amunt i somia

“Lo mejor que he escrito hasta ahora se basa en la capacidad de poder morir contento” (Diario, Kafka).

Una tarde de domingo una frase se apodera de mí,
en el vaivén del tumulto vital
un fruto de invierno en la búsqueda de paz
arremete como el trueno en el tumor del remordimiento.

¿cuál es mi mejor deseo ahora que perezco?,
¿a qué aspiro ahora que todos me rodeáis?,
¿ahora que todos me tenéis en mente?,
¿vivir el momento de vivirlo como toca, con dignidad?,
¿O siendo un ser,
capaz de acercarme al umbral, contento?

Vira hacia el resplandor,
el ser se hace lumbre en lo lúgubre
en desvarío desde el drama más extremo.
Un acercarse próximo, a un no-acercarse nunca jamás,
pero acercándose sin la quema, con la pausa de mi palabra,
sabiéndose cerca de un claro de crepúsculo,
viviendo en la esquina de la mayor eternidad,
como devoto de la medianoche final.

Adentrarse en lo profundo
recogiendo los pasajes de entre los destellos
maletas entreabiertas en un solo equipaje,
en el anhelo de una memoria desprendida.

Acerco mis mejores trazos del regazo visual,
visto las galas que ofrezco para el recuerdo,
oigo los rumores que mejor me habitan,
araño aquello que siempre me ha prendido,
como la hiedra que no se despega de mi corteza.
Disipo todos los aires que quise olvidar
remendando aquello que hubiera querido decir en otro ayer.
Amo de pronto, todos los amores que siempre amé
devoto de los que sin aspavientos recordé
cada una de las vidas sentidas en cada instante
y que múltiples confusiones apagaron el mayor sentido:
aquello que amar, amé… y quise para siempre amar,
el mayor rincón de paz en vida,
aquello único en el ser que se ofreció para la eternidad
que al crecer siempre se tornó hacia su mismo centro: amor.

El ser que contento me fijó en un camino
Del que no me descolgué
Como la hiedra que se despliega creciendo enhebrándose,
sin que la muerte la arranque de su sed.

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