Me desplazo lentamente, el atasco es monumental, tanto que ya no deja espacio a la inquietud o los nervios. La inexorable cadencia del futuro acaba de detenerse junto con el tráfico. Un accidente ajeno y el presente desatado inunda todos los espacios. Durante un tiempo, incierto, y nada apunta a breve, no deberé preocuparme por justificar el tiempo, por completarlo con acción y movimiento, por vivir empujado hacia lo siguiente, el aquí ahora se impone, sólo queda vivirlo en el tedio de la caravana y paradójicamente, sin anunciarse, entre sus pliegues se abre una grieta al pasado.

Suena en la radio Le Métèque y la nostalgia se va templando con un sol plácido y benévolo que castiga el salpicadero. “Et nous ferons de chaque jour toute une éternite d’amour”, voy recitando al compás de la canción, mientras brotan en mi mente imágenes de un tiempo ya olvidado, de un tiempo que fue y que invocado por las palabras de Moustaki reclama insistente su regreso. Un tiempo invisible a mi presente pero que intuyo permanece oculto y latente en el ADN de mis entrañas, en las palabras que surgen de mi boca, en las miradas que me habitan, en mi piel y su memoria. Yo sé, yo siento, que cada una de las letras de esas canciones que torpemente canturreo están impregnadas de noches eternas, de anhelantes vigilias, de horas y horas de charla, de palabras en busca de su objeto y esa música, esa voz que suena, en un francés pícaro y meloso, incorporándose al oxigeno del espacio, a la pintura de los muebles, al tuétano de los huesos, a la fuente inagotable de los sueños. Canciones para la nostalgia que me arrancan una lágrima solitaria y feliz como lo fue aquel tiempo en que Moustaki perfumaba mis anhelos. Hermosos sueños que el tiempo ha ido liquidando, erosionando y puliendo, como las antiguas monedas, inútiles en el supermercado pero imprescindibles para saber quiénes somos. Sí, también los sueños que no fueron y su recuerdo pavimentan el alma y ocupan un espacio de lo real que sin ellos sería yermo y vacío. Sueños y deseos vienen a ser como las miguitas de pan que tejen el camino del alma, aunque no menos que los miedos y temores que nos acechan y que a la que te descuidas se han zampado el pan entero y convertido el camino en laberinto, en enigma insondable, en agujero negro en el que se precipitan todos los deseos.

En esas escaramuzas se me alambica la mente, cuando de pronto, la pesadilla se cuela en la placidez de la espera, alguien inquieto, más listo que el resto, dirían algunos, aprovecha el arcén y lo que no lo es para mejorar su destino, para volar más allá de los límites de vivir junto a otros. Me pregunto que pasará por la cabeza de este tipo dispuesto a exponerse a zonas de colisión por una posición de privilegio, ¿acaso no tiene un pasado con el que juguetear y complacerse?, ¿una piel remota que recorrer? o su “Métèque”, una música que lo acune mientras el futuro no vuelve a caminar, o quizás, pienso envidioso, que tiene prisa porque realmente le espera una día de amor eterno. No, si así fuera yo mismo le tendería un puente sobre el mundo, acabo de verle el gesto y las palabras que dirige a otro conductor que le recrimina su conducta, y me doy cuenta que soy un ingenuo, que solo hay arrogancia, desprecio, soberbia, ignorancia y esa eterna fuerza devastadora de que es portadora el hombre, ¡siempre los hombres¡ la violencia, la ley del más fuerte que divide el mundo en amigos y enemigos, en los míos y los otros, en un nosotros exiguo y mezquino, yo, mi coche y mi vacío, y los otros convertidos en tierra de conquista y dominio. Allí va un hombre, un chulo, el mejor, el más fuerte, el más listo, el que se ha construido a codazos, el enemigo de todos que labra su destino a sangre y fuego, un auténtico peligro, la amenaza que liquida y extermina en mi imaginario cualquier sueño de “faire de chaque jour toute une éternité d’amour”.

Ese tipo que desaparece en el horizonte de hierro y asfalto y de mi profundo y fervoroso desprecio, por un momento ha desactivado el sueño plácido y etéreo de “la peau qui s’est frotte au soleil de Tous les étés” y me ha devuelto al territorio oscuro del temor, de la inquietud, de la indigencia, de “ma solitude” que premonitoriamente está sonando en el desangelado habitáculo del vehículo, “elle ne me quitte pas d’un pas, fidele comme une ombre… non , je ne suis jamais seul , avec ma solitude”.

De pronto, me aterra percibir la extrema debilidad del hilo que sostiene el respeto, el bien, el amor o la profunda fragilidad del vínculo que ata al resto de conductores a respetar su carril y la humanidad de su vecino. Siento un pavor nervioso que arranca de un lugar lejano, anterior a Le Métèque, y a todo sueño de justicia eterna, un miedo profundo a extraviar la vida por el áspero territorio de “la ley del más fuerte”, por el doliente dominio de la violencia que sutil e imperceptible o evidente y descarnada ya alicataba las calles de mi infancia y hace mucho, mucho tiempo, vino a instalarse como una sombra que atenaza y paraliza mi conciencia.

El tipo, el chulo, acaba de estrellar su coche con otro vehículo, el revuelo es prodigioso, llego algo tarde al incidente y no entiendo muy bien qué ha pasado, pero percibo como el ambiente se carga de tensión y violencia, como las canciones de mis sueños disuelven sus efectos terapéuticos para ceder ante el estado de alerta. El chulo, fuera del coche, golpea a otro conductor sin juicio previo, la policía que – el azar siempre caprichoso- estaba a pocos metros, intervine zarandeando y reteniendo al más violento que cae arrodillado al suelo.

Acabo de llegar a su altura crispado por lo que he visto y la sorpresa es máxima, el tipo en cuestión, el chulo que a codazos ha labrado su existencia, se llama Pablo, o así se llamaba cuando también fundaba mi nostalgia y mi recuerdo. Lo conocí con pantalones cortos, largo como un guión, que decía mi madre, cara de pillo y unas cejas rotundas y espesas que le conferían ese aspecto fiero que me ha permitido reconocerlo a pesar del tiempo. Me mira desde el suelo donde ya esta inmovilizado, me reconoce y entre nuestras miradas se extiende un vasto territorio de anhelos comunes, de escenarios vividos, de convicciones que anidan en nosotros desde tiempos remotos. Me sonríe, con una mueca forzada y dolorida. La ira que golpea sus pequeñas y oscuras pupilas cede un gesto amable y comprensivo. Sabe que no puedo ayudarle, que no quiero ayudarle, que nuestro lejano juramento de sangre hace ya mucho que perdió su vigencia. Él siempre supo que yo estaría en este lado de la carretera, en el lado de los débiles de los ingenuos que creen en la justicia, en la bondad, en el amor, en todas esas artimañas que los débiles construyen para frenar a los fuertes, él lo sabía, como yo supe que Pablo se gestaba en el huevo de la serpiente, que tras aquella fina cáscara infantil e inocente mi amigo crecía peligrosamente en la frontera del riesgo y la violencia.

El nuestro era un territorio compartido, con destinos que se bifurcan casi en su mismo origen, probablemente en un lugar anterior a todos los lugares comunes, a los lugares de nuestros juegos y nuestros sueños y nuestras secretas palabras.
Yo, como Pablo, fui un niño de barrio que creció en un lugar fronterizo entre la ciudad y el campo, en un edificio de diez plantas de la “Obra Sindical” (así se llamaba entonces las viviendas de protección oficial) que se elevaba en mitad de la nada. Hacia un lado, descampados, es decir lo que habían sido campos fértiles convertidos en baldío esperando ser devorado por las escavadoras, hacia el otro los verticales muros de una ciudad que crecía ansiosa por colonizar nuevos territorios. Era lo que se llamaba extrarradio, o periferia, un lugar donde llegaban los que no podían ir a otra parte, calles sin asfaltar, cloacas a cielo abierto, vertederos con desechos, el cementerio que aun entonces se encontraba a las afueras y alguna masía que no había sido digerida en el vientre del urbanismo depredador e insensato. Recorríamos a diario aquel territorio, para mi infinito, que se extendía desde las balsas de riego diseminadas para los pocos campos de cultivo que aun quedaban y donde vivían las ranas de San Antón que anhelábamos y una auténtica selva de ladrillo y hierro, esqueletos de los nuevos edificios que iban creciendo en una especie de metástasis loca y que constituían un auténtico laberinto para nuestros juegos, incluido su Minotauro (el barraquero). Para el niño que yo era aquel escenario era un bosque fantástico con miles de estímulos desde que salía de la escuela hasta que mi madre gritaba mi nombre desde el minarete gris del edificio de mi casa.

Pero aquel bosque urbano lleno de cosas fantásticas no lo estaba menos de peligros, era un mundo en el que la ley del más fuerte primaba sobre la del más justo, en el que los niños nos agrupábamos territorialmente por calles o barrios y no dudábamos en enfrentarnos a golpes y pedradas con el “enemigo” de dos calles más arriba, a la niñas ni se las veía, las calles eran de los niños, la niñas iban de casa al colegio (segregado) y viceversa.

No era un mundo de justos, o en todo caso primaba un peculiar código de justicia no escrita que, a modo y semejanza del mundo de los adultos, como siempre, dictaban los poderosos, los más grandes, los más fuertes, un código de juguete con sus ritos iniciáticos, sus traidores, sus chivatos y sus apestados. Ese mundo compartíamos Pablo y yo, yo como un náufrago aferrado a su madero, permanentemente asustado, eso sí en secreto y totalmente refractario a la violencia que me rodeaba, él, como un auténtico príncipe reinante, desafiante, como un pez en el agua de los duros, aguas hostiles que él, como Moisés, templaba con su vara para abrir un istmo en el que transitaba ante mí como un ser vulnerable y atento. Yo admiraba su audacia, su arrogancia, su coraje, a mis ojos el no conocía ese miedo que a mí me constituía, su padre le enseñaba llaves de lucha que yo intentaba aprender pero de la que él siempre conocía la contra-llave que le permitía derrotarme. Lo admiraba porque me abría mundos insospechados, porque me empujaba a vivir experiencias por encima de mi natural prudencia, saltar la tapia más alta, entrar en el agujero más profundo, atrapar el insecto más amenazante o desafiar a cualquier autoridad que no fuera la que imponía el juego. Pero también lo temía, temía su fuerza descontrolada, su voluntad de dominio y su disposición al riesgo por el riesgo, a exponerse para demostrar al mundo su pequeña e ínfima grandeza, que me llevaban a aventurarme en escenarios, que si mi madre hubiera tan sólo intuido me hubiera conducido al ostracismo de la calle, para siempre.

A él le encantaba fascinarme, enseñarme lo que sabía, lo que él podía y que yo poco a poco iba pudiendo, creo que me apreciaba, que para él yo no era un reto o una amenaza, el nuestro era el único de los territorios que habitaba que no eran para ganar o perder sino para compartir y construir, para mostrar y dejarse mostrar, el sus gusanos de seda yo mis cromos, de los que todo me lo sabía, él su picardía atropellada y desafiante, yo mi prudencia reflexiva y serena.

Me fui del barrio y no volví a saber de él, hasta muchos años más tarde, en otro escenario atravesado de violencia e indignidad. El destino caprichoso nos hizo coincidir en el servicio militar, la primera impresión fue de alegría, aquél era un mundo inhóspito e ingrato y Pablo lo único que me vinculaba al exterior, pero me aleje de él tan pronto como pude, yo ya me había convertido al lenguaje de la justicia y la igualdad que defendía con el coraje que tanto había admirado en él, mientras que él, se había convertido en el reptil que el huevo trasparentaba y que no dudaba en mostrar su colmillo ponzoñoso y desafiante ante cualquier presa que se acercase.
Desde entonces no había vuelto a saber de Pablo. Hoy al verlo ahí, en el suelo, en lo que es una metáfora de un destino intuido, vuelvo a ver a mi amigo, el de los pantalones cortos y apretados y me gustaría preguntarle qué ha sido de su vida, si ha sido feliz , si le ha ido bien en su mundo de fuertes, de triunfadores y perdedores, si ha tenido hijos y qué les ha enseñado, me gustaría hablar con él para que volviera a enseñarme como ser fuerte cuando las fuerzas no llegan y valiente cuando el miedo te inmoviliza, me gustaría preguntárselo en la esperanza de que sus monstruos y los míos, ahora que somos más viejos, quizás empiecen a parecerse, y que se llamen enfermedad, muerte, pérdida, dolor, soledad, pero sobre todo me gustaría devolverle una mirada humilde y cómplice para decirle que quizás los dos hayamos perdido, él, arrodillado en su mundo de héroes troyanos, yo en el mío, el de los débiles que no han podido construir un mundo más humano, tal vez, no sé, la única diferencia entre nosotros, sea que él es un perdedor mudo que no lo sabe y yo, un perdedor consciente que con palabras mitiga el dolor de su derrota.

Será por las últimas notas de Moustaki, por su efecto narcótico que me hace regresar al mundo “real” de los sueños, que pienso, que quizás, si pudiera hablar con él ahora, como antes cuando saltábamos la tapia del cementerio, fuera de las miradas de los brutos, se mostraría vulnerable y me diría con su voz áspera y rotunda que su único existo ha sido ser amado y su única derrota no haber amado bastante.
La caravana vuelve a moverse y Pablo va quedando atrás, donde estuvo todo el tiempo, enterrado en el olvido, invisible a mi presente, pero como Le Métèque , latiendo en el ADN de mis entrañas, en las palabras que surgen de mi boca, en las miradas que me habitan, en mi piel y su memoria.

23/04/2015

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