Jordi se afana pero no entiende sus impulsos. Un niño nacido en 1969, macho primogénito – aunque no en la primigenia que correspondería a la hermana nacida tres años antes – se había convertido en miembro familiar problemático. Una infancia tranquila y feliz dio paso a un caradura y terco instantáneo en cualquier situación. Un terco como le hacía ver su padre. Sin poder entender estos impulsos, su ser le muestra constantemente una barrera que lo separa del resto, que le revoluciona en ciertos instantes y que lo aísla en otros. En ciertas fases, traspasaba de la travesura al descaro: “qué haces Jordi! Eres malo!”, le decían algunas tías. Quizá por la amenaza que suponían su espíritu indolente y gamberro en ciertos momentos. Supongo que el niño iba creciendo entre las incomprensiones de los demás – y también de sí mismo – y este cinturón de seguridad que se construyó para salvaguardar una posibilidad de identidad propia hizo el resto, que al concretar esta protección iniciaron un proceso hacia el analfabeto emocional en el que se convirtió con los años. Hasta hoy hacia nuestros días.
Os confieso que ese niño soy yo mismo. Este Jordi que tienes delante se hizo consciente del hombre que había detrás, y del que ahora mismo me marca como muestra de lo que podía ser y del podía haber sido en su ser. Un sí-mismo peculiar y concreto que buscaría entre confusión y emborronamientos varios. Sobre todo lo que hubiera podido ser sin esta conciencia actual después de los años. Y ahora quiero ser sincero. Y hacia este movimiento que me ha llevado a los lugares en que acompaño a otros hombres hacia la igualdad. Hacerme sincero en lo que fui y soy en el instante en que os escribo. Y de eso quería hablar mientras pienso en ese niño Jordi y de la carencia emocional que me supuso respetarme poco. A mí, y en prolongación, a la condición humana. Y en consecuencia, construyeron una persona que creció entre ególatras energías y en pretenciosas superioridades procedentes de un patriarcado, que no sabía aún que existía pero que me había creído desafortunadamente. No os digo que todo aquello me llevara a maltratar a la mujer – nunca jamás ha habido por mi parte abuso físico – pero sí que hubo ciertas actitudes que me llevaban a agredir desde la superioridad en relación a la mujer o en las absurdas creencias que tanto daño me harían con el tiempo. De forma inconsciente irían fertilizando en mi interior en forma de emociones envidiosas y celosas ante otras virtudes que desplegaban ante mis ojos las sabias hermanas Afrodita, las cuales en el fondo adoraba y admiraba. Eran visiones inconscientes y silenciosas, no las hacía más patentes, pero estaban allí. Tal vez, seguramente, fruto de la conciencia de inferioridad. O puede que no. Simplemente envidia malsana, y que, sin tenerla que erradicar, se convertían en una oscuridad para mi vida, ¿o para la eternidad de mi espíritu? Esta es una incógnita que ahora no puedo resolver en este momento.

Y es en el instante en que relato mi entrada a AHIGE en que me veo sometido entre estos dos polos: contradicciones entre la admiración por la mujer, y el radical concepto de la (in) sana envidia que me supone mi analfabeta existencia en el mundo de las emociones, en los que soy un aprendiz constante desde hace 15 años (más allá de mis limitaciones en años anteriores). Un aprendizaje de tantos años en los que intenté completarme constantemente urdiendo una transformación que me ha dado la vuelta a todo en varias ocasiones. Aquel Jordi lejano del que os hablaba al principio, ha llegado al punto de verse con la necesidad de que el crecimiento como concepto, se lo construiría poco a poco en una plataforma sujeta a la nueva masculinidad.

Y así me acerqué por el camino del compromiso. Me he labrado un camino conmigo mismo y en el mundo de la educación, hasta que llego el año 2012 donde pude escuchar y conocer a dos maestros sobre nuestras masculinidades que brotaban en el marco de las Jornadas contra la violencia de género organizadas en el centro Bonnemaison en Barcelona. Juanjo Compairé y Bernat Escudero supusieron el impulso necesario para orientar esa energía que estaba desplegando hacia los cambios de forma individual. Y allí mismo pudimos conspirar entre el mundo de la palabra y de la escritura, y las acciones que escrutaríamos entre las inspiraciones comunes y las posibilidades diversas, en años poco propicios donde la crisis nos originó un gran boquete para las almas implicadas por la gran lacra del maltrato y de las incomprensiones consiguientes. Esa noche sentí que formaba parte de un movimiento de personas machos que no querían ser más como eran, como habían sido. Un movimiento que me permitiría hacerme más consciente, generando múltiples acciones y pensamientos, y además en frecuente diálogo para reflexionar sobre las imbricadas implicaciones entre esta analfabeta existencia, que desde que formo parte de una red de hombres que están implicados en el sí-mismo, y me hacen sentir vivo en el reconocimiento mutuo de una responsabilidad recíproca, de un cambio que estamos formulando. Ahora sí podía confortarme en el hecho de que muchos espejos que proyectamos en conjunción sobre nuestras mutuas debilidades y vulnerabilidades, nos hacen más conscientes de todo lo que yo había intuido algún día, y que justo ahora me estoy dando cuenta. De repente, mis amigos, hombres igualitarios, posibilitan los pendulares agitados pulsos entre el niño envidioso y vulnerable, y aquel hombre que surge de una nueva posibilidad que hemos celebrado juntos últimamente. Y ahora siento que este es mi lugar en el mundo que hará darme cuenta nuevamente de un nuevo sentido por la vida, para la igualdad y en equidad.

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