Vet aquí un exemple – per a mi, interessant- d’escriptura autobiogràfica, des d’un home que esdevé pare, que reflexiona sobre aquest canvi. I ho fa, no des de l’anècdota, sinó transcendint-la, de forma que pugui il·luminar altres homes, altres pares. Això és el que a Itàlia s’anomena “scrivere da sé”, escriure des d’un mateix, a partir de la pròpia experiència.

(Aquest article va aparèixer a la nostra revista “Hombres Igualitarios”, la revista d’AHIGE)Imatge

 

DE HIJO A PADRE Y A HIJO
Un itinerario reflexivo para crecer como padres.
Marco Deriu.
(Traducción de Juanjo Compairé)

El recuerdo más vívido de mi padre, Michele Deriu, se remonta a cuando yo tenía diez años. Era el Noviembre de 1979 y mi madre había muerto hacía poco tiempo de un tumor de mama después de una larga enfermedad. Mi padre me llamó a su habitación, a la cama donde tantas veces mi madre me había tenido a su lado hasta que me dormía. Creo que era por la tarde. Estaba oscuro y la única luz era la de la pantalla de la lámpara de la mesita de noche. Mi padre estaba en la cama. Me hizo tumbar a su lado y, abrazándome y llorando, me dirigió un breve discurso. Me dijo que, ahora que mamá había muerto, tendríamos que espabilarnos solos. Que yo debía ser valiente y comportarme como un niño ya mayor.

Con ojos de hijo.
No sabría decir hasta qué punto influyó sobre mí aquel discurso. Seguro que me tocó profundamente. Lo viví como un momento de gran afecto, de complicidad, de ternura. Pero también como algo serio y grave. Algo parecido a una señal de orientación en la vida. Yo no podía saber que dentro de poco tiempo también mi padre se daría cuenta de que estaba enfermo. También a causa de un tumor, esta vez en la vesícula. Murió menos de un año después, en Octubre de 1980.
A menudo los niños continúan durante mucho tiempo haciéndose ilusiones de que los propios progenitores (y en particular el propio padre) son invencibles e invulnerables. No ha sido mi caso. Alrededor de siete u ocho años antes de que yo naciera, mis padres habían perdido una hija de diez años, Marcella, a consecuencia de una enfermedad que en aquella época era incurable. El dolor y el recuerdo de aquella niña estaba fuertemente presente en las vivencias y en la comunicación familiar. Hasta donde tengo memoria -mejor dicho, desde los primeros años de la escuela elemental- me acuerdo de tensiones, conflictos y amarguras entre mi madre Pina y mi padre. Una sensación de que algo irrecuperable, irremediablemente y de modos y formas diversas, se había adueñado de toda la familia: mi madre, mi padre y los cuatro hijos (dos hijos y dos hijas), de los cuales yo era el último en llegar.
Volviendo a pensar hoy en aquel momento de intimidad, creo que mi padre compartía conmigo su fragilidad, su sufrimiento, su vulnerabilidad. Me parece que era una actitud que en buena medida se salía de los cánones de comportamiento del hombre adulto y del padre; de las formas tradicionales de educación filial masculina. Aquellos cánones que dicen que el hombre (y mucho más el padre) debe ser fuerte, ha de ser capaz de plantar cara a todo, sin mostrar las propias emociones, sin dejarse ir. En resumen, debe dar seguridad a los propios hijos; transmitirles un firme control sobre la realidad.
Yo, sin embargo, sería incapaz de explicar la ternura con la que recuerdo ahora el gesto de mi padre besando el ataúd de mi madre mientras la metían en el nicho de la capilla familiar en Cerdeña. Un saludo, un adiós a la persona más querida de su vida; pero también una reverencia ante una realidad que, por segunda vez, se desnuda delante y dentro de sí y sobre la cual no hay ningún control posible. Por lo menos, un sentido profundo de dignidad frente a los acontecimientos profundos e inescrutables de la vida. Como una vez en que por casualidad cogí al vuelo un fragmento de una conversación entre mi padre y un amigo suyo en Cerdeña pocos meses antes de su muerte. Le contaba que algunos conocidos les habían ofrecido ir a un campesino curandero. Y que él lo había rechazado porque decía que si había vivido de una determinada manera tenía que morir permaneciendo fiel a ciertos principios.
La verdad es que, si bien no puedo tener demasiados recuerdos de aquellos años, en cambio sí que tengo muchos recuerdos de momentos precisos, de acontecimientos significativos, de enseñanzas y aprendizajes radicales. Los adultos se hacen la ilusión de que los niños no ven, no entienden, no aprenden. Que se les pueden esconder las cosas y dejarles comprender solo lo que se quiere. A veces pienso que, si los adultos conocieran lo que los niños ven y comprenden, se aterrorizarían. Se sentirían de golpe desnudos y privados de seguridad.
La verdad es que los niños ven incluso hasta demasiado y quizá no hay suficiente con una vida para reelaborar lo que se ha visto y aprendido. No hay modo de preservarles ni de la vida, ni de la muerte, ni del deseo ni de la enfermedad. Por esto el reto más importante para un padre es acompañarlos desnudos y vulnerables, pero también íntegros y valientes, hacia todas las citas y los imprevistos de la existencia. Esta es una de las convicciones más sólidas que creo haber aprendido de una infancia muy atormentada.
De mi padre tengo también recuerdos felices. Cuando estábamos en Cerdeña, me llevaba a grandes espacios abiertos y me mostraba fósiles en la roca o aquellas piedras especiales – resplandecientes y de colores- que llamaba minerales y que catalogaba con cuidado. En algunos casos excepcionales me enseñaba fragmentos de cerámica o monedas. Me llevaba a conocer lugares antiguos, vestigios del pasado, sitios llenos de misterio. Me llevaba a pasear por un universo grande, me enseñaba a leer y sentir curiosidad por el mundo.
Lo extraño de la relación con mi padre es que de alguna manera creo que no tuve el tiempo de conocerlo demasiado. Tendría un montón de demandas que hacerle, de explicaciones que pedirle, de preguntas y cuentas que presentarle. Por otro lado, creo que he heredado de él algunos rasgos profundos de carácter, de estilo, de método. A pesar de habernos ocupado en cosas muy diferentes, desde un punto de vista humano y profesional, a veces siento que estoy continuando su investigación, puesto que él era estudioso de las formas de la tierra, mientras que yo lo soy de las de la sociedad.

De hijos a padres.
Hoy, pues, cada vez más a menudo me encuentro dándole vueltas a la paternidad desde el punto de vista de un padre. Ya no como un hijo, pero tampoco sólo como un estudioso.
Tengo muy claro en general que la paternidad es algo construido. De espontáneo, de instintivo hay el afecto y el sentido del cuidado, pero de qué manera ser padre es, a su vez, algo que hoy se está reinventando casi por completo. Me parece que los modelos de paternidad que vienen del pasado no se pueden volver a proponer. Mientras tanto, las modalidades nuevas y diferentes de paternidad aún no han tomado una forma definitiva y reconocible desde el imaginario colectivo.
Los padres de hoy son (otra cosa es que sean más o menos conscientes de ello) exploradores y experimentadores. A partir de aquí, nos hace falta una fuerte capacidad autorreflexiva pero también una capacidad de compartir, socializar y convertir en culturalmente relevantes las modificaciones introducidas en las propias prácticas cotidianas.
Personalmente estoy buscando estar presente y cuidar de mi hijo en todos los aspectos, desde las necesidades corporales hasta las psicológicas, afectivas, sociales y ambientales. Desde este punto de vista creo que es importante reconocer que también hay un aprendizaje en la experiencia del padre. Se aprende y se madura como padres mientras crecen los propios hijos. El crecimiento y el aprendizaje no son solo relacionales en el sentido de que el hijo necesita de una relación positiva para crecer, sino en el sentido de que la maduración tiene que ver también con el otro lado de las relaciones: el mundo mental y de experiencias del padre. Además, en esta modificación recíproca evoluciona la propia relación. Ya en el primer año de vida de mi hijo he visto cómo han cambiado profundamente y muchas veces las formas de relación. El modo de cuidar y de relacionarse con un niño de un mes no es el mismo a los cinco meses ni el mismo a un año. No se trata tan sólo de necesidades que evolucionan y de cuidados que han de cambiar, sino del hecho de que uno está en juego en la relación de formas diferentes y peculiares en todas y cada una de las fases. Desde este punto de vista ha de haber también una continua revisión y readaptación en el propio acercamiento de los padres. Si uno no cultiva una práctica de autorreflexión, se arriesga a permanecer continuamente desplazado del cambio en las condiciones de relación.
En este recorrido y en esta evolución pienso que tengo sin embargo algunos indicadores que me ayudan a orientarme.

El mundo emotivo de los padres.
El primer aspecto es la importancia y la consideración que reservamos a las vivencias emotivas. Las emociones no son solo una experiencia en sí mismas, sino también una vía de conocimiento y de indagación de la realidad interna y externa. Creo que en la experiencia de la paternidad la principal dificultad reside en mantener una doble escucha en relación con las emociones del niño así como en relación con las propias emociones (hay también, sin embargo, una escucha en relación con la madre de la cual hablaremos más adelante).
En este primer año he buscado lo más posible estar sensible y empático con las emociones de mi hijo, Mattia. He buscado identificarme y dejarme atravesar por sus emociones a fin de poder encontrar una forma de resonancia, de diálogo o, cuando es el caso, de límite y de contención.
Escuchar las emociones significa también asumir puntos de vista a los que no estamos acostumbrados. Me impresiona por ejemplo ver la radicalidad con que un niño puede expresar el terror ante la desaparición de la madre y, por tanto, de su fuente de alimento y de seguridad, cada vez que ella simplemente sale de la habitación por unos momentos. Así como el miedo de dormirse en la oscuridad o de ser dejado solo mientras nos vamos a dormir. Aun cuando a un adulto le puede parecer irracional, en el fondo corresponde a algo antropológicamente y psicológicamente arcaico y profundo.
Otro ejemplo que me ha hecho reflexionar es que mi hijo, generalmente tranquilo y jovial, parece enloquecer cuando vamos en coche y lo atamos a su asiento con el cinturón de seguridad. Hay niños que lo viven con serenidad y que a menudo y de buena gana se duermen en el coche. Pero mi hijo, por el contrario, grita y llora, a veces un rato, a veces largo tiempo y hasta la desesperación. Para los adultos, que pensamos en la seguridad y que estamos habituados a engancharnos a una silla o atarnos a un respaldo nos puede parecer un capricho o una rabieta del niño. Pero a mí se me ocurre pensar hasta qué punto ese gesto de atar a un niño a un asiento y tenerlo bloqueado durante media hora, una hora o más es una forma de constricción violenta que nosotros, crecidos y adaptados a pasar por bancos de escuela, oficinas, automóviles, aviones o contenedores de diverso tipo ya no reconocemos.
Pero lo más difícil es reconocer la propia reacción emotiva ante las vivencias y los comportamientos de los hijos. Saber, pues, poner nombre a lo que está pasando en el niño pero también lo que está sucediendo en nosotros. Su rabia, su impotencia, su fastidio, o, por el contrario, su alegría, su entusiasmo, su terco e imprudente impulso hacia el mundo, ¿de qué manera repercuten, resuenan en mí? ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a acoger y a hospedar estas emociones, estos sentimientos existenciales dentro de mí, antes de que me salga espontáneamente el impulso de reprimirlos, controlarlos, cancelarlos en él y en mí?
El mundo emotivo de los padres es un mundo aún poco explorado. Pero la aventura de ser padre es también un hacer experiencia de las emociones fuertes, desconocidas, viscerales. Personalmente soy una persona afectuosa y emotiva, pero hay toda una gama de emociones que como padre he experimentado y experimento en los intercambios con mi hijo (y también lo diré después con la madre) que antes de vivir concretamente esta experiencia ni llegaba a imaginar en profundidad.
Ante todo, un sentimiento de maravilla y de gran ternura. Un hijo recién nacido te provoca un sentimiento profundo de fragilidad: es una criatura que en su estar en el mundo está totalmente a merced de los cuidados de sus padres o de las personas más cercanas. Este sentimiento de que me “ha sido dado” activa en mí una sensación fortísima de protección. Siento un gran afecto, una gran dulzura y ternura. Siento una gran responsabilidad. Y miro con otros ojos mi vulnerabilidad y mis límites.
Hasta el punto que de golpe (incluso ahora) se me ocurre quedarme embelesado mirándolo. Con los ojos, con los dedos, con las mejillas, los besos y los labios repaso su cuerpo, sus rasgos, su perfil, toda su presencia, me familiarizo con su alteridad.
Durante todos los primeros meses todo aquello que quiero comunicar como padre lo tengo que comunicar con el cuerpo: el amor, la serenidad, la calma, la pasión, el entusiasmo, el juego y la broma. El lenguaje del cuerpo es el que cuenta. Cuanto más rico es, más se comunica el niño contigo. Es un placer ver cómo aprende y expresa la dulzura, la broma, el juego, el humor, la provocación, los sonidos y la música. Me sorprende lo bien que expresa, en cuestión de segundos, un gran entusiasmo o una gran desesperación; cómo muestra un lado de simpatía y extroversión como también un rasgo de susceptibilidad si se hiere sus sentimientos. De verdad que hay un misterio no tan solo en una vida que viene al mundo sino sobre todo en un niño que crece y que de repente manifiesta un carácter propio, una individualidad propia, las propias preferencias; que muy pronto comienza a hacer emerger su peculiaridad. En algunas culturas se piensa que los niños provienen de un mundo aparte, un mundo propio, totalmente misterioso e inaccesible a los adultos. A veces me parece que es así. Su alteridad y subjetividad es tan fuerte que yo y Chiara, mi mujer, a veces bromeamos diciendo que estamos contentos de que nos haya elegido a nosotros dos como madre y padre. Su presencia nos ha transformado no menos de lo que la nuestra lo ha hecho a él. ¡Qué maravilla pensar que has traído al mundo otros ojos! ¡Qué misterio increíble poder observar el mundo también a través de los ojos de otro ser! ¡Qué belleza la de acompañar al mundo a un niño curioso! A veces intento comunicarle este sentimiento de dulce maravilla y busco sus ojos. Me imagino que sus ojos pueden reconocer lo que se mueve dentro de los míos.
Por otro lado, dialogar con las propias vivencias emotivas requiere también saber reconocer y nombrar las emociones negativas o problemáticas. A veces surge un sentimiento de impotencia o la dificultad de estar presente con la calidad que querrías; incluso puede ocurrir una reacción de mi hijo diferente de lo que esperaba o deseaba, que me genera disgusto o sentimiento de incapacidad. No creo que sea bueno tener encerrados dentro de nosotros estos sentimientos negativos y estas insatisfacciones. Intento más bien expresarlos en forma leve con humor e ironía, cosa que me ayuda a hablar y a encararme con ellos sin hacer las cosas demasiado pesadas.
Reconocer mis emociones, saber darles un nombre, me sirve para comprenderme y para buscar un diálogo con ellas. Las emociones no son fijas o intangibles. De una emoción puede generarse algo diferente. Se puede tener una emoción sobre la propia emoción. O trabajar sobre una emoción para llegar a experimentar otra cosa diferente.

Asimetría, diferencia y reconocimiento.
El segundo hito es más difícil. Tiene que ver con la diferencia y con la asimetría entre padres y madres.
En la experiencia del embarazo de mi mujer y en el primer año de vida y de cuidados de nuestro hijo he visto confirmado e inclusive amplificado el sentido de la diferencia entre los dos recorridos parentales. El recorrido de convertirse en padre es ante todo un recorrido de escucha y acompañamiento de la madre. La calidad de la propia paternidad nace a través de esta escucha y de este aproximarse hacia la experiencia femenina de un cuerpo que cambia, se transforma y se abre en sí dando lugar a una vida. Mi mujer y yo habíamos elegido vivir en casa la experiencia del parto y esto lo ha hecho mucho más familiar, más doméstico y al mismo tiempo, íntimo. He experimentado la enorme importancia de las parteras que han seguido el parto antes, durante y después y que nos han ayudado a sumergirnos hasta el fondo en el sentido y en la vivencia de lo que estaba teniendo lugar, contribuyendo a mejorar no sólo la experiencia del parto de mi compañera sino también la calidad y la atención de mi presencia.
En casa hemos podido hacer ejercicios, relajarnos, comer lo que queríamos, escuchar la música que nos gusta, bailar, abrazarnos y afrontar así una larguísima velada. El momento de la salida de Mattia ha sido el materializarse de un misterio y de una presencia que habíamos imaginado tantas veces. El misterio de un cuerpo que se multiplica en dos, el misterio de una vida que aparece en el mundo y que lo hace con sus tiempos y sus modos. El parto ha sido largo porque al niño le costaba pasar y ha sido increíble ver de qué manera hasta la cabeza del niño se ha aplastado y alargado para permitir abrirse camino y poder salir finalmente a la luz.
La potencia de la relación madre-hijo continúa también después del embarazo. Ha sido extraordinario observar el cambio de la relación entre ellos. Las comadronas han sacado a Mattia y lo han puesto sobre el vientre de Chiara que, emocionada, decía: “Amor, amor, amor mío, amor. ¡Ven, ven aquí, oh, Dios, hola, hola! Ven. Hola, tesoro. Pero ¿quién eres? Ven con tu madre. ¡Hola, cariño, mi dios! ¿Eres tú? Amor… Sí, es él mismo” En aquel momento he visto una relación interna e introvertida convertirse en externa y extrovertida. He visto a dos seres reconocerse y buscarse de una forma nueva. Pocos instantes después y el niño ya estaba chupando el seno de la madre mostrando que el instinto lo guiaba en la busca de lo esencial.
Para mí ha sido ante todo un paso de una experiencia psíquica, invisible y en gran parte imaginaria a una corpórea y visible. Ha sido muy bonito poderle dar poco después el primer baño, limpiarle todos los fluidos y secarlo para prepararlo para la vida exterior y sentirme a gusto en estos gestos arcaicos y en cierto modo religiosos de cuidado y de aproximación.
Si en el acceder a la vida prevalece la simetría entre hombres y mujeres, siendo los dos fruto de un parto de mujer, en el dar acceso a la vida, en cambio, la asimetría entre hombres y mujeres es máxima. Y esta asimetría permanece por mucho tiempo en una relación muy fuerte entre madre y criatura que continúa durante todo el tiempo de lactancia e incluso después.
Lo que como padre he observado es la asombrosa potencia transformadora y procreadora materna que proporciona al padre en el mejor de los casos una sensación de gran admiración y en el peor un sentimiento de inferioridad.
Considero crucial para el desarrollo psicológico positivo del padre la metabolización de esta profunda asimetría frente al nacimiento, puesto que de ella se derivan las condiciones de acceso y reelaboración de muchas experiencias subsiguientes. No hay nada obvio, descontado o banal en esta asimetría. Necesitamos, en cambio, despojar a esta experiencia crucial de diferencia del velo de la banalidad para restituirle un significado psíquico, relacional y social. Un significado que viene reconstruido e investido del sentido de un intercambio continuo entre padre y madre, entre hombres y mujeres, que sea vivenciado y advertido lo más posible como positivo y creativo y no como aterrador y amenazante.
Como hombre encuentro del todo misterioso y muy bello observar la leche que fluye del seno de mi compañera y que alimenta y mantiene vivo a mi hijo. Este recurso peculiar produce vivencias y reelaboraciones muy diferentes e incluso opuestas entre la madre y el padre. Es difícil estar continuamente disponible para dar el pecho, dice mi mujer (¡en realidad ella usa expresiones más vistosas!). Lo entiendo e intento identificarme con esta fatiga. Intento comprender el cansancio o el nerviosismo que esta presión y esta dependencia producen y apoyarla en lo que puedo. Pero el punto de partida del padre se encuentra justo en las antípodas. Es cansado para la madre estar siempre disponible a la alimentación del niño, sobre todo si esta demanda es reiterada cada poco tiempo. Pero como padre puedo decir que es también muy fatigoso – desde un punto de vista psíquico- no poder estar disponible para esta forma de alimentación. Hay momentos en que el niño chilla y llama a la madre para acceder a una alimentación psicológica y afectiva. En esos momentos como padre experimento a menudo mucha frustración. Aunque intento ser cariñoso, abrazarlo, acariciarlo, en esos momentos mi papel es del todo secundario. Vivo un fuerte sentimiento de impotencia que, naturalmente, me esfuerzo por aceptar, pero que no me es indiferente emotiva y psicológicamente. Es como si – en estas circunstancias específicas- me diera cuenta de que mi cuerpo no es, ni puede ser, un cuerpo nutriente. De alguna manera es un cuerpo “frío” o “árido” o, al menos, es percibido como tal. A pesar de que todas las separaciones del niño de la madre o de ésta respecto de él en los primeros meses están atentamente programadas y organizadas, exponen al padre, sin embargo, a un fondo de incertidumbre.
He reflexionado siempre sobre las diferencias entre hombres y mujeres, pero no me imaginaba lo profunda que podría ser esta sensación de asimetría. En algunos momentos he sentido hasta una especie de envidia del seno. La envidia de la sensación de poder calmar, serenar y satisfacer a un niño sencillamente con el acceso al propio cuerpo, como fuente de alimentación.
Sé, por supuesto, que esto es algo fuerte en los primeros meses y que, una vez completado el destete, la contribución paterna puede llegar a ser más fuerte y autónoma. Pero no impide que se trate de una diferencia y una experiencia fundamental.
Es extraño que los hombres, socialmente y culturalmente, no estemos preparados para el reconocimiento y la reelaboración de este tipo de vivencias vinculadas con la asimetría entre padre y madre. Probablemente esto esconde una profunda dificultad y una represión substancial. Creo personalmente que no reconocer o no reelaborar o superar esta envidia latente por parte del padre puede producir actitudes muy negativas y resentimiento, bien en relación con la compañera, bien en relación con el niño.
Creo que, en lugar de esto, necesitamos un trabajo de escuchar y nombrar esta envidia, de modo que, a través del diálogo y la reelaboración, pueda dar lugar al reconocimiento y a la admiración hacia la madre y la compañera que, como sabemos, soporta un peso, una fatiga e incluso una ambivalencia por su capacidad de alimentar hijos. Y, por otra parte, para que este reconocimiento de la dificultad nos impulse a madurar el deseo de explorar y experimentar la relación padre-hijo en otros planos, diferentes pero no contrapuestos a estos.
Sin esta capacidad de auto-escucha, de aceptación de esta asimetría radical, creo que muchos padres se arriesgan a hacer derivar de esta vivencia de impotencia y de inadecuación una especie de renuncia o de abandono de una relación de intimidad con el niño. O bien, posponer todo ello para un tiempo lejano. Me he encontrado con padres que fantaseaban con una posible relación de intercambio con el hijo sólo a partir del momento en el que entra en juego la comunicación verbal y la posibilidad de educación vinculada a los valores morales o al saber hacer. Como si en toda una etapa su papel, su presencia, su atención, su cuidado fueran en el fondo inútiles o fuente de frustración más que de satisfacción. Sospecho que esta vivencia y esta postura son uno de los aspectos psíquicos y culturales que están en el fondo de la deserción masculina del trabajo del cuidado y su delegación casi total en las mujeres.
Para salir de este callejón sin salida nos hace falta, como decía, por un lado, acoger esta fundamental asimetría y aceptar la mediación de la madre en determinadas necesidades y experiencias y, por otro, explorar las necesidades, deseos e intereses del niño más allá de las funciones de nutrición y reposo. Tenemos que cultivar en todas direcciones las capacidades de acompañar al niño en las dimensiones de afecto, limpieza, expresión, manipulación, movimiento, exploración, comunicación corporal y no verbal.

Lenguajes, aproximaciones, acompañamientos, exploraciones.
El tercer hito está, pues, vinculado a la conciencia de que la relación – también con niños pequeños- no se limita a la alimentación: hay tantas dimensiones a descubrir y desarrollar en las que como padre busco de crearme un papel y hacer fructificar mis recursos o peculiaridades.
Por ejemplo, creo que tengo un buen carácter, generalmente tranquilo y poco inclinado a ponerme nervioso y aún menos a enojarme. Creo que esto puede ser importante para acompañar al niño y establecer un contexto de exploración y de aprendizaje sereno.
Por otro lado, me gusta mucho bromear y crear contextos humorísticos y esto se convierte en terreno de continuas interacciones divertidas y alegres con Mattia. Desde las primeras semanas dije que mi hijo era ante todo muy simpático. Porque, en efecto, he visto en él desde el comienzo elementos de afabilidad y extroversión que ahora, con un año, llaman la atención de cualquiera que se encuentre o interactúe con él incluso aunque sólo sea en el autobús, en la calle o en una tienda. Creo que los niños nacen con su carácter, pero también creo que la continua interacción humorística que he intentado proponerle ha sido para él una forma de exploración, de aprendizaje y de conocimiento de sí mismo y del mundo. En otras palabras, creo que el desarrollo circular de una capacidad comunicativa irónica entre yo y él es una cuestión seria e importante.
Otro aspecto importante es la educación y la relación corporal. A Mattia le gusta mucho el agua de cualquier manera. Baños, palanganas, bidets, duchas, fuentes, lagos, mar, inclusive vasos y contenedores de líquidos; en suma, todo lo que tiene que ver con el agua le entusiasma. Ha aprendido rapidísimamente a abrir grifos y a moverse en la piscina o en el mar con nuestra ayuda. Me gusta acompañarlo y compartir su placer: lavarlo, refrescarlo, jugar con el agua, darle un baño en casa, en la piscina o en el mar, llevarlo conmigo a la ducha.
Recientemente se ha dado cuenta de que le gustan mucho los desniveles de altura: las cajas, las camas, los muebles, las escaleras, todo lo que le permite subir y bajar. Ha aprendido a subir solo las escaleras a gatas y eso para él es una fuente de gran entusiasmo. Un día de vacaciones lo habíamos perdido de vista un minuto mientras jugaba. Ha logrado abrir la puerta y bajar un tramo entero de escaleras en dirección a un perro, hasta que la asistenta de la casa vecina lo ha detenido y nos lo ha devuelto. Nos ha hecho falta un poco de tiempo para metabolizar el shock y el sentimiento de culpa por la desatención. Pero en las semanas sucesivas he pensado que estar más atento para no perderlo de vista o para cerrar bien la puerta era importante pero no suficiente y que era más sensato empezar a educarlo en afrontar estas situaciones, enseñándole cómo arreglárselas y cómo moverse para bajar o subir. Allá donde quiera que se le ocurriera, he empezado, pues, a seguirlo en su curiosidad hacia las escaleras, vigilándolo de cerca, sosteniéndolo o acompañándolo en las bajadas y en las subidas.
Hace un par de meses he presenciado una escena muy bonita, que me ha emocionado. Eran casi las ocho de la tarde y estaba sentado en una plaza de mi ciudad y esperaba que mi mujer y mi hijo llegaran en bici a reunirse conmigo. La plaza se encuentra en una zona popular donde viven muchos inmigrantes. Había una mujer oriental que estaba intentando enseñar a su niño a ir en bici sin las ruedas de seguridad. El niño estaba decidido, pero tenía miedo. La madre estaba un poco ansiosa y lo agarraba muy fuerte por miedo a que cayera, pero eso mismo le impedía a él coger un mínimo de velocidad y aprender a mantener el equilibrio. La lección, pues, producía cansancio y los dos se estaban desanimando un poco.
En la misma plaza había un grupillo pequeño de tres inmigrantes magrebíes que charlaban y que observaban, como yo, la escena. En un momento dado, uno de los tres se ha ofrecido a ayudar al niño a lanzarse solo. Al principio agarraba por los hombros al niño de forma más suave y lo acompañaba acelerando el paso o corriendo. Después, tras dos o tres vueltas, ha empezado a dejarlo solo, dándole un empujón. Al cabo de pocos minutos, el niño ha aprendido a mantener el equilibrio y a lanzarse velozmente en bicicleta por la gran plaza, experimentado de qué manera evitar los obstáculos y pararse a tiempo antes de la pared o de la fuente. En el cuerpo del niño – de por sí absolutamente silencioso- se podía leer un moverse entusiasta por el objetivo alcanzado y la capacidad adquirida. La madre quedó muy agradecida y el hombre, satisfecho de haber sido útil y resolutivo.
En aquella escena y en aquel intercambio entre la mujer, el hombre y el niño, en la sutil dosificación entre cuidados solícitos y el dejar ir con confianza he visto la potencialidad de la enseñanza y quizá también la posible peculiaridad de una modalidad masculina en la educación. Un acompañamiento de cerca pero también un arranque estimulante que tenga en cuenta también posibles caídas y magulladuras pone al niño en la situación ideal para encontrar su propio equilibrio y su propia posición.

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