CARTA A EL CHOCOLATE
Te escribo esta carta como el que tira una piedra al río, por el puro gusto de tirarla, de ver y oír como impacta, como se pierde pesada en el profundo cáliz de sus aguas. Sé que tú, como el río que ni siente dolor, ni curiosidad, ni cambia su curso por tan leve acto, disolverás en la fuerza violenta de tu torrente estas palabras que te arrojo. Pero no, no creas que soy un ingenuo, o un cobarde, como tú dirías ”por camuflar en carta lo que no tengo huevos de decirte a la cara”, porque no escribo para cambiarte a ti, esa tarea excede en mucho los pobres atributos de este texto, sino para no cambiar yo, para evitar ser arrastrado por esa lógica perversa y contagiosa a la que tus actos empujan y que con tantas cosas buenas arrasa. Escribo para no desfallecer, para perseverar en ese camino, hace ya mucho iniciado, que transita por el territorio de la justicia y la bondad, y no de la fuerza y la dominación, para no descubrirme algún día gritando “que le corten la cabeza, que le corten la cabeza”. Sí, te escribo para convencerme que la violencia no es el camino, que dolor y humillación son solo bombas de rencor retardado que acaban segando y empobreciendo vidas, y que solo en las palabras hay esperanza, que solo cuidándolas y nutriéndolas alcanzaremos una masa critica suficiente para que un día, el amor, el cuidado, la piedad, la bondad pasen a incorporarse a la tabla periódica de los elementos, que un día las moléculas de agua y aire no puedan prescindir de ellas en su combinatoria, y que ese día, a ti y los que tú representas el aire se os haga tan irrespirable que no encontrareis armadura o escafranda que os proteja.
Se que no es fácil sustraerse a esa red de violencia en la que has nacido y crecido y a esos macabros códigos que adhieren como moscas en la trampa a tiernos cuerpos como fue el tuyo y que, probablemente, te estés riendo de estas palabras débiles y pusilánimes, que no leerás. Para ti las palabras han sido siempre un territorio minado, un arma de los débiles para conmover algún indeseable y remoto lugar en el corazón de los poderosos, un auténtico campo minado en el que te desplazas torpe e inseguro y que hay que desactivar con un puñetazo en la boca, así lo hiciste tu aquella vez, como estoy seguro has hecho muchas otras.
Yo si creo en las palabras, en las construcciones simbólicas y en su poder blando, sé que no tienen la inmediatez y la eficiencia destructiva de esos artefactos inteligentes de destrucción masiva o de esos héroes hormonados que tanto te seducen y acompañan tus horas televisivas , pero también sé, que a veces, las palabras actúan como virus bondadosos, como pequeños caballos de Troya que en una lluvia fina e invisible se van depositando en la atmósfera, en el aire que respiramos, en los alimentos que consumimos, en la piel y los pulmones, en vísceras y órganos hasta que como el agua consiguen horadar rocas tan impenetrables como tu conciencia. Aunque creo que eso tu también lo sabes, porque a tus puños, al filo de tu navaja, a tu fuerza desatada, siempre la acompañas de un montón de palabras trinchera, auténticas torres de defensa desde las que organizar toda tu estrategia de dominio: valor, cobardía, éxito, fracaso, fuerza, debilidad, palabras que fundan un universo dual de hombres y mariconas, de machos fuertes y frágiles nenazas, palabras que en tu boca se convierten en antipalabras, en cepos en los que inmovilizar la vida que siempre debe atravesar las auténticas palabras. Las tuyas son palabras jibarizadas, embalsamadas, atrapadas en la concertina sangrienta de tu violencia, inconsciente e insensata, de esa violencia infame que tú repartes generosamente y que sabes un día, próximo o lejano, te será retornada, porque esa es la lógica endiablada de la violencia, que trincha y devora a su hijos y mentores, que se autonomiza de quien la utiliza y promueve hasta constituirse en un auténtico golem , en una fuerza malvada en la que como un agujero negro toda luz se precipita. En el territorio árido y hostil de la violencia ganador y perdedor son términos intercambiables, es cuestión de tiempo y del girar de la ruleta, la banca siempre gana. Así que no escribo esta carta para convencerte o ablandarte, o como tu puedes creer para salvarme de ti, tú y lo que tú significas ya hace mucho que ocupa un lugar íntimo en mis pesadillas, sino para salvarme de ser como tú y quién sabe, quizás, algún día, si sientes que la violencia te devora la entrañas, que te rompe la vida, o reclama sus prendas, cuando tu hijo no quiera saber de ti, o cuando tu mujer te recuerde como una pesadilla, o cuando las victimas te hurten la memoria en la noche de tu vida, recuerdes que un día yo te escribí para decirte que existe otro mundo en el que las palabras no matan y destripan sino que curan y sanan y acogen las almas turbias como la tuya y entonces me devuelvas esta carta y me digas: ”¿te acuerdas de mi? soy El Chocolate y aunque igual sea tarde, quiero decirte que gracias por aquella carta, gracias por las palabras que me arrojaste como el que al río arroja una piedra, porque sin muchas de esas piedras pequeñas nunca una hubiera desviado la torrentera”.

13/05/2015

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