L’Home del barret

Aquel puñetazo que me diste a la puerta de la iglesia se me ha quedado grabado en la memoria con letras de oro. Ni recuerdo el motivo ni las circunstancias. Sólo sé que me acababa de poner pantalones largos y me picaban las piernas. Sé que me tenías envidia. O yo lo sentía así.
Tú, claro, niñato de clase bien, hijo de una família de possibles, bien vestido con jersey de marca, pantalones bien planchados. Tus padres y los míos eran conocidos, aunque no amigos. Fuiste el primero en fumar de entre los compañeros de clase.
Pero sacabas peores notas. Hacías muchas campañas, salías con chicas y yo no. Yo era un empollón y un preguntón; salía en el cuadro de honor. Tú, en cambio, trinfabas fuera. Te veía en el asiento de atrás del coche de tu padre. O en el parque, morreándote con una zagala de Santa Ana. Notaba en tu mirada tu desprecio, tu aire de suficiencia. Te sentías el amo. No sé lo que te dije en ese momento y tú respondiste con un puñetazo que me hizo ver las estrellas. Comprendí de golpe cómo funcionaba el mundo. El mundo de los hombres.
Ese golpe lo he guardado dentro de mí todos estos años. Nuestros caminos se separaron. Yo seguí el mío, de empollón y con pocos recursos ni demasiadas relaciones sociales. Tú, el tuyo, de hombre de negocios. Iba enterándome por mis padres de las dificultades de la harinera de tu família, de tu ruina.
Un día no te reconocí cuando ví en un café a un hombre gordinflón con una chica joven que parecía su hija. Mi madre me dijo: «Ese es Javier. Se separó y ahora va con chicas jóvenes como esa». Lo siento, però me alegré. Es como si la vida se vengara de tu afrenta de hace muchos años. Lo hacía por mí, devolvía la pelota que me habías lanzado hace años.
Luego, vino lo demás. Me contaron que tuviste un cáncer y que estabas muy grave. La fábrica de harinas de tu família ahora está en ruinas. Con la cámara de fotos fui a recorrerla el otro día, deteniéndome en los árboles crecidos entre las naves y en los reflejos de los cristales rotos. Algo dentro de mí se regodeaba en esa decadencia. Dejé aflorar mi odio acumulado de tantos años en el fondo de mí.
Hace un mes me enteré de tu muerte. Una comunicación de la asociación de antiguos alumnos así lo decia. De golpe me vi a mí mismo también co o derrotado. Por cobarde, por no haber sabido plantarte cara en su momento. Porque, de esta manera, una parte de mí continúa aún «noqueada». Porque no he acabado de construir mi propio camino, alternativo al tuyo. Porque algo dentro de mí sigue siendo aún ese niño miedoso y empollón que mira al mundo con prevención.
De derrotado a derrotado, ¡adiós, Javier!
5-5-2015

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