Mirando hacia dentro desde fuera

¿Quién soy yo? Me digo, me pregunto. Y no sé cuantas veces me he realizado últimamente ya esta pregunta. Estoy de un pesado, de un plomizo existencial, que raya lo obsesivo por lo interior de la mirada. Pero estoy atrapado por la duda…, por la curiosidad innata que conmigo convive y cohabita. Por lo tanto ha llegado el momento en el cual quiero y deseo conocerme mejor. Lo necesito como el aire. Me lo pide a gritos ahogados mi ser, mi cuerpo, mi alma. Profundizar. Dejar de evitar mirarme a mí mismo. Por esta razón deseo autoanalizarme, transcender todo aquello sucedido a lo largo de mi vida, dejar de perderme en la máscara, de engañarme, de ser demasiado autocomplaciente. Y no puedo, sí, repito, no puedo evitar interrogarme dulcemente ¿Cómo era mi vida entonces, en cada una de mis diferentes etapas? ¿Y quién fui yo? ¿Cómo me comporté, cómo me moví en el interior de cada una de ellas? me pregunto, enigmático, a mí mismo. A quién mejor, si no a mí mismo, puedo dirigir esta enorme pregunta. Para partir de aquí, de esta incógnita, poder encontrarme con mis diferentes “yo” existenciales, a lo largo de mis distintas etapas evolutivas, para que entre los dos, mi yo pasado pretérito de cada momento, según, y mi yo actual, ir llenando los huecos, ese vacío que siento desde hace tanto tiempo y que me corroe por dentro como si fuese ácido clorhídrico sulfuroso sulfurante. ¿Con qué intención? Disponer de una especie de diálogo entre mi “yo” actual y mis “yo” pasados. Deconstruir reconstruyendo así mi propia existencial historia. ¡Joder! Soy historiador, es decir, narrador de historias. ¿Y cómo lo voy a ser, realmente, si ni la mía propiamente soy capaz de oficiarla oficialmente, con amor y esmero? Por esta razón, requiero la presencia de mis auxiliares archiveros. Por lo tanto, pido y requiero amorosamente, sin obligación, pero firmemente, que éstos aparezcan lo antes posible ante mí, desfilando (pero no marcialmente, no simpatizo con lo militar, con lo marcial, lo patriarcal) mi “yo” bebé, mi “yo” niño, mi “yo” adolescente, mi “yo” adulto, para llegar, finalmente, hasta mi “yo” actual. Y así, de buenas a primeras, mirando hacia atrás pero sin girarme siquiera aparece, ya está aquí, mi yo recién nacido. Hola ¿Qué tal? Pasa, pasa, no te quedes en la puerta. Encantado (me inclino respetuosamente), me quedo con la mano moviéndola y agitándola al aire. ¡Ah! No veo a nadie. Qué raro. A claro, ¿Cómo vas a pasar? Si acabas de nacer y estás en el suelo envuelto en mil ropajes, metido en una canastilla de mimbre y haciendo ruidos adorables de bebé jugando consigo mismo. Que torpe por mi parte hablarte, bueno no, hago bien en hablarte, para que así conmigo vayas familiarizándote, con mi voz y con mi timbre. No sea que te sientas inseguro y me solicites, busques, en uno de mis barones pechos un irrisorio pezón inerte, desierto de leche, sería entonces la situación una auténtica catástrofe. Es otro el alimento que quiero compartir contigo. De hecho para eso estás aquí para contigo encontrarme y explicarte cosas que ahora, tan pequeño, te sorprenderían. Pero que crueldad sería que alguien nos explicase, sin haber sucedido aún, todo lo que nos sucederá en la vida desde hoy mismo en el tiempo en adelante. Sería robarnos vilmente nuestra existencia, nuestro camino y nuestro caminar. Bien, te miro, te hablo con dulzura, como debe hacerse a un recién nacido. Conecto contigo. Te voy a coger en brazos. Qué fuerte, singular experiencia, yo abrazándome a mí mismo. Mi yo pequeño, frágil, mi yo de pocos días, acunado por mí mismo, tú yo futuro, ahora, pasado y futuro, unidos en el presente, conectados ahora en este preciso instante. Magia pura sin artefactos. Simple artificio literario, una licencia de este pequeño y humilde dios narrativo. Momento metafísico místico propio de materia literaria o fílmica de la llamada ciencia ficción. Me observo con cariño, amor, ternura. Eres tú, me digo yo mismo a mí mismo, tú, mi niño infantil abrazado por mí mismo, sostenido por este niño metido en un cuerpo adulto. Continente abrazando el recién nacido contenido. ¿Este era yo? Me digo para mí mismo, mientras asombrado en demasía y extasiado me observo. Vaya. Ahora mirándome puedo imaginar lejanamente mi día a día siendo un bebé, una vida entre algodones, recibiendo de mis padres mil cuidados, biberones, cambio de pañales, y aunque debería dormir, duermo pocas horas para ser un bebé. Por lo que me han explicado, cuando salía a la calle, de paseo o para acompañar a los trámites diarios de los míos, solía ir mirando con los ojos bien abiertos por encima de la capota de mi cochecito, asombrado por la vida que se movía al otro lado. Después vienen las siguientes fases. Voy creciendo, paulatinamente, hasta convertirme en un niño. Un niño despierto, curioso de todo y de nada en concreto. Inquieto. Un torbellino hecho carne en movimiento casi continúo, acelerado, difícil de desacelerar, de frenar. Un cohete supersónico infantil con combustible para no parar ni un momento quieto, pues a la mínima me recargaba las “pilas” a base de comerme tabletas enteras de chocolate, con leche, negro, con avellanas, con almendras, chocolate blanco. Así, claro, cualquiera tiene energía, dirá algún lector enfadado, engañado, estafado al leer las anteriores líneas. Incluso muchas veces, no las menos, me zampaba una tableta elaborado a partir de esta pasta de “oro indígena metxica” y después otra, pero nunca sin antes haber hecho lo mismo con un “bocata” más sustancioso de queso bien seco, o de jamón dulce, o de salami, o de fuet, o de lomo ibérico embuchado, o de mortadela con olivas o pistachos, que antes, en aquel entonces todavía no era vegetariano. ¿Periodo inocente? Vivía a partir de la ingestión de cuerpos de cientos de animales. Carnívoro insaciable de carne inocente y tierna. Aún no había conocido a aquellos tres cerdos puercos ni sus profundos guturales gritos que me inspiraron y me hicieron sensible, inclinado, a alimentarme mediante y partir de una dieta sin sangre, sin asesinato, sin crueldad de muerte violenta, totalmente innecesaria. Siempre permanecía atento a lo que le rodeaba. Sensible. Sin perder detalle de la crueldad humana, propia y ajena. Bebiendo hacia dentro de todo lo que me envolvía. Jugando y riendo todo lo que buenamente podía. Siempre buscando otras niñas y otros niños con los quien jugar. Deseoso de tener al lado otro ser con el que compartir juegos, pensamientos, deseos y sueños. ¡Un hermano, un hermano! pido a gritos a mis padres de continúo. Pero además de un hermano, siempre estoy demandando atención, cariño, calor, amor, y todo tipo de juguetes, libros, cuentos, chucherías, dulces, helados en verano, churros, cortezas y patatas fritas en cualquier momento y en cualquier estación del año. Un “pedichón”, eso es lo que eres hijo, me dice cariñosamente, pero serio, mi padre. Lo quiero todo ya, con una voracidad que horrorizaría a cualquiera otro ser que no me conociera de cerca. Y así voy creciendo, rodeado de plastilina de colores, de plastidecores de colores, de dacs de colores, de rotuladores de colores, de pelotas de colores, de canicas fabricadas con diferentes materiales, y colores. Mientras lo que me rodea se vuelve gris. Edificios, asfalto, colegio, pistas deportivas. Pero en mi interior todo tiene un colorido intenso de vida que parece nunca acabar… Mi máxima es jugar lo máximo posible, todo el tiempo completo disponible, a mi disposición, a todo tipo de juegos. Al bote, a matar, saltando bajo la cuerda, jugando partidos detrás de “casa” de tenis (con las palas de madera) o de fútbol, jugando con los automóviles de miniatura (guisbal, majorette, son las marcas de los fabricantes de la mayoría de ellos) inventando con ellos vidas adultas a través de la construcción de mundos usando la tierra del jardín: carreteras, ríos, montañas, puentes, casas, hospitales, aparcamientos. A veces nos visitaban niños extraños, aquellos eran momentos sumamente bizarros. Marginados procedentes del extrarradio del extrarradio, más allá de los límites urbanos y urbanizados. Iban en grupo con algún que otro integrante de mayor edad, pre-púberes. A veces, no era raro verles con bolsas de plástico en las que introducían sus adultas caras, a pesar de no serlo ninguno de ellos, ni los más grandes ni los más pequeños. Habían perdido su infancia, infancia robada por una insensible sociedad consumista urbana burguesa y conservadora que les daba completamente la espalda. Iban esnifando cola industrial, generalmente, o si no, otro producto sintético químico que les hiciese análogo servicio adictivo que les hiciese perder el sentido, el oremus, la cabeza. ¿Quién querría vivir cómo ellos se veían obligados? ¿Y encima verlo y sentirlo? Debía ser como vivir en un infierno interno quemándote las entrañas con hierro candente y sin agua cerca para aliviar ese punzante dolor sin igual. Desplazados de cuerpo y mente, fuera y al margen de la sociedad elevándose al cuadrado su marginalidad, su espacio infinito marginal. Zombis vivientes. En eso se convertían de alguna manera. Nosotros nos asustábamos, y huidizos, corriendo en tropel picábamos a aquel timbre de alguna puerta de algún piso o inmueble, en una de las porterías de nuestro barrio, una en la que cualquiera de nosotros, de nuestra inseparable cuadrilla-pandilla, vivíamos humildemente, pero dignos, no como la vida de aquellos de los huíamos, cómo si llevasen la peste u otra enfermedad altamente contagiosa y nociva para la supervivencia humana comunitaria. Entrábamos gritando en la portería y corriendo escaleras arriba, histéricos, cómo si nos fuese la propia vida. Y los otros niños, los otros, aquellos, a veces nos miraban, observaban, impasibles, mientras todo esto sucedía delante suyo cómo si fuésemos invisibles, seres de otro mundo completamente ajeno y alejado del suyo. Mundos contrapuestos encontrados, confrontados sin violencia aparente, pero sí latente. Una rabiosa realidad marginal que dolía y hería los sentidos, el alma, el corazón sensible de los niños y de cualquier que quisiera verlo, sentirlo, palparlo. Espectáculo absurdo, cruel, injusto. Y es que a pesar de los pesares, los niños son tan crueles como los espejos adultos en los que se reflejan, copiando actos indignos, violentos, insultantes, injustos. No era mi caso, aún siendo sensible hacia la violencia física, una excepción. Y embadurnado en una pátina de máscara, como si de un juego inocente se tratase, muchas veces me burlaba de otros, todavía no sé bien por qué razón. Cantaba canciones irritantes que hacían perder la cabeza del más santo del santoral cristiano, y también del profano. Repelente me veo en esas ocasiones. Mi sombra oculta. Y desde luego, no me siento orgulloso de estos actos. Ni siquiera me parece bien refugiarme en mi corta edad para excusarme, justificarme, pues era consciente. Me vienen y me visitan estos fantasmas infantiles, crueles, a pesar de estar revestidos de jocosidad, de mofa. Pero si era consciente, ¿por qué lo hacía? ¿Para saber hasta dónde llegaban los límites que tendría que imponer el que recibía los “honores” de mis cantigas infantiles repelentes de “niño Vicente”? ¿Era así cómo quería ser reconocido? Bien, la verdad, actuaba en muchas ocasiones de la manera que lo haría un bufón, jocoso, irreverente, descortés, descarado, desvergonzado. También esto es parte de mi oscuro pasado.

 

Adolescencia, la edad febril del desenfreno

 

Me hierve la sangre. Siento un calor dentro de mí tan intenso que nada me frena ni puede interponerse ante mí. Con esta sensación siento que todo es posible. Me he convertido en una especie de superhéroe pero con poderes corrientes. Me recorre por todo el cuerpo, a lo largo y ancho de todo mi ser, una especie de corriente alterna orgánica tan febril que no me abandona ni día ni noche. Casi ni me deja respirar, pero no es desagradable. Lo llevo bien. Hay tanta vida en mi interior que quiere salir, comerse todo lo que me rodea, que me apabulle, me amenaza y me horroriza no poder controlarla, y también por no poder alcanzar, no conseguir materializar mis deseos oscuros más profundos, mis terribles ambiciones lujuriosas intestinales. Aquellas metas que proceden y nacen de mis entrañas. Las más animales. Pero no quiero control en mi vida. Pido y deseo desenfreno. Ir desnudo sin nada puesto, como llegué al mundo. No se puede parar lo instintivo, lo animal, lo salvaje. Sería como querer detener una ola, su flujo, el cual al igual que el de la sangre bombeada rítmicamente desde y por el corazón, tienen su vida propia, automática. Corazón. Músculo máximo en tensión y distensión. Contracción y expansión. Acercamiento y alejamiento en cada uno de sus movimientos. Centro orgánico estratégico donde late nuestro ritmo vital. El latido latente de nuestra vida interior. Nuestro propio y único soplo de vida latente pero finito, sino seríamos inmortales. A pesar de todo parece que vivimos sintiéndonos realmente inmortales. Como si tuviésemos todo el tiempo del mundo para enmendar nuestros errores. Pero para despertarnos de este infame sueño está la muerte, imperturbable, fría, puntual, para recordarnos que llegamos hasta donde ésta nos lo permita. Éste, ese inmenso poder, por suerte, no nos compete. ¿Cuánto tiempo viviremos? La magia de la vida, de la naturaleza y de sus ciclos cósmicos está lejos de nuestro alcance, de nuestro entendimiento, de nuestra comprensión. El misterio de la existencia y sus guaridas secretas, con sus llaves escondidas en un jardín inmenso en el cual nos perdemos jugando a ser hombres y mujeres que en realidad no somos. Seguimos siendo una mota de polvo estelar, menos que una hormiga en el sistema universal. Pero seguimos representando nuestros papeles insulsos en este Teatro grotesco de lo cotidiano, en que hemos convertido nuestras vidas en meras convenciones insulsas y vacías de contenido y de valor auténtico, real, genuino. Comedia y drama cada día se convierten en tragedia por no poder convertirnos en dioses omnipotentes. Frustraciones insanas, tóxicas, y al vez absurdas. Buscamos ciegos, sin saberlo, el árbol de la vida. La matriz del universo donde todo empieza y se acaba. La vida es transcendental, pero yo me siento sumamente superficial. No me hundo ni exploro profundidades profundas, sino que floto. Soy como una mancha de aceite pegajoso navegando por el universo. Leche blanca cósmica en movimiento continuo-discontinuo, así me siento, así me percibo, así me veo. Aún no tengo alma de poeta en este momento. Sigo sin poder cantar a la vida, no entono este himno, parece no ir conmigo. Me falta madurez, experiencia, visión. Estoy en construcción, centrado en fortalecer primero los cimientos, en embellecer al máximo la fachada. Se me escapa la esencia universal de las manos en muchas ocasiones, demasiadas, y con él, el sentido y el control de la vida. Las pasiones y las pulsiones pueden ser más poderosas que yo. Me arrastran. Me enfrentan a situaciones que sin ellas sería incapaz de enfrentarme, de conocerme mejor. Momentos de autoexploración.  El control de mi vida aún no me pertenece, aunque anhelo todo lo posible por poseerlo. Tener el poder. Tener el control. Pero el ritmo vital desenfrenado es un orgasmo breve, quizás, según, pero de una intensidad total, brutal, desgarradora. Como un fogonazo que me ciega y después me dejase completamente a oscuras. Envejezco a marchas forzadas con cada una de mis elucubraciones, de mis masturbaciones, mis pajas, ya sean físicas o mentales. Mis espermatozoides se suicidan gritando en silencio sin encontrar objeto, útero simbólico o real donde poder crecer y desarrollarse plenamente, de forma segura y plácida. Eso es lo que necesito. Eso es lo que quiero, alcanzar y llegar a conseguir. Mi espacio vital. Un vacío al vacío, sin aire donde poder respirar y donde poder meterme, esconderme. Este es el objeto de mi baile y de mi viaje central de mi vida, vistiendo mis mejores galas para este gran momento único, la gran inauguración de mi museo propio: ego. Mis mejores vestidos: mi piel y mi alma desnudas, sin nada que pueda despistar o desviar la atención de quien me observe. Huesos y sangre a la vista. Vísceras. Flujos. Sin censuras. Cruel pornografía autobiográfica. Este sentimiento me traspasa, me supera. A la menor oportunidad expongo mi energía vital, mi potencial físico. Me estoy convirtiendo en un exhibicionista humano que imita a un pavo real. Cualquier ocasión es óptima para pavonearme, para sacar pecho.

 

Ya es la hora. He quedado que ahora, justo a las cinco y media, como un clavo, hiciese lluvia de sol, o de rayos con y truenos, iría a visitar a mi yo adolescente. Así pues, conecto y hago girar mi máquina del tiempo y a partir de las sensaciones anteriores escritas y descritas, gracias a éstas, llego veloz a él, a mi yo pero sin ser mi yo todavía completo actual. A mí, pero estando plenamente inmerso en la etapa adolescente. ¡Hay qué ver cómo pasa el tiempo! No corre sino vuela. Bien, ya estoy dentro de mi cuerpo y de mi ser,  tengo ahora a penas quince escasos años, comparados con los cuarenta actuales. Me concentro en la vivencia… mmmmmm. Inspiro. Suspiro. ¡Ufffff!Es uno de esos días al mediodía en que mi madre me envía a hacer algún recado doméstico. Ha interrumpido uno de mis momentos de disfrute, de juego, que compartía con otros chicos. Con algunos de mis vecinos del barrio. ¡Me da una rabia cuando lo hace…! Pero sé en el fondo, porque lo veo en su cara y también porque numerosas veces me lo ha comunicado, que a ella también le sabe mal tener que obligarme, forzarme, a alejarme, momentáneamente, de mis instantes de libertad, de disfrute. Soy, por lo tanto, consciente, que si lo ha hecho es porque realmente tengo que comprar algo necesario y vital para que ella pueda elaborar la sabrosa comida antes de que llegue papá y de que, así mismo, tengamos que regresar al cole, para dar esas interminables dos horas que nos restan (excepto si tenemos educación física, gimnasia). Estaba jugando a fútbol, cuando me ha llamado a gritos mi madre. Estábamos detrás del edificio donde vivimos junto con Oliver, Joaquín, su primo Rubén y mi hermano. Es entonces cuando aprovecho para salir corriendo, y así poder volver a incorporarme lo antes posible al partido. Voy dando grandes zancadas, como si estuviese huyendo de algún terrible monstruo, supongo que representativo del control paterno, de los profesores rígidos y de los deberes que nos imponen, de esas cosas que me imponían los adultos y que los siento como un castigo ilógico, sin sentido, pues no me explican a qué viene todo aquello. Me muevo rápidamente imitando a un compañero del cole, a Antonio, el cual corre dando saltos. Zancadas, de tipo previo, y similares a las que realizan los atletas de la modalidad de salto de longitud. ¡Cómo admiro a Antonio, su estilo desmadejado, informal pero brutal, casi hipnótico! Siempre que puedo también, haga sol, lluvia, granizo… corro, corro por las calles, por sus aceras, por sus parques, siguiendo la línea de la costa con vistas al mar y a sus playas mediterráneas. Estoy enganchado al footing. Así, con el pantalón corto me hago ver, me hago sentir. Acecho a las chicas. Me abalanzo sobre ellas. Las hago gritar poniendo en movimiento todo mi cuerpo. Las provoco. Quiero que me deseen. Quiero que admiren mi belleza. Que me digan piropos. Que miren mi cuerpo, mis piernas, mi torso. Tengo quince años y explosiono y me expando cual flor en primavera. Estoy floreciendo. La vida está en mí. Reboso de vida, de energía vital-sexual. Mi energía está entonces, de repente, explotando, ahí, visible para todos. Muestro mis encantos sin ningún tipo de pudor o vergüenza. Voy siempre en manga corta, incluso en invierno. Observo atónito mi belleza masculina en movimiento,  como ésta es reflejada en el vidrio de la droguería Ibeas, en el cual me observo mientras me dirijo al trote de mis musculosas piernas hacia el mercado Menorca. Ese cuerpo a medio hacer, medio niño y medio hombre, semi-desarrollado, galopando, subiendo y bajando el aire inflado que atraviesa y cruza mi pecho ¿es mío? Me pregunto, y lo que observo me place, me gusta realmente. Voy y avanzo flotando en el airoso aire sin sentir peso alguno. Gravedad ingrávida. No siento ningún peso, ninguna atracción grave. Al contrario, soy leve como una pluma de ave del paraíso sin paraíso ni descanso. Me gusto. Me siento seguro auto-observándome. Todo el mundo en el mercado y en las tiendas donde paro a comprar, me conocen. Soy aquel chico obediente, atento, educado, que ayuda a su madre con las compras. Un hijo responsable que ayuda en casa. Sé que muchas madres y muchos padres de mi vecindario me ponen de ejemplo en sus casas. La verdad es que no desearía ser motivo de atención, preferiría en este sentido no llamar la atención. Pero no siempre se obtiene lo que uno desea. Las evidencias no se pueden ocultar cuando son públicas y demostrables. Todos nos reflejamos en los otros, nos vemos por los otros, nos movemos inconscientemente por los otros. Los vecinos de mi edad, o incluso, aquellos que son algo más mayores, sus hermanos, me detestan. No pueden verme. Les parezco un ser repulsivo. Un cáncer a extirpar, a eliminar. Soy una cosa que molesta, que irrita sus conciencias. Les hago sentirse violentos. Siempre que le falta algo en casa mi madre me envía a su encuentro, a comprar aquello necesario. Lenguado congelado. Botellas de aceite de oliva virgen extra de dos litros. Paquetes de cereales. Trigo inflado azucarado, endulzado. Smacks. Arroz inflado azucarado. Krispies. Arroz inflado azucarado bañado en chocolate. Choco Krispies. Salvado de fibra de trigo, avena y centeno. All-bran. El dinero vuela, se esfuma. La comida lo reemplaza. Muchas veces me llevo broncas de mi madre porque he perdido el dinero bajando las escaleras corriendo o en las calles. Billetes de cinco mil pesetas que vuelan al faltarme a mí algo de tierra. ¡Qué peligro! Saltar demasiado, correr demasiado, me alejan, me descentran. Entonces bastante dinero pierdo por estar haciendo el “cambio hormonal” de crecimiento. Fin de una etapa, la infantil, e inicio y comienzo, de la siguiente, adolescencia. A veces llego a la tienda para adquirir lo que mi madre me ha encargado, y de repente, cuando voy a pagar, meto mi mano en el bolsillo, justamente ahí donde, en principio y final, había colocado el dinero. Nada. Todo lo llena un vacío inmaterial, pero es entonces cuando vuelvo a tierra y regreso de un viaje muy, muy lejano, al mundo real social que me rodea. Mi alma cae hasta lo más bajo del suelo, por lo incómoda que es la situación. El mundo se hunde en ese momento a mis pies. Vuelvo a caminar el camino andado, buscando como un indígena pálido indicios de los papeles violetas que permiten comprar bienes. No hay nada que hacer, sea donde fuere que se depositase y aterrizase el billete, nada queda de él, ningún rastro, ningún indicio. El billete ya es para mí casi un mito. ¿Pero cómo explicar y poder justificar esta dramática pérdida material, si mi padre debe trabajar entre diez y doce horas diarias para que no nos falte de nada en casa? Mi madre quiere que haya de todo, o de casi todo, en nuestro hogar. En cuanto a alimentación dice, esa es la prioridad número uno. Buenos alimentos. Abundantes cantidades ingentes de alimentos. Ellos, mis padres, que durante la larga y agónica posguerra tanto sufrieron, de alguna manera esa escasez la destierran ahora almacenando sin freno alimentos que sólo en sueños podían metérselos e introducírselos en la boca en aquellos crueles, negros y oscuros tiempos del siglo pasado. Ese siglo de guerras, de entre guerras y de revoluciones proletarias, sociales, culturales. Sólo en sueños, en su inconsciente, podrían en aquel entonces conseguir en el mercado lo que hoy consumen. Y hasta así incluso, hoy seguramente tienen más productos variados a su alcance, a coger de la mano, que antes. Alimentos que ni siquiera se imaginaban de su existencia. Cuando habla de comida, mi madre, noto que empieza a salivar. Su boca se convierte en un flujo líquido preparatorio y envoltorio de comidas, de suculentos alimentos sencillos. Algunos nutritivos, otros simplemente dulces. Mamá es muy glotona. En eso nos parecemos, entre otras cosas.

 

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