Escrita el miércoles 21 de Enero de 2004 por la tarde, solo en la UCI de San Jorge de Huesca

Ojos vidriosos, que miran del revés;

labios entreabiertos, que hablan en silencio;

pulmones como fuelles viejos cansados de alentar.

 

Maniatado como un reo,

amordazado, sondado, sedado,

atado como un Cristo…

 

Pero aún eres capaz de sonreír, de encogerte de hombros.

 

Levantas las cejas y los ojos,

los clavas en el techo.

 

Señalas con los dedos que quieres marchar.

 

Escribes con letras vacilantes muchas emes: “Muchas, muerte, mamá…”. ¿Quién sabe lo que quieres decir?. No te preocupes, papá, cuidaremos de ella.

 

Os quiero mucho, soy tu, vuestro padre, mmm”, parece que nos dices. Te respondemos: “Te queremos, tranquilo, has sido un buen padre…”

 

Nos aprietas las manos, parece que quieres agarrarte a ellas, echar un ancla en este puerto, pero la corriente te lleva mar adentro, mar adentro…

 

No sé si puedo aguantar tu mirada dulce, pero puedo acariciar tu calva, darte besos en los párpados, reconocer entre tanto tubo y tanta máquina tu sonrisa con sorna.

 

Tu pecho, clavado de muchos electrodos, herido de muerte, aún late y se mueve. Parece una máquina más. Conectada a las otras, componiendo con las otras una horrible cacofonía de “beeps” .

 

La pantalla marca oleadas curvas. Es tu corazón ya viejo. Ese corazón tan grande que nos dicen los médicos. Cuando te decimos que te queremos, salta la onda. A veces se hace llana, plana; otras se desboca. He aquí el hombre, reducido a sus “constantes vitales”, números, gráficas…

 

Y, sin embargo, siento que algo fluye entre nosotros. Algo que, como no se encierra en números, pervivirá para siempre…

 

Porque siempre has sido un padre tierno que – casi maternalmente – nos acogías, a mi hermana y a mí, de pequeños, en la cama para jugar. En Semana Santa nos enseñabas tus hombros ensangrentados de llevar el Cristo del Perdón. Pero, sobre todo, jugabas con nosotros: a montañas, al “Veo-veo”. ¡Nunca he sentido la calidez de la cama como entonces! Tu costado, peludo y caliente, el mismo que ahora beso yerto y frío, era casi uno con mi costado de niño.

 

¡Aún oigo tus silbidos al llegar de la oficina a mediodía, subiendo las escaleras! Era el mismo cuando nos llamabas los días de fiesta para ir a jugar a la cama.

 

Me gustaría ahora oír ese mismo silbido: en mi trabajo, entre los vientos de la montaña cuando voy de excursión… Me giraré, te sentiré a mi lado, como una presencia acogedora, calurosa, protectora.

 

Cuando mire la constelación de Orión, mi protectora, te veré en la hebilla del cinturón del guerrero.

 

Guardaré siempre estos besos robados a la máquina. ¡Cómo reconforta saber que eres hijo de un amor tan fuerte; ver a tus padres dándose besos en la boca después de más de 60 años juntos!

 

Quizá en algún momento haya sentido ganas de recriminarte algunas cosas: que no hayas sido más decidido, con más iniciativa… ¡Pelillos a la mar! No te escribiré ni mucho menos la carta que Kafka escribió a su padre.

 

Me envuelve tu presencia. Hoy me he puesto tu abrigo; otras veces tus camisas. Tengo tu mismo nombre. Me he afeitado con tu espuma. Y – ya sabes – desde hace años llevo una venerable calva hermana de la tuya. Casi todos nos dicen que cada vez nos parecemos más… Es, por tanto, algo más que amor, es reconocerme en muchas de tus cosas, en reconocerte en muchas de las mías. Sin duda somos diferentes, pero unidos por un vínculo que va más allá de la vida… Enfundado en tu abrigo y – aunque el hábito no hace al monje – intentaré ser como tú.

 

Se pone el día. El último de tu vida: nos han dicho que es cuestión de horas. Y me duele la indiferencia de todo. Siento rabia. Querría gritar a las montañas, al aire, a la gente que pasa a mi lado como si no pasara nada, como si todo siguiera igual, como si algo esencial no se estuviera rompiendo para siempre. Querría pararles y zarandearles, diciéndoles: “¡Cómo podéis estar tranquilos, cómo es que estáis tan ajenos a lo que está pasando!”. Siento cómo la vida, todo sigue y sigue sin prestar atención al reguero de muerte que va dejando detrás.

 

El viento, sin embargo, se va calmando, el horizonte azulado de Monflorite y Alcubierre sigue ahí, diáfano. Aquel diorama de Gratal y Guara que servirá para acompañarte hasta el final. Esta Hoya que te acogió desde pequeño, cuando bajaste de la montaña y que ahora acogerá tu cuerpo. Las montañas a las que subiste, marcándome el camino. La llanada donde jugabas a hacer cañones cuando eras chico. El Guatizalema donde nos bañábamos. El Salto de Roldán, que ahora se abre para dejarte paso. Los Mallos como mojones del camino del Norte por el que bajaste desde Hecho. Loarre como mirador. Y, detrás, Arguis, donde dejaste nuestros años mejores, en aquella casa, mirando al Pico del Águila, al que subíamos para comer de fiambrera. Todo ello me recuerda a ti. Me gustaría esconderme en las cuevas de Guara, al lado de San Cosme y San Damián, como hacía de pequeño.

 

Querría heredar tu ironía y tu fantasía. Me acuerdo, cuando íbamos de excursión de pequeños, de cómo nos hacías bajar la cabeza cuando pasábamos por cada túnel “para no tocar el techo”, nos decías.

 

Cómo nos hacías disfrutar con juegos y adivinanzas, con mil cachivaches que inventabas. Cómo hacías prodigios de marquetería, cómo tapabas con pintura cualquier rincón de planchas, cajas (¡ siempre has sido un “cajicas” !), con un “horror vacui”  genial…

 

Y como cuentista, ¡qué buen maestro hubieras sido! Sentado en lo alto de una escalera, como un gurú benévolo, inventabas para nosotros y nuestros amigos mil y una versiones del Simbad o del capitán Nemo o de Philleas Fogg. Embelesados, no queríamos nunca que el relato acabara. Estábamos en casa, en la cocina, donde todo pasaba. Pero mentalmente estábamos a muchas millas de allí: entre los deltas de Mesopotamia, entre los faustos de los majárajas, o en los mares del Sur. ¡ Papá cuentista, papá viajero, papá mago de la palabra, encandilador de serpientes, muftí, brahmán… llévame con tus fuertes manos de pelotari lejos de este mundo mezquino y limitado!

 

De este caudal de fantasía que se fue acabando, quedó como una fuente, un pequeño caño que aún fluye.

 

Porque hay algo en los Compairé que, aunque algo reprimido por la familia y el peso de las convenciones, lleva el germen de un impulso rompedor, quizá algo anarquista (por influencia de nuestros parientes los Sender), artista, creativo. ¡Ojalá pudiera yo continuar esta línea y no la otra, la de la resignación algo bovina!

 

Mi hija, Alba, se reconoce en mí, en esta línea. La que muestra una presencia paterna con el vínculo de la palabra, del contacto, de la ternura… ¡Ojalá pudiera yo en la enseñanza continuar este vínculo de la palabra! ¡Qué lejos estoy aún de ese poder de seducción que tú tenías! ¡Qué pena que las circunstancias te obligaran a cambiar de dedicación y dejar el magisterio!

 

En la oficina seguiste ayudando, haciendo amigos. Nunca quisiste destacar. Evangélico hasta el final, aunque mamá a veces te lo recriminaba. Todos los que, siendo nobles, te conocieron, acabaron queriéndote. Tu oficina fue una prolongación de tu familia, allá donde hiciste mejores amigos. Mucho más íntimos a veces que los propios familiares, que todo hay que decirlo. Aquellos que – como Vicente – te han seguido fieles hasta el final.

 

Luego están los viajes. Los que hicisteis los dos – mamá y tú, siempre inseparables – ¡Con cuánta ilusión, y con cuántas ganas los explicabais después! El reloj de cuco del comedor, un gallo portugués o francés, una jarra de cerveza alemana, fotos y postales son recuerdos de que en otros momentos hubo otros mundos y que con curiosidad los quisisteis descubrir.

 

En este momento os veo a los dos – mamá y tú – siempre cogidos del brazo. La espalda cada vez más encorvada, con algún bastón añadido – que la edad no perdona – pero esencialmente siempre iguales, como dos recortables inseparables, en cartón negro, sobre un diorama de luz, perdiéndoos por el horizonte…

 

Papá, has hecho bien tu papel. También el de esposo, el de compañero. Acompañar, estar allí, éste era tu papel. Abrir caminos, sin empujar, sin querer dar tú el primer paso, dejando que los demás – mamá la primera – tomaran las decisiones de ir adelante. En ti había algo de “femenino”, de “pasivo”. No me malinterpretes: no quería decir que no fueras un hombre. No. Quiero decir que adoptabas a menudo aquella actitud de algunos hombres de “dejarse llevar” por la mamá, por la mujer, como San Juan de la Cruz.

 

Mamá y tú habéis vivido tranquilos, ayudándoos y complementándoos. Al final de la vida, ella cojeando y apoyándose en tu brazo y tú ya con dolor de cadera apoyándote en ella.

 

Ahora ella tendrá que aprender a aguantarse sola, sin su media parte. Claro que estamos nosotros y que la ayudaremos y apoyaremos. Pero ya nada será como antes. Con tu muerte algo se romperá, como un desuello, como un jironzazo doloroso que nos deja en carne viva.

 

Van pasando las enfermeras. Cada una que pasa se me vuelca el corazón. Van pasando las horas, han aparecido y desaparecido los familiares que entraban a visitar la UCI, como hacíamos nosotros estos días, cuando tú aún estabas  consciente. Gritan, y sus gritos me suenan chirriantes, resuenan en mi cabeza, que quiere silencio en estos momentos como si resonaran en una caverna, como un eco como un “bajo continuo” para mis pensamientos. Como si todo esto no me estuviera pasando realmente, como si estuviera dentro del sueño; no del mío, el sueño de otro. Me parece imposible que ahora aparezca alguien que nos anuncie que todo ha acabado. No puede ser.

 

¡Estos días habían sido de tanta intimidad! Nos habíamos cogido las manos, habíamos sentido la complicidad de estar juntos, casi otra vez como una familia completa. Te había dicho cosas que hasta ahora no te había dicho. Por no tener ocasión o por vergüenza, quizá.  Una intimidad de besos, de caricias que hacía tiempo no había sentido contigo. No hubiera podido quedarme tranquilo sin decirte al oído lo que te quería, sin haberte acariciado la calva, besado en los hombros,…  Me hacía falta esta intimidad, este cuerpo a cuerpo con el padre. Es similar, pero diferente al que tengo en el grupo de hombres. O el grupo de la Gestalt. Eso es demasiado reciente. Pero contigo, ¡son tantos años de estar contigo!

 

¡Qué larga la tarde, qué larga la espera, cómo se hace largo esperar, qué lenta – aunque se precipite – viene la muerte cuando se la desea y qué rápida cuando no! De tanto esperar, se me vacía el estómago, se me nubla la cabeza y ahora mismo ¡hasta se me debilita la mano con la que te escribo!

 

He ido varias veces a mirar cómo estabas. Sigues sedado, agonizante. Me he acercado a ti, con el corazón encogido y te he susurrado al oído “Adiós, papá. Te quiero”, llorando como no me he atrevido a hacer delante de mamá estos días. No sé si en algún rincón de tu conciencia te habrá llegado este último mensaje, como el de una botella de un náufrago lanzada al mar a ver si alguien la recoge. Como dicen que el oído es el último sentido que se pierde… Las enfermeras me decían: “si quiere, puede estar con él”, conscientes de que eran los últimos momentos. Pero no me he atrevido, era superior a mí. No podía. Sólo un momento, de vez en cuando: “Adiós, papá. Te quiero”, Y vuelta a mi rincón a seguir escribiendo, y luego a pasear hasta la sala de espera de la planta, con una vista magnífica sobre Monflorite, de donde despegan los aviones de vuelo sin motor, como aves humanas.

 

Estos días hemos hablado contigo, te hemos besado y requetebesado. Pero nunca es suficiente. ¡Pero te queremos tanto! Tú intentabas decirnos algo. Garabateabas palabras indescifrables en un papel. Como experto en caligrafías difíciles, he intentado descifrar lo que nos decías. Mamá ha interpretado que nos hablabas de la muerte, de tu aceptación, de tu paz a pesar de tus sufrimientos – morales sobre todo -. Me hubiera gustado tener la habilidad de los sordos para leer los labios… Pero ¡qué desesperación, qué impotencia no poder entenderte! ¡Maldita enfermedad, maldita vejez, maldita medicina!

 

¿Ves? Esta rabia me viene directamente de mamá, con su empuje, que se apoyan en su espíritu de protesta. ¡Si pudiera hacer como decía Miguel Hernández, que se rebelaba contra la muerte!

 

Quédate tranquilo, reposa. Lo tienes merecido. Y eso que has vivido trabajando – sí – pero contemplado y cuidado como pocos. Has tenido suerte en encontrar a mamá. Si hubieras muerto antes que ella, te habrías acomodado, claro, pero te habría costado mucho sin mamá. Ella ha sido tu corazón, tus manos, a veces tu voluntad, tu apoyo, tu todo. Has pasado de una madre a otra como quien pasa de una mano a otra. Me hubiera gustado verte por un agujero cuando estabas solo y soltero en Girona, ver cómo te las arreglabas por ti mismo.

 

Te me mueres sin explicar del todo la historia de Ramón Sender, sin que sepa a ciencia cierta qué hiciste en la guerra. Me imagino, si es verdad lo que dicen, que en el momento de morir uno repasa, como en una moviola toda su vida, que habrá hecho lo propio. Si no eres – como buen Compairé – escrupuloso, seguro que la mayoría de los recuerdos son buenos recuerdos. Así lo espero. ¡Descansa tranquilo!

 

Me extraño de mí mismo escribiendo en castellano. Pero hablando contigo ¿qué otra lengua podría utilizar? Me he descubierto estos días leyendo a Valle Inclán con mi hija y, a solas, a Miguel Hernández y a San Juan de la Cruz o Quevedo.  Es cierto que nunca me han dejado, pero ahora el castellano viejo me suena más cálido, más familiar que el catalán. Me he traído a Ausiàs March, a Roís de Corella, a Salvador Espriu, pero no me apetece leerlos. Quizá más adelante. Para sentirme cerca de ti necesito el román paladino, como lengua “paterna” más que materna. Y eso que no me cabían los libros, que hubiera querido traer a Valente, Borges, Hierro, incluso recuperar a Panero…

 

Bajo a la cafetería, a tomarme un bocadillo (no he comido nada desde el desayuno). Enfrascado escribiendo, he perdido casi el contacto con el mundo: no sé si hace frío o calor… Y nada más llegar a la cafetería, me ha venido a la cara una bufada de música facilota, obligatoriamente alegre. Necesito el silencio para estar conmigo, contigo dentro de mí, necesito calma, tocar y sentirme próximo, palpar, pero callado, sin hablar y sin que nadie me hable. Por eso he querido venirme aquí a hacer vela y no quedarme en casa.

Admiro la naturalidad con la que otras familias viven la muerte. Son capaces de hablar y hablar para distraerse; alguno hasta silba o bromea. Yo también lo hago. Una “troupe”  de gitanos o de gitanas se sienta, comparte un paquete de “chuches” y se pone a leer revistas o a pedírnoslas a nosotros, que casi ni contestamos. ¡Qué diferente se ve, seguro, la muerte para ellos. ¡Estas familias tan numerosas, de 10 o más, cómo se apoyan, qué sentido de comunidad tienen! En cambio, nosotros somos pocos (los 3, 4 cuando venga Colás) y nuestras maneras de ser y de hacer son diferentes: más hacia adentro, más contenidas… Otras familias payas también  se han establecido como campamento aquí, a pasar la noche en vela si es preciso. También ellos convierten la sala de espera en una tertulia. Todos nos acabamos enterando de las intimidades. ¡Qué diferentes de nosotros! En nuestra casa han entrado pocas personas de vez: raramente  más de 2 ó 3; nunca ha habido grandes recepciones o fiestas. En unas Navidades lo máximo que hemos llegado a ser son 7; normalmente 4 ó 5.

Has tenido sólo 2 hijos, un yerno y 1 nieta. La nuestra es una familia corta, acostumbrada a vivir mucho hacia adentro. Me acuerdo que a veces te descubría leyendo mis diarios, como queriendo descubrir (¡cotilla!) mis secretos que no lo eran demasiado.

Cuando estábamos en Arguis, siempre venía gente  a vernos y nosotros íbamos poco a casa de los demás. Hubo un tiempo de las maravillas, en el que el salón de casa se abría para recibir gente que te pedía ayuda para sus gestiones en el INP. ¡Cuántos favores hechos! Y cuántos pollos, fruta, etc… que han caído en nuestras manos! No te he conocido ningún enemigo y sí muchos amigos: éste es el mejor balance que se puede hacer. Generoso, ayudador, amigo de los amigos, estás acabando la vida como la viviste.

Recuerdo una Huesca en la que nevaba mucho más que ahora. Cuando era pequeño, esperaba con deleite aquellos días en los que el cielo se vuelve gris plata, el aire se detiene un momento tomando un respiro y, de golpe, copo a copo, empieza a nevar. Detrás del cuarto de mi hermana veía la cortina de nieve que lentamente cubría las calles.

La galería de nuestra casa, en la calle Fatás, era (y es todavía, aunque yo ya no viva allí) ancha, hecha de tejas dispuestas como una construcción. Me acostumbré desde pequeño a ver el mundo desde los agujeros abiertos entre las tejas mantenidas en equilibrio. Me acuerdo que, de vez en cuanto (¡bendito momento!) se oía la música de un organillo de gitanos. ¡Cómo me gustaba! Corría hacia mi madre para pedirle una moneda que poder tirar entre los agujeros entre las tejas. Cuando la conseguía, volvía rápidamente a la galería, la dejaba deslizar afuera y estiraba la oreja para ver si se oía el sonido metálico de su choque contra el suelo. Alguna vez hasta me escapaba de casa, bajaba las escaleras y salía a la calle corriendo detrás de los churumbeles que extendían sus manos nerviosos esperando una moneda de dos reales. Mientras su padre daba vueltas al manubrio, la madre sostenía a uno de ellos agarrado a su pecho y haciendo sonar su bolsa sobre el mandilón. El pasodoble irá para siempre asociado a esa imagen, mucho antes de bailarlo en las fiestas de pueblo zarandeando los brazos de las mujeres con paso algo castrense.

Pero aquel día, aquella mañana no había gitanos, no había música. Desde detrás de la ventana del cuarto de mi hermana, adornado por visillos de vaho, se veía la baranda de la galería, cubierta de nieve. A mis ojos de niño, era como un suculento brazo de gitano cubierto de nata. El color rojo de las tejas y el blanco de la nieve en combinación perfecta. Nada más verlo, la boca se me hacía literalmente agua.

Entonces aparecías tu, papá. A mí en ese momento me parecías más alto y fuerte que nunca, con tus grandes manos encallecidas de jugar a pelota. Nos hacías apartar a mi hermana y a mí para que no nos resfriáramos. Entonces abrías la puerta y, mientras con una mano limpiabas la superficie de mosquitos y polvo, con la otra cogías un puñado de nieve blanquísima y la ponías sobre un plato. Luego volvías a hacer lo mismo con otro plato.

Los dos, mi hermana y yo, en ese momento estábamos anhelantes. Ibas a la cocina y espolvoreabas un poco de canela sobre la nieve, dándonos una cucharilla a cada uno. Puedo asegurarte que, en aquel momento, no había manjar más delicioso que se le pudiera comparar. Era una especie de comunión con la naturaleza mucho más íntima que la que el sacerdote nos daba en nuestra primera comunión. No sé qué tenía la canela, que nos traía olores y gustos a arroz con leche, a flan casero, no al “flan chino el mandarín”. Si la nieve venía del cielo, la canela era como un mensaje en aquel país tan cerrado como lo era nuestra galería. Un mensaje que me decía: “hay otros mundos más allá, donde hace calor y donde hay cocos y palmeras”, como nos recordaban los anuncios del Cola-cao.

Por eso, ahora que estás a punto de morir, ahora que tu piel se está volviendo fría y blanca como la nieve, me gustaría poner algo de canela en tus labios ya secos, martirizados por los tubos, como tú hacías con mis labios de niño. Papá, prueba la canela, me gustaría creer que hay otros mundos cálidos más allá, donde se vive libre. Papá de fuertes manos de pelotari, papá acariciador, protector, buena suerte en tu país tropical.

 

Soy tu hijo. Me reconozco como tal y me enorgullezco. Los armarios están llenos de tu ropa. Seguiré usando tus zapatillas y tus abrigos y espero que con ellas algo de ti se quede conmigo. Algo de tu corazón grande – esto hasta los médicos nos lo dicen – . Todo, tus pies de montañero, tus manos grandes de pelotari, tu corazón, todo era grande en ti.

 

Todos los que estuvimos a tu lado, que compartimos tu vida, te queremos y te querremos. Siempre estarás con nosotros.

 

Anuncios