Era aquella una tarde encapotada, gris, plúmbea. Aunque a mí me parecía una de aquellas tardes de sueño en que todo parece que se mueve alrededor y uno siempre está quieto, sin poder moverse. El escenario, incomparable: el diorama de las sierras de Guara y Gratal, que han sido el trasfondo de mis historias de infancia. Aquel diorama que imitábamos en los belenes que construíamos de la mano de papá.

Ahora, sin embargo, no se trata de un nacimiento. Yaces blanca, como una muñeca de porcelana en tu caja de madera. Los operarios levantan un momento la tapa y te vemos dormida, tranquila. Mi hermana y yo, cogidos de la mano, te hacemos una última caricia. La piel de tu cara es suave al tacto, como la de un bebé.

Y en este gesto simple, el último que te puedo dedicar porque dentro de poco serás incinerada, me pasan delante de los ojos los acontecimientos más importantes de tu vida. Te veo guapa, con los rizos rubios al viento en vuestras bodas de plata. Agachada cuando robábamos a hurtadillas racimos de uva en nuestras excursiones. Bañándote en la piscina o cocinando leche frita, que era nuestra delicia. Como una Penélope siempre tejiendo ganchillo o lana. Yo abría los brazos como un detenido esposado y tú ibas tirando del hilo hasta hacer un ovillo que acababa siempre corriendo por el suelo.

Me siento ahora como aquel ovillo a tus pies, que ahora corre solo, cada vez más lejos, aunque la otra punta del hilo aún la tienes tú, a punto de soltarla. De este ovillo, como el de una crisálida, he salido volando yo, transformado, metamorfoseado. Quedan en mí tus palabras, tu lenguaje (dicen de mí que, oyéndome, muchas veces parece que seas tú quien habla). Pero soy otro, al mismo tiempo. Te has muerto sin haber querido conocerme a fondo. No importa, tú me diste el impulso inicial y luego yo he dirigido mis energías hacia territorios que tú seguramente ni siquiera adivinas.

La tapa se cierra y sueltas el cabo. El cierzo que sopla esta tarde me devuelve al escenario en el que estoy. Me azota el rostro como un viento que ahora vivo desde la proa, con toda la incertidumbre de saber, de vivir sin que estés allí protegiéndome. La grisura de la tarde la vivo como hombre solo, en medio de la niebla, buscando la luz.

Eso sí, siento la mano de mi hermana, que aprieta fuerte la mía. Siento su presencia a mi lado, pero en mi interior el viento resuena como en una cueva solitaria. Una soledad acompañada será desde ahora mi vida.

Cierro los ojos y me compenetro contigo, como si estuviera ya muerto, en tu interior. Resuena en mí aquel maravilloso verso de Blas de otero, que remeda a Quevedo. Dentro de poco serás “ceniza húmeda de lágrimas”. Ese color ceniciento de tu pelo, de tus pies, esa brasa que te ha quemado las entrañas hasta llegar al núcleo.

¡Qué rápido ha sido todo! No hace ni dos días que mi hermana te iba dando cucharaditas de agua para calmarte la sed, hasta que dejaste de respirar. No hace ni tres que te despedías de todos nosotros, dedicando a cada uno tus palabras, consciente de que te ibas yendo. Yo te acariciaba tu mechón ceniza hablándote de papá. Ests fueron las últimas palabras que oíste.

Cuando te apagaste, sin un grito de estertor, sin moverte, en paz, mi reacción y la de mi hermana fue de incredulidad. ¡No podía ser! Y cuando comprobamos lo inevitable nos abrazamos fuertemente y en ese momento nuestras dos vulnerabilidades se fundieron en una. Pero allí estaba también nuestro padre, como cuando jugaba a las cartas y nos hacía trampas al guiñote. Como él, en la UCI, no se pudo despedir y nos dejó en una libreta unas enigmáticas “m”, ahora sí que se despide por tu silenciosa boca.

Miro a los pies de tu lecho de muerte y os veo a los dos, jóvenes y bien plantados, en vuestra foto de boda. Y es como si aquella foto se fuera desvaneciendo, como cuando subes el brillo y los contornos se funden en blanco.

Cierre en iris. The end. Fin. La película acaba con un plano general de dos sombras que se alejan cogidas de la mano por aquel paseo becqueriano de Veruela bordeado de plátanos. Y las hojas de otoño caen sobre nosotros dos, mi hermana y yo. Y el viento sopla cada vez más fuerte, me azota la cara y me despierta. Estoy aquí, a los pies de tu ataúd, de la mano de mi hermana, de cara al Gratal, aquella pirámide que apunta al cielo, solitaria. “Le vent se lève. Il faut tenter de vivre”.

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