¿Por qué Gloria no me llama? Ya ha llegado a casa, lo sé, estoy completamente seguro. Sé que ya está aquí nuevamente en Barcelona, tengo esa certeza. Siento y percibo su presencia. Incluso la veo, a través del filtro de mi mente volátil, bajar de su Volkswagen Polo de color rojo, coger su maleta y dirigirse hacia el portal del edificio donde vive con sus padres. El tren procedente de Madrid llegó hace horas a la estación de destino, Barcelona Sants. Lo he comprobado, pues he llamado a la compañía para cercionarme. Sabe que estoy esperando su llamada. ¿No es consciente de que me está haciendo sufrir lo indecible? Mi corazón late más deprisa de lo habitual. Estoy sufriendo de ansiedad a causa de la incerteza y las tremendas dudas que siento por el incomprensible comportamiento de Gloria. Esto no puede estar pasándome a mí, me digo. Me siento destrozado, aún incrédulo y sorprendido por el cariz que están tomando los acontecimientos. En estos momentos diría que soy el ser más infeliz, hundido, del mundo. Me dijo que me llamaría a las 5 de la tarde, mi reloj Swatch marca las 7 y media. Siento en mi interior que ha sucedido algo. Un dolor punzante se clava en mi pecho. ¿Se habrá olvidado de mí? ¿A conocido a otro en la boda? ¡Seguro! ¡Qué estúpido que he sido! ¡Creerme todo lo que me dijo el pasado viernes! Trato de calmarme, no quiero perder los nervios ni mi autocontrol. Estoy en mi puesto de trabajo. Desempeño funciones como responsable, encargado, de una pequeña sucursal satélite de una famosa academia de idiomas. Me siento orgulloso de mi labor, de mi cargo, en el engranaje en la empresa. Pero no por ello, aunque estoy trabajando, puedo dejar de pensar en Gloria. Mis responsabilidades no son suficientes para impedírmelo. Todo este tiempo sin verla he estado soñando con ella, tanto durmiendo como despierto, con los ojos abiertos o entornados, siempre he logrado sentirla cerca de mí, próxima, solícita a mi llamada, a mis ruegos y a mis impertinentes preguntas. En todos los rincones la busco, la necesito. Aún ahora me parecía poder verla delante, poder tocarla. Ahí aparecía su elegante figura. En aquella pared aparecían de la nada sus oscuros y frondosos cabellos tirabuzaneados, moviéndose por un inexistente viento marino. Descuelgo el teléfono. Lo vuelvo a colgar. ¿La llamo? No puedo más, la he notado tanto a faltar estos tres días que creía me iba a volver completamente loco. Estoy desquiciado. Todas estas noches he tenido recurrentes pesadillas advenedizas. Mi intuición me advierte que algo negativo ha sucedido. Y no es la primera vez, la vez anterior que me sucedió con otra chica acerté de pleno. En esta ocasión parece que todo indica que volveré a dar en la diana. Pero no quiero perder la esperanza, me niego a rendirme, me siento completamente enamorado e ilusionado por la idea de poder compartir momentos únicos con Gloria. Con todo, me parece transparente que no ha cumplido nada de lo me dijo antes de partir, aunque, por supuesto, no se lo tengo encuenta. Cada uno es libre. Nada nos ata. Entre nosotros en realidad no hay completamente nada. Una promesa, un quizás, un intento de beso que se quedó en eso, un proyecto, una quimera. Todavía, pienso, todo es posible, dejando así una puerta abierta. No somos nada, sólo un proyecto de pareja… ¿Qué? Sí, claro, por supuesto, desde luego, de nada serviran mis lamentos. Sucederá lo que tenga que suceder. La realidad es la que es, los hechos están ahí delante de mí y son obvios, objetivos. Gloria pasa de mí, mi mente, mi corazón y mi memoria no me engañan. Prometió que me llamaría pero se ha olvidado completamente de mí. Desde luego que lo entiendo, es normal, con la de gente que se ha encontrado de nuevo. Su família, amigos… No soy ni celoso ni tampoco un obsesivo, simplemente me siento decepcionado. Nunca me he sentido el centro del universo, ni tampoco quiero que todo gire entormo a mí, a mi egocentrismo, a mis necesidades. Pero es que tengo tantas ganas de sentir su dulce voz, me muero por verla, por tenerla delante de mí, quiero poder volver a flotar cogido de su mano. Desde hace días que tengo preparado en mi imaginación nuestro reencuentro. Saldré corriendo en cuanto finalice mi horario laboral. Nuestro cita tendrá lugar al lado de su casa. Sueño con aquella secuencia tan típica y tan desgastada por el abuso de su utilización. En ella, Gloria, mi enamorada, se dirige saltando hacia mí, y yo de igual manera voy hacia ella, y los dos acabamos por fín dichosos, con los semblantes desencajados de una inmensa felicidad, en los brazos abiertos del otro, para ofrecernos por fin el tan esperado beso. Quiero que la nuestra sea una velada apasionada, romántica, tierna. Quiero perderme en ella, en su cintura, en sus manos, en la mirada profunda, hipnótica, procedente de sus enormes ojos. ¿Podré por fin probar y saborear el sabor de sus carnosos labios lascivos? Me pregunto. Por el momento, mientras Gloria no trate de contactar conmigo, mi dudosa pregunta seguirá esperando respuesta. Estoy fuera de mí sólo de pensar que de aquí a pocas horas podré estrecharla entre mis brazos.

Desde que se marchó Gloria cada vez que oigo en la radio la última canción de Alejandro Sanz me pongo fatal, me hundo en la más absoluta de las miserias. La letra de la canción explica el sufrimiento extremo de un chico perdidamente enamorado de su pareja, el cual se siente tremendamente melancólico, apesumbrado, porque su amada no está en ese momento con él. La canción muestra una conversación entre el enamorado melancólico y su amada, la cual le llama desde un país lejano. Él aprovecha la ocasión para explicarle el tiempo que hace, el día gris a causa de la estival lluvia que cae en Madrid, le dice cuanto la echa de menos. De todas formas él se alegra al saber que ella está disfrutando, aunque a la vez se lamenta por la distancia que les separa. Por ello le dice a su dulce amada que todos los días se los pasa imaginando el encuentro imaginario de ambos, y sobre todo el espectacular beso que le propinará al verla (exactamente le dice que la besará como antes nadie la besó). Entonces le suplica lánguidamente, patéticamente, y haciendo uso de una rastrera estrategia de chantaje emocional, diciéndole “¿no te irás a enamorar allí? Lo prometiste”. Pongámonos en situación. Ella le está llamando desde una cabina telefónica. Él entonces escucha la voz de alguién, que espera a ella, que le indica que por favor que no tarde… Él, el amante herido, le dice a su amada que ha escuchado a esa voz intrusiva, que pone de alguna forma final forzado a la conversación. Él le pide por favor a su amada que, a pesar de todo, de las dificultades, de su separación, se cuide, y le pide que se lo prometa.

¡Uf! Cuando suena esta canción todos los pelos se me ponen de punta, pues el mensaje está totalmente en sintonía con mis sentimientos, con la situación y sentimientos surgidos que he estado viviendo estos tres días. Me siento tan identificado con la letra de la canción, la cual percibo como si estuviese escrita para mí, exceptuando que en vez de vivir en Madrid mi drama cotidiano sucede en otra ciudad, Barcelona. Una infinita tristeza destructiva se apodera completamente de mí, para no abandonarme. Vivo en un melodrama. Así me siento. Lloro sin llorar, mis lágrimas adquieren la forma de rocas durísimas que me golpean tremedamente por dentro, que se mueren por salir pero que se quedan atrapadas, congeladas, constreñidas. Me niego a dejarme derrotar. Aguantaré heroicamente lo que deba soportar, no me doblegaré por alguién que no me demuestre que merece mi amor. Amargas lágrimas quedan estancadas, pudriéndose en el umbral de mis párpados y de mis marcadas ojeras. Un nudo intenso y perpétuo me retuerce el cuello, ahogándome, asfixiándome. Me parece que en vez de una traquea tenga en la garganta una gruesa y fría espada, la cual se me clava y me hiere por dentro de una manera cruel, fría, inhumana. Quiero centrarme en pensamientos positivos. Cuando salga de la oficina iré a comprarle a mi amada un precioso ramo de flores, tan bello que competirá con sus profundos y enormes ojos oscuros, con sus rizos azabaches, con su preciosa sonrisa enmarcada en esos labios que todavía me ha prohibido mordérselos. Sueño con las promesas eróticas-sexuales que me hizo durante el último intenso e inolvidable encuentro. Tengo ganas de estar con ella abrazado, sintiendo su calor, su presencia. ¡la echo tantísimo de menos! ¿Cómo es posible que una chica me haya echo perder la cabeza en cuestión de pocos días? ¡Cómo se rió burlona al verme quedar blanco, sin poder decir ni balbucear palabra alguna! Sentí que me iba a comer, que iba a ser devorado sexualmente por una mantis religiosa, así me hizo sentir. Me apretó enérgicamente la mano izquierda mientras a su vez compartía conmigo sus deseos erótico-sexuales. Íbamos cogidos de la mano. Mi mano estaba ligeramente húmeda, pero de alguna manera iba flotando de felicidad. Hacía tiempo que no era tan feliz. La vida me parecía de color de rosa. Veía y vivía todo con una intensidad nunca antes experimentada. Así fue como, de repente, mientras paseábamos que tuvo como un impulso, empezó a apretarme la mano al mismo tiempo que me disparó de sopetón un deseo: me haría una mamada, estas fueron sus palabras, es decir, una felación, cómo antes nadie me había hecho. No me lo podía creer. No pude pronunciar palabra alguna. El silencio se apoderó de mí. Me quedé confuso sin saber qué decir. Sentí miedo de ella, hacia ella, de sus intenciones. Me quedé sin respiración. No me esperaba para nada que me dijese algo así. Me sentí un juguete, un objeto. Un pene andante gigante. Por un momento me vi en una escena íntima con ella. Me quedé helado, sin aliento. Excitado, pero al mismo tiempo turbado, sin acabar de creer del todo sus palabras. Me parecía que estaba en un sueño, o quizás era una pesadilla, era todo tan confuso. Tenía la sensación que aquel paseo no era real, pero sí, estaba sucediendo, íbamos caminando bajo el calor de julio en plena tarde. Estábamos paseando por el barrio gótico, por encima de la Catedral. En ese momento, cuando me sentí un consolador andante, subiamos en dirección a la Plaza Catalunya, subiendo por el Portal del Ángel, dejando a nuestras espaldas el Real Círculo Artístico, con su fuente, y sus turistas refrescándose y descansando y tomando un ligero respiro a sus pies. Y ahí, entre el bullicio de la gente me soltó de su deseo sexual. Así, de repente, sin previo aviso, sin comérmelo ni bebérmelo me informó de sus intenciones, no inmediatas, pero parecían a corto terminio. Tenía la sensación, con todo, de que no hablaba en serio. No acabé de creerme sus palabras. Nunca lo sabré. Nada de lo que prometió se cumplió. Además soy de los que considero que el sexo es para practicarlo, para disfrutarlo, para saborearlo apasionadamente y tiernamente, no para narrarlo, para prometer ciertas intenciones. Tenía la sensación que de alguna manera estaba banalizando nuestro hipotético encuentro sexual, embruteciéndolo, vulgarizándolo. Hay cosas que no pueden anticiparse de manera verbal, y menos prometer, crear falsas expectativas. De alguna manera hay que cuidar la magia del misterio, de la sutileza, de la seducción, del juego… Antes de despedirnos esa misma tarde, que fue el último que la ví, sentí que jugueteó descaradamente conmigo.

Antes de volver a la oficina, la acompañé hasta las taquillas del metro de Paseo de Gracia. Tenía que conectar con la línea amarilla, la 4. Aproximó su cara a la mía abrazándome. Yo estaba fundido, como si fuese una barra de mantequilla en medio del Sahara a más de 50 grados de temperatura. Se abalanzó sobre mí, y casi puedo jurar que me escurrí entre sus brazos, deslizándome lentamente por su fino vestido de algodón de estilo oriental, teñido con tintes naturales. Su dulce perfume me embriagó y me hizo desmayar. El alma me cayó a los pies. Me tenía totalmente a su merced y ella lo sabía. Nos quedamos mirándonos, las dos miradas de ambos ardientes, deseosas a saber de qué placeres prohibidos. Lentamente se relantizó y se desaceleró el tiempo, esos minutos para mí duraron una eternidad, una eternidad de la cual no quería que se acabase nunca. Yo al final, dada la tensión emocional que me estaba provocando en mi interior, sentí que tenía unas ganas casi irreprimibles de besarla.. ella notó mis intenciones, mis salvajes deseos, parecía que también ella quería, o así me lo pareció, pero me respondió toda melosa que aquel no era el momento. Ella llevaba en la mano el vestido que se había comprado para la boda. Ésta tendría lugar el domingo en Ávila. Después del intenso abrazo, y del fallido intento de despedida apasionada, marcó su billete, hizo girar la rueda metálica. Pasó al otro lado. Se giró, nos miramos nuevamente y me dijo adiós. Fue la última vez que la vería. Después de todo lo sucedido ese viernes, los recuerdos no dejan de torturarme. Debí besarla. No, no podía forzar, no me gusta imponer. No hay nada más bello que dos seres se sientan atraídos al mismo tiempo. ¿Me equivoqué al callarme cuando me informó sus deseos? Seguramente no esperaba la reacción que tuve, o sí…

No puedo más con tanta incertidumbre. Decido tragarme mi orgullo y llamarla. Descuelga el teléfono su madre. Pregunto tembloroso por ella. Me dice que ahora se pone. Al cabo de unos segundos oígo su voz. Mi voz se me quiebra, estoy totalmente desgarrado por dentro y temblando de emoción, de estupor y de pavor por fuera.

Anuncios