Hay palabras que hechizan y embelesan, que resplandecen como esferas celestes, palabras que, sin decir palabra, seducen y embriagan y nos acompañan, para nada,
por el puro gusto de estar entre nosotros. Son palabras con duende, que zascandilean entre alfeizares y albercas, palabras fluido, que se alambican entre tuétanos y epidermis,
entre tímpano e iris, palabras que viajan sin billete, de nadir a cenit, de Palmira a Samarcanda, de Viento Griego a Tramontana, palabras que no son palabras si no esculturas de arena, viento y estrellas. Son palabras enmascaradas, que camuflan su sombra en la lista de palabras de la RAE, para desde allí, enamorar las entrañas como la sierpe y la flauta.
Azogue es una de ellas, suena en mi cabeza como esa música de la que no conoces la letra, de la que mejor no conocer la letra, y que cuando el azar te la desvela, quisieras correr a encarnarla en palabras nuevas, a concederle una nueva vida en un significado más noble, más digno, más hermoso, a darle una oportunidad a la altura de su belleza.
Azogue tiene una definición en diccionario, que no se merece, utilitaria y mecánica, fría y abstracta, sin curvas ni ensenadas, sin secretos ni dobleces, un ave del paraíso transformada en pisapapeles de lata.
Azogue que, en mi imaginario simbólico, tan pronto suena como bálsamo o como azote bíblico, retruena en mi garganta para reclamar en este diccionario heterónomo una existencia nueva, ¿porque tanta belleza debe ser castigada con un vano significado?.
A ello me dispongo, así que, A Z O G U E, que allí, en el diccionario, se escribe con letras separadas, la voy a rescribir de un solo trazo, como una duna que se eleva sinuosa hasta envolver el cuerpo con su atávico misterio.
Azogue, en mi universo semántico, es femenino, es la mediación que trasforma, que convierte la transparencia en reflejo, al sujeto en objeto, al cirujano en cuerpo expuesto.
Es el ungüento que, convenientemente aplicado, invierte la mirada, que transita de fuera hacia adentro, que gira violenta del otro al nosotros, que nos confronta insolente a surcos y grietas del tiempo, a los cielos abiertos de nuestros ojos y a nuestro propio cuerpo, como cuerpo del otro.
Azogue, como el microscopio, devela un mundo que nos acompaña sin ser visto, un mundo que oculta su arquitecto, su demiurgo, que emerge fugaz por efecto del mercurio, ni más ni menos, que como territorio simbólico.
Azogue, es como un bebedizo que induce a un estado de la conciencia alterado, a contemplarnos levitando sobre nuestro rostro, sobre nuestro cuerpo desnudo que, desprovisto de artificios, esparrama sus carnes, como una res, ante el filo del tiempo, ante el acerado juicio de la mirada, de mi mirada, que lo escruta atónita frente al espejo,
hermoso y horrendo, deseado y doliente, amado y despechado, refugio y calvario, el cuerpo siempre un enigma, una máscara, que el azogue expulsa del escenario, la máscara a la vista del enmascarado, ¿quién falso?¿ quién auténtico?. El azogue revela en sus imaginarios haluros de plata, como un efímero y cambiante autorretrato, la íntima verdad de ese conflicto, de ese cuerpo, que es mi cuerpo observado frente al espejo.
AZOGUE: Dic. s/m Mercurio
AZOGUE: Dic hetoróclito. fluido espeso y metálico que adecuadamente aplicado precipita la conciencia y desnuda la identidad del cuerpo.

Rescatando azogue de su miserable existencia académica espero no haber pervertido su misterio y que su retumbar sonoro siga turbándome con su exquisita música, no quisiera pasar al resto como asesino de las pocas palabras que no se dejan abrir como navajas suizas.

Anuncios