Hoy está siendo un día extremadamente cálido, el ligero aire que mueve las cortinas parece que vaya a inflamarlas de un momento a otro. El sudor, que brota silencioso y constante, se va apelmazando con el tedio hasta hacer una pasta espesa y pringosa que como una pátina se extiende sobre todas las cosas. Yo, en esta mi inmovilidad forzosa, intento mantenerme a flote sobre las gélidas aguas de mi nada, sorprendentemente me cuesta menos de lo que pensaba, es como si el cuerpo anestesiado y liberado de cargas flotara como un madero arrastrado por el curso de la marea, siento que podría abandonarme sin problemas al dulce mecer del vacío, de la absoluta nada y convertido en piedra, en leño, en materia calcárea de desecho, abandonarme, ajeno, en el curso de las cosas. Pero no, la vida que siempre exige su diezmo, su tributo, me impulsa al movimiento, a dar brazadas ciegas con las que alimentar su codicia de hechos, de sucesos, de acontecimientos, así que nado con desgana, hacia ninguna parte y entre respiración y respiración, entre bocanada y bocanada mi torpe y abúlica mirada busca una dirección, un rumbo, un camino hacia un islote de sentido, hacia ese paraíso prometido en el que manan ríos de miel y abundancia, en el que la existencia toda nos entrega su fruta más dulce, más deseada, más oculta y secreta, pero lo único que me es dado contemplar en ese horizonte turbio es una página en blanco. Un bello y hermoso territorio baldío que se extiende impoluto ante mis ojos, como un desierto inexplorado y seductor en el que no hay más signos, más huellas que las que yo trace con mi paso. Una auténtica promesa de felicidad que reclama ser desvelada, que se anuncia latente en las sutiles grietas del blanco sobre blanco. Pero no encuentro el químico que active sus haluros de plata, el misterioso resorte que haga emerger la Atlántida que atesora, y sin embargo, intuyo que bajo esa extensión de fina y blanca arena se albergan las más bellas ruinas. Sino ¿por qué? es tan intenso mi deseo de transitar y urbanizar con palabras su ignoto territorio, cuando además la palabras son tan pobres y escasas.
Me digo, como autoconvenciéndome, que si persisto, que si no desfallezco, que si persigo los pobres indicios que a mi paso el papel va desvelando, acabaré encontrando los restos de otras ciudades que he conocido, de otras casas que he habitado, de otros cuerpos que he vivido, y que son el mío, que tras el severo tramaje de sus dunas ese paisaje no escrito alberga fosilizados esqueletos, de deseos no cumplidos, de heridas profundas, de verdades como puños, de días felices y amargos, indicios de otras civilizaciones que un día me arroparon y que hoy en el olvido aún habitan mi cuerpo. He de usar la pluma como si de una pala se tratara, para ir desenterrando restos que permitan trazar la genealogía de mi tiempo, de mi cuerpo, de mi vida y un vez desvelada saber de mí lo que ahora desconozco. Debo escribir, me insisto, para abrir todos los secretos desvanes en los que ha ido drenando mi existencia, debo recorrer el camino inverso y remontarme hasta el punto cero , al momento primigenio del big bang de mi ser en el mundo e ir abriendo todos los círculos concéntricos de mi laberinto. Somos lo que hemos vivido, lo que nos ha ocurrido, (también lo que no nos ha ocurrido), las calles que hemos transitado, la gente que hemos conocido y lo que nosotros hemos amasado con ese barro. Y sí, me convenzo, esa se anticipa como una buena ruta entre las dunas del papel en blanco. Tendría que abrir mi vida, me digo, como si de una muñeca rusa se tratara, desplegar toda su serie hasta la primera, la más profunda, la originaria, porque en ella debe darse anticipada y prístina la forma de las que la acompañan. Pero mientras eso me digo, contemplo la preciosa muñeca rusa que, junto al despertador, un libro y algún que otro cachivache, desde haces años vela mis sueños y me pregunto ¿cómo debe construirse una muñeca rusa?¿se empieza dando forma a la mas pequeña y así sucesivamente hasta llegar a la que se muestra a nuestra mirada? o bien ¿el proceso es a la inversa y es esta última la que determina el recorrido de las restantes?¿y si eso mismo ocurriera con la vida? ¿y si el momento primigenio no fuera Septiembre de 1956 sino Julio de 2015? ¿ y si la identidad no fuera un hecho sino una estrategia, una forma ventrílocua de hacer hablar a sucesos muertos? En ese caso, escribir no sería desvelar sino construir, iluminar los hechos brutos del pasado con la luz de mi tiempo y la estrategia de colonización del territorio en blanco cambiaría su signo, ya no habría restos que desenterrar sino huellas que fundar, todo y que probablemente el objetivo narrativo no sería muy distinto , basculando entre descubrir, o decidir quien soy. Me pierdo en esos pensamientos, no consigo enhebrar el hilo en la aguja, pero algo me dice que cuando lo consiga, cuando sepa quien huevo, quien gallina , cuando haya conseguido aislar y atravesar con una aguja todos los retales encontrados de mi existencia y ya por fin sepa que hacer conmigo, entonces me sentiré como el entomólogo que ha viajado al corazón del Amazonas para atrapar una hermosa mariposa o un exótico escarabajo, solo me quedara ponerla en un marco y contemplarla cada día mientras recuerdo la aventura que me ha conducido a su encuentro, o bien, inscribirla en el glorioso libro de las especies únicas e intentar convencer al mundo de la grandeza de mi hallazgo, que soy yo mismo.
¿En realidad quiero escribir solo para eso?¿ es ese el auténtico motor de mi impulso? empiezo a sospechar que no, ahora me doy cuenta que no , creo que saber quien soy y quien fui y si hay continuidad en ello no deja de ser un bonito juego, un efecto colateral , un serendipity si se quiere, de una necesidad que arranca de algún lugar remoto de mi cuerpo. Saber quien soy, la identidad, que tan pronto salva como mata, quizás sea la pregunta pero no la pulsión que la plantea y alimenta. Si quiero dejar mi huella en esta página no es solo para hallar respuestas sino para llenar un vacío, una sed profunda, que no se sacia con el mero vivir, con el mero existir, abandonado como un leño al vaivén de las olas. Siento que escribo en busca de algo íntimo y profundo, de una verdad que intuyo se alberga en toda vida y que busca salir al mundo, una verdad que vive agazapada entre la hojarasca de tantos veranos y tantos otoños, de tantos recuerdos que brillan como metales sin ser aun oro. Escribo, creo, para saciar la sed de trascender, de atravesar, aunque sea por un instante, esa crisálida de soledad en la que al mundo se nos arroja e ir al encuentro de otras soledades, para juntos, librar las palabras de sus silencios y sus medias verdades y sus secretos aguijones que tanto envenenan nuestras vidas pequeñas. Escribo porque algo en mí quiere salir de mí y cuando lo hace, cuando con palabras consigo que fluya desde el profundo silencio, siento que brota sentido y la felicidad que le acompaña. Escribo para retener y cobijar esa soledad redentora, esa en la que las palabras rozan la piel de las cosas y también lo hago para evacuar esa otra, esa soledad espesa y narcótica que tanto lastra la existencia. Aunque, quién sabe, quizás escribir no sea más que una desconchada tabla en un naufragio, una ilusión, un sueño en el que la página en blanco se revela como el punto de encuentro entre lo real real, duro y áspero y lo real imaginario, sutil y liviano, entre la realidad vivida y la paleta de sueños con la que la civilizamos para salvarnos. Al fin y al cabo como alguien dijera la frontera entre realidad e imaginación es solo imaginaria.
Os cuento un extraño sueño que me visito no hace mucho, y que el avanzar del texto me ha vuelto a la conciencia, intentaré describirlo, todo y que me será difícil alcanzar la magnitud de lo sentido . Era un sueño erótico, bueno no, no , era un sueño de amor. Despertaba en mi cama y ante mi aparecía un cuerpo de mujer desnudo, era como un cuadro, a medio camino entre el Origen del mundo de Couvert y Desnudo acostado de Modigliani, entre lo intimo descarnado y lo sutil y próximo, era un cuerpo placido y sereno, el pubis exhibido sin pudor, pero sin ostentación, las nalgas se aplastaban sobre las sabanas sobresaliendo el perímetro de las caderas y desdibujando sus formas, nada que ver con esos cuerpos jóvenes y voluptuosos que vuelan junto a las fantasías eróticas, y sin embargo aquel cuerpo emanaba una hermosura y una ternura que yo no había conocido antes, y yo, entendía en el sueño que la causa de tanta hermosura no emanaba tanto de su físico como de su promesa de redención, de su generosidad, de su mostrarse para ser habitado, de su ofrecerse como tránsito a lo otro ,a una dimensión de la existencia donde tu y yo pierden su significado. Había en esa ofrenda una fantasía de fusión eterna, una invitación a ocupar hasta la más recóndita de sus células, a disolverse en su torrente sanguíneo, a licuarse en sus fluidos, abandonando mi cuerpo para ocupar el suyo. Su piel era morena y próxima, como las calles de la infancia, era un cuerpo conocido que yo no conocía y que a diferencia del cuerpo anónimo de otros sueños eróticos no podía existir sin un nombre, que yo no conseguía encontrar en mi memoria. Ahí estaba, aturdido y excitado por lo que contemplaba, cuando ella acerca su cabeza a la mía y me dice, ven follemos como si no follasemos, abandonémonos a las palabras , que las caricias y el roce de nuestra piel y los besos y el chapoteo de nuestros sexos sea el oxigeno de nuestras palabras, el metal fundido en el que estas se esculpan, háblame, cuéntame de ti, desde el primer minuto, desde el mismo día que naciste, o antes incluso y no te preocupes por las palabras, el placer limara sus impurezas y neutralizara sus resistencias y hará que fluyan como un torrente sanador, sal de ti y vive en mí y tu cuerpo se tornara ligero y tu soledad se fundirá con la mía en un éxtasis compartido. Me desperté, supongo, con una mueca de idiota en la boca y confuso, porque aquel sueño había invadido mi vigilia, pensé, por un momento, que aquello más que un sueño erótico parecía un pasaje de una Biblia apócrifa y sin prejuicios, no sé si fue un sueño místico o erótico o ambas cosas, pero me mantuvo despierto un buen rato buscándole un significado.
Cuento este sueño porqué, de pronto, reconozco en ese cuerpo la versión fecunda de la promesa que late como un grito en la pagina en blanco, en la que lo real es atravesado y completado por lo imaginario, ven habita mi territorio y vacía en el tus palabras, libérate de su carga, y fúndete con las cosas, con los cuerpos, revélales tu secreto y siente la ligereza de vivir tu soledad con los otros y en los otros. Hay en mi sueño una promesa de redención que solo hallamos en los otros, cuando la hallamos, y entre tanto, las palabras al derramarse en la página en blanco mantienen vivo ese pulso que nace en las entrañas y hace de la soledad un material fecundo con el que urbanizar la indigencia a la que hemos sido arrojados.
Hoy está siendo un día extremadamente cálido, y las gotas de sudor que prometían ser el único habitante de la página en blanco, me han llevado hasta este texto. Quizás sea este aire, tan cálido y seco que solo deja espacio para soñar despierto, así que no sé, sí he llenado la página de palabras o de sueños.

02/07/2015

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