A modo de autobiografía, porque no estoy muy cierta de poder hacer de mí una biografía, a no ser esas que he hecho ya, sin darme cuenta, en mis libros y sobre todo en mi vida; si bastase con vivir no se pensaría; sis e piensa es porque la vida necesita la palabra, la palabra que sea su espejo, la palabra que aclare, la palabra que la potencie, que la eleve y que declare al par su fracaso, porque se trata de una cosa humana y lo humano es por sí al mismo tiempo gloria y fracaso; no hay fracaso sin gloria ni gloria verdadera que no lleve o arrastre consigo un cierto fracaso ¿de qué?, de este ser esencial que es el hombre, ese mediador.

De ningún animal se puede decir que esté fracasado, de ninguna flor, de ninguna piedra, de este planeta tal vez, pero si de este planeta se pudiera decir que está fracasado, sería a costa de la gloria que el hombre ha ido depositando con su palabra en él y sobre él; un planeta, pues, elegido por la palabra del hombre, el hombre que da su palabra, la expresa, la da planetariamente quizás a los cielos, quienes algún día la recojan. Tal vez allá entre las constelaciones haya algún astro que recoja la verdadera palabra del hombre, esa palabra “perdida” se dice, esa palabra que se escapa, esa que se disipa, esa que no llega a formularse porque lo humano no está acabado, está empezando.

(…) Es la transparencia lo que persigue el ser humano con su palabra y con su vida; podríamos decir que el hombre es el ser que tiene la vocación de la transparencia, aunque no la logre. Es más, al no lograrla, al convertirla en caricatura, entonces aparece más claro porqué ha faltado a algo esencial a la naturaleza humana, sea creada o sea originaria; por eso buscamosla experiencia originaria en lo más hondo, en lo más alto, en todas partes, a ver si la encontramos.

Transparencia que puede ser también nombrada como manifestación y en grado más puro y más alto, revelación. El hombre revela, revela algo hermoso, divino, que no es suyo tal vez, pero él lo revela y lo ofrece, lo da. Mas lo que resulta imposible en principio es revelarse a sí mismo; es decir, hacer eso que se llama una autobiografía, porque habría que hacerla en la forma más pura y transparente; es decir, incluyendo los momentos y las épocas enteras de oscuridad, en que uno no está presente a sí mismo.

El hombre no se está presente a sí mismo y necesita estarlo, necesita no sólo revelar sino revelarse; parece como si no se pudiera ir tranquilo a esos otros mundos que le esperan y desde los cuales esllamado sin haberse dado a sí mismo esta última dimensión. Pero resulta que la vida se adelanta; que cómo revelarse sino viviendo. Me siento incapaz de revelar mi propia vida; querría, por el contrario, que alguien me la revelara, ser Miguel de Cervantes, el que reveló a Sancho su verdadero ser. (…)

Me voy a arriesgar para contar, para simplemente contar lo que quise ser. Primeramente quise ser una caja de música. Sin duda alguna me la habían regalado y me pareció maravilloso que con sólo levantar la tapa se oyese la música; pero, sin preguntarle a nadie, yo ya me di cuenta que yo no podía ser una caja de música, porque esa música, por mucho que a mí me gustara no era mi música; que yo tendría que ser una caja de música inédita (…)

Después supe de unos caballeros templarios (…)y yo era mujer; y entonces pregunté, no sé si a mi madre o a mi padre, si había que ser siempre lo que ya se era, si siendo yo una niña no podrías ser nunca un caballero, por ser mujer. Y eso se me quedó en el alma flotando, porque yo quería ser un caballero y quería no dejar de ser mujer, eso no; yo no quería rechazar, yo quería encontrar, no quería renegar y menos aún de mi condición femenina, porque era la que se me había dado y yo la aceptaba, pero quería hacerla compatible con un caballero y precisamente templario.(…)

Quise ser centinela, porque cerca de mi casa en Madrid se oía llamarse y responderse a los centinelas: “Centinela, alerta”, “Alerta está”. Y así yo non quería dormir porque quería ser un centinela de la noche, y creo sea el origen del insomnio perpetuo ser centinela. Pero claro está que de hecho no lo podía ser, y entonces volvía a preguntar a mi padre, creo, si las mujeres podían ser soldados solamente para ser centinela. Y mi padre que no, me dijo que no podía ser.

Y así, cuando me di cuenta que no podía ser de hecho nada, encontré el pensamiento, encontré lo que yo llamaba, lo que sigo llamando “la filosofía”. Pero tampoco eso yo podía. (…) Entonces, no tengo más remedio que aceptar que mi verdadera condición, es decir, vocación, ha sido la de ser, no la de ser algo, sino la de pensar, la de ver, la de mirar, la de tener la paciencia sin límites que aún me dura para vivir pensando, sabiendo que no puedo hacer otra cosa.

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