Dicen algunos, que los únicos que mueren son los humanos, -las plantas se marchitan y los animales expiran-, porque morir lleva asociada la conciencia del fin, algo, que por lo que parece, es patrimonio exclusivo de los humanos. Sólo nosotros nos sabemos mortales y esa conciencia planea a lo largo de nuestra existencia, impregnándola, tiñéndola, modelándola con la persistencia de la finitud, que se filtra hasta las entretelas del alma y modula todo obrar humano.
Es ese saberse irreversiblemente mortales, -decía Epicuro que “frente a la muerte nosotros los humanos vivimos en una ciudad sin murallas”- lo que nos conduce a inventarnos murallas de palabras, discursos, narraciones, leyendas, rituales simbólicos, que no detienen el filo de la guadaña pero si tejen cotas de sentido que hacen su herida más liviana.
Pero no todas las palabras, ni todos los discursos, sirven lo mismo. Decía Platón, en una encendida defensa de la oralidad, que la escritura es un fármaco para la memoria, a mí, positivando la sentencia platónica, me gustaría pensar que es un fármaco para muchas más cosas, todo y que si recogería ese sentido dual que tenía la palabra “phármacon”, que igual se utilizaba para el remedio que para el veneno. Debemos ser cautos con las palabras y leer siempre sus contraindicaciones, pues según posología igual curan que matan y tan pronto nos proporcionan un remedia para atenuar el temor de la muerte como derivan en un auténtico veneno que nos precipite a sucumbir en ella.
La historia está poblada de estrategias reparadoras articuladas con palabras, de conjuros y bebedizos conceptuales con los que hacer la muerte, y por tanto la vida, más llevadera. Las hay de todos los colores, según el tiempo histórico o geográfico, ingenuas y perversas, cómicas y patéticas, individuales y colectivas y también las hay honestas y necesarias que apuntan a una verdad profunda que cualquiera sabe reconocer en su espacio más íntimo. El mismo Epicuro ofrecía a su época un auténtico mecano semántico con el que puentear intelectualmente la muerte. “así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que mientras somos la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente ya no existimos”. Más tarde el cristianismo, y no solo él, se inventará ese artefacto, tan efectivo, de la vida después de la muerte. El alma, que es lo que cuenta, se salva y el cuerpo muere. La modernidad, ambiciosa y contable, baja el cielo a la tierra y se lanza a reducir la muerte a física y biología, en herencia nos deja a Frankenstein y la muerte del alma y con ella una profunda orfandad de palabras que hechicen la angustia. Y nuestro tiempo, que todo lo banaliza, la santifica en el espectáculo mientras la retira de nuestras vidas, por poco higiénica. También artistas y poetas han intentado encontrar la mixtura reparadora, la justa proporción de palabras que nos condujeran “contentos a la muerte.”
En definitiva, elaboradas abstracciones y bellas palabras que, a veces, se confunden con las cosas que representan. Hay en ellas palabras remedio, que serenan el alma, y otras, pura ponzoña, que al transferir a la indeseable muerte la belleza de las palabras nos precipitan en ese oscuro abismo en el que los hombres se inmolan en nombre de dioses patrias y causas de la que el tiempo sólo recuerda sus cadáveres. Que necios los hombres, herederos de patriarcas, que buscando las grandes discursos sacrificamos las palabras hermosas, esas que no sólo dan respuesta a la muerte abstracta, si no que, además, y sobre todo, nos acompañan en la concreta , en la del hermano, la madre, el hijo, el amigo, el vecino, o la propia, que es siempre la última.
El pérfido fármaco platónico que cura la memoria, bienvenido sea, hace como que cura el vértigo de lo inevitable, pero como con la soledad, lo único que apacigua la muerte es la vida, es la piel del otro u otra, el amor que acuna y acompaña y narcotiza los dolores del alma, o al menos esa es mi experiencia, o la experiencia que mi memoria recuerda.
Una memoria, siempre caprichosa y promiscua, que ha preservado del olvido, vaya usted a saber porque, mi primera clase práctica en ese largo aprendizaje del arte de saberse mortal. Fue a los 5, 6, 7 años, -ese dato se me presenta difuso-, hasta ese momento todo habían sido referencias indirectas, los cuentos de Grimm que mi padre me leía no escatimaban detalles por escabrosos que fueran, pero fue una mañana, como todas las mañanas cuando me llego por un atajo, me anunciaron la muerte de mi tío – mi tío era el patriarca de la familia, yo lo recuerdo con más miedo que afecto-, aquel día la muerte traspasó la tapa dura del cuento para mostrarme sus mejores galas. En casa todo eran lágrimas, lamentos, ir y venir de gente,- entonces la gente moría en casa y mi tío vivía a una manzana-, y abrazos, muchos abrazos, abrazos intensos como si con ellos se quisiera retener la vida que el difunto abandonaba. Yo que en lo teórico me daba cuenta de la gravedad del asunto y algo empezaba a saber, aunque todavía sin sentir lo que sabía, me recuerdo intentando provocarme el llanto, sin conseguirlo o representando el papel de afligido para incorporar mi pequeña presencia a aquel ritual colectivo, eso sí, sin interiorizar lo que significaba.
En los años sucesivos la conciencia de la muerte irá acomodándose, a codazos, en todos los rincones de mi conciencia, para en la adolescencia, como Dios manda, ocupar una presencia notable. Durante años me negué a asistir a misas fúnebres y cementerios, oportunidades tuve, pero siempre excusé mi miedo con mi militancia atea, que vamos a hacer me hicieron ateo muy pronto, y con mi iconoclasta desprecio de todo ritual que no fuera revolucionario. Así me mantuve, en la estúpida ignorancia del que creía saberlo todo, hasta que con 22 años y la muerte de mi padre, me llegó la auténtica revalida de aquellos estudios, sin libro de texto, sin escuela, y sin maestro.
En esta ocasión la muerte era demasiado cercana para no sentir su brisa cristalizar en lágrimas, se había llevado a mi padre, pero también había abierto una herida sangrante en mi madre, que yo debía suturar como fuera y ni Marx ni Rosa Luxemburgo me habían enseñado como hacerlo. Mi manual para el duelo no pasaba de curso acelerado por correspondencia, así que seguramente serví de poco, o sí, no lo se, nunca lo hablé con mi madre y puede que ella tampoco esperara de mi otra cosa. No asistí a la misa, mi militancia atea y mi estupidez no me lo permitían, pero sí aprendí que la presencia de los míos, de los que me querían, a mí, a mi padre, a mi madre, que ese día eran todos, tenía más efecto sanador sobre mi desconcierto y la soledad y el dolor de mi madre que todos los discursos de Epicuro y San Agustín juntos.
La licenciatura, aunque seguramente con malas notas, me llegó con la muerte de mi madre, yo tenía 41 años, dos hijos y una pareja nueva, pero la soledad me abraso las entrañas, sentí en una forma muy intensa que perdía el único refugio incondicional que me quedaba. Murió en casa, en mis manos, y las lágrimas me desbordaron y con ellas los abrazos y el calor de los cuerpos y las palabras breves, pequeñas, las justas para que el amor y el afecto se adueñaran de todos. Ella había muerto y era como si al expirar hubiera inundado la casa de vida y amor por los cuatro costados.
Cuando todos se fueron, entre las paredes mudas, los muebles heridos y las fotos de su tocador en llanto, supe que me había dejado una herencia, una herencia sin testamento, la vida por su puesto, y un saber ignorado, porque no estaba en los libros, un saber del alma, trenzado con pocas palabras y amor, mucho. Supe que, sin duda, hay palabras que curan, un poco, pero que nada cura como el calor del otro.
Ya nunca más he excusado mi asistencia a un entierro, o a un duelo, seguramente mi destreza no ha avanzado mucho desde aquel curso por correspondencia, pero ahora sé, que no hacen falta grandes palabras, ni palabras bellas, tampoco sobran, que son más útiles las palabras breves, pequeñas, las justas para hacer que los afectos broten y sanen las almas rotas. Y creo, aunque me equivoque, que lo que sirve para la muerte ajena sirve para la propia, así que “ cuando llegue el día del último viaje y este al partir la barca que nunca ha de tornar “ me gustaría llenar las bodegas con cientos de besos y caricias y abrazos sinceros y si sobra espacio, que sobrará, entonces sí, entonces cajas y cajas de palabras hermosas, hasta que ya no quepan más.

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