamos componiendo últimamente), y por como fue recibida por el grupo, más por lo que nos propone para el futuro. Por ello tuve sensaciones de puro placer y orgullo por lo mucho que me emocionó que un ser tan sensible y bien amueblado como Salva se pudiera abrir en canal (aunque fuera breve) y lo hiciera de esa forma, es que éste es un grupo plenamente solidificado para retos y emociones bien consolidadas y potentes, para sobrellevar cualquier cosa. Y esto es algo que hay que conllevar como consciencia de grupo y seguir conmoviéndonos para sentir esos vínculos tan en fraguas constantes que siguen moviéndose a cada sesión. Os dejo con Salva y con su delicadeza tan estimuladora que nos dejó perplejos!!  …y todavía se está buscando…seguro que así contactarás pronto -amigo Salva- con algunos trazos determinantes de tu esencia más creativa!!

 

(SALVA Y SU NARRADOR) Está sentado en una postura no del todo cómoda, con las piernas cruzadas y las manos en el centro. Cierra los ojos. Respira. Nota el aire fluir por su piel, acaricia sutilmente su bigote y las aletas de su nariz. Intenta poner la mente en blanco. Lo consigue con cierta facilidad. Pero una mota de orgullo mancha el blanco de su mente. Ya no hay silencio, al menos ha conseguido poner la mente en blanco roto. Con un par de respiraciones barre el polvo de su ego, lo destierra para momentos más egoístas. Este es Salva, una combinación única de estructuras físicas, mentales y socioculturales. Un reto para los cuantitativistas; un borrón intermitente en las estadísticas que lo vuelven irrelevante a los ojos de los poderosos. Uno más. Una gota de lluvia que cae irremediable entre tantas gotas iguales pero únicas; el sol nos mira impasible pues, al final, toda agua del cielo cae y desaparece. Este pensamiento le concede cierto alivio. Algún día acabará esta soledad compartida.

Para contentarse, le gusta mirar a los desconocidos que aparecen y desaparecen por la calle mientras camina. Les mira a los ojos y sonríe. Eso le encanta. En un mundo ideal, los desconocidos le sonreirían como espejos empañados de júbilo. En un mundo ideal las personas se besarían en la boca por el mero hecho de sentirse cercanas, desnudos de patrones sociales pero conservando los ideales culturales del reconocimiento entre iguales de dos lenguas juguetonas y labios abiertos para recibir el milagroso calor de la vida. Por eso son tan importantes los besos para él. Salva besa para construir andamios de igualdad que sostengan su alma frente a un mundo humanamente impredecible. Algunos lo podrían tachar de egoísta la forma en la que existe. Pero, por favor, no le juzguéis tan severamente. En el fondo sigue siendo ese niño que jugaba solo,  al que, a golpes de silencios y distancias, le enseñaron que lo que hacía lo hacía mal, al que miraban con ojos de superioridad y condescendencia por crecer a la sombra de otro árbol más grande. Pero tampoco sintáis lastima por él; eso aumentaría su ego y le alejará de quien realmente es, de quien realmente quiere ser. A veces la gente mira su corteza y se maravillan de lo que ven. No saben que es la costra de una herida que nunca supo cicatrizar. A veces se ha sentido un muerto en vida. Y otras ha rozado el cielo con los dedos. Con él he tenido los mejores momentos. He reído hasta llorar. Con él he ganado y he perdido cada partida echada a suerte como si nuestras vidas dependieran de ello. He cantado en su garganta a grito desnudo, descargando nuestras versiones más potentes de “my way”. He llorado sus lágrimas y disfrutado sus orgasmos. Con él he volado al sentir el viento alzar sus rizos, y me he atragantado con sus nudos en la garganta en los momentos más tensos. Él es así. Ha disfrutado el sobrenombre de infantil cuando se divertía rompiendo una fina capa de hielo invernal en un estanque; y se ha humillado con el mismo sobrenombre, como si fuera una losa en la espalda que lo mancillara como indigno. A penas se enfada, o eso es lo que le dicen los que le conocen bien. Yo le he visto enfurecido, pero no como esos insensatos que maltratan estructuras físicas orgánicas o inorgánicas para canalizar su ira. Para él, eso son ridículos pasatiempos que no llevan a ninguna parte. Salva prefiere dejar que las ondas de su ira se ahoguen en su interior, como el agua agitada de un estanque que, si la dejas tranquila, acaba volviendo a su posición inicial, calmada, quieta. Antes que golpear nada prefiere derramar alguna lágrima que le caliente la mejilla. Una marca a fuego que le recuerda quien es. ¿Quién es? No lo sabe ni él. Todavía se está buscando.

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