EL ATASCO III

 

-Está bien, está bien, le creo, pero  alguien tendrá que darme una explicación de lo ocurrido, al fin y al cabo el gas en cuestión, como dice usted, no procede de las entrañas de la tierra sino de las de una farmacéutica, todo y que dudo que las farmacéuticas tengan tal cosa. Pero las preguntas se me agolpan, ¿tiene efectos secundarios el gas de marras? ¿los tiene su antídoto? ¿he de seguir alguna norma profiláctica? ¿tomar algún fármaco?¿ puedo seguir conduciendo sin riesgo?¿qué le digo a mi médico? ¿lo he de comunicar a mi cia. de seguros? ¿a un abogado?¿a la policía?

-Pare, pare, que se me acelera, no le puedo contestar todo a la vez, de hecho no se si puedo contestarle a algo. Solo estoy autorizado a darle un teléfono de contacto al que puede usted llamar si percibe algún síntoma no habitual, allí le informarán de los pasos que debe realizar.

– ¿Qué quiere decir síntoma no habitual, un sarpullido, dolor de cabeza, diarrea, que me he vuelto de derechas, o  que me ha crecido una zarpa de acero, o me he vuelto  invisible?

– Me refiero a si persisten las alucinaciones. Mire no puedo decirle mucho más, de hecho no sabemos mucho más, al parecer la sustancia inhalada procede de un laboratorio que trabajaba en una línea de cosméticos para hombres, una sustancia tremendamente volátil y que no saben ni cómo ni porqué tiene efectos no descritos sobre la memoria, o al menos eso es lo que nos  han comunicado al equipo sanitario.

-Me está usted diciendo que mi conversación con Pablo es el efecto colateral de un affter save, o de una esa de esas cremas faciales para camuflar machos como metrosexuales. Si es así, dígame la marca porque acaban de inventar una versión superada y mejorada de H Wells y su montón de chatarra viajera. Un sutil toque de su “eau du bouchon” sobre las mejillas y automáticamente queda abducido algún desgraciado del que hace décadas  olvidamos su existencia, sin palabras.

– Bueno, esa sería una versión chusca del tema. Al parecer alguno de los componentes de la base cosmética, en conjunción con algún otro factor que desconocemos, acelera conexiones neuronales que hacen regresar a momentos vividos. Lo único que sabemos es que no tiene el mismo efecto en todo el mundo, de hecho, y por lo que me cuenta, el suyo es un caso peculiar y, no quiero engañarle, desconocemos si esos efectos  persisten en el tiempo.

– Estupendo, solo me faltaba que con los recuerdos regresaran los recordados. Se da usted cuenta de lo que eso significa. Si ya me resultaba difícil  lidiar con lo ocurrido, con el pasado, siembre vagando en ese etéreo mar  de olvidos y recuerdos, ahora, y gracias a tan extravagante unguento, el pasado puede personarse  a pedir cuentas en cualquier momento.  A la que me descuide convierto mi casa en el hotel de las ánimas perdidas; que regresan en busca de venganza, o respuestas, o vaya usted a saber. Espero que por lo menos no se me beban el Cardhu 15 años que le escondo a las visitas. Bien déme ese teléfono, nunca se sabe. Una cosa más, sabe si el atasco durara mucho  rato.

– No puedo decirle, pero el pollo no es pequeño, el camión se ha hecho añicos y la descontaminación no pinta fácil, en fin paciencia y que haya suerte, y no olvide usar el teléfono que le he dado, eso sí,  solo  si empieza a ponerse verde, claro.

-Muy gracioso. No se preocupe, no lo olvidaré.

 

La tarde se ha vuelto gris y plomiza, como mi cabeza, aturdida por lo ocurrido, noqueada por las revelaciones del enfermero, perpleja por algo que no puede haber sucedido. Lo que para todos no pasa de ser un incidente de tráfico a mí acaba de contaminarme la totalidad de lo existente. Como saber, a partir de ahora,  donde empieza lo real y donde termina lo imaginario, donde la materia bruta y donde mi mirada emponzoñada de cosmético. La presencia ausente  de Pablo ha sido como un mazazo, sus palabras, sus gestos, su abrazo, tenían la misma densidad que el asfalto   y sin embargo se han evaporado, se han fundido junto con ese gas del recuerdo. Ya hace tiempo que intuyo  que la realidad no es solo lo que hay, sino también lo que yo pongo sobre lo que hay,  pero después de esto toda percepción se alambica, se retuerce, se torna esquiva e imprecisa. Aun no sé  como  convencerme de que  Pablo nunca atravesó la ventanilla con su voz rota, ni puso sus manos en el salpicadero, ni olí su cuerpo sudoroso, y por  mucho que me esfuerzo no puedo evitar sumergirme en la nostalgia de sus palabras, de sus recuerdos   que han dejado en mi una huella tan intensa  como la que deja el anillo sobre la cera. Bueno,  prometí al enfermero  quedarme en el lado de aquí de las cosas y eso voy a hacer, que remedio, se fue sin darme la marca del cosmético y con ello me cerró el acceso al turbio mundo  del otro lado.

 

Voy saliendo de mi ensimismamiento y  compruebo como el  tedioso orden natural de las cosas parece haberse fisurado. Las vidas que  caminaban amuralladas,  en la autista carcasa de sus vehículos, convergen en infinidad  de corrillos. La soledad parece abrirse como una mangrana que, golpeada por la incertidumbre y la duda, desperdiga todos sus granos sobre la carretera. El hombre que ocupaba el Seat León de delante,  repara en mi existencia y me dirige una mirada franca y directa. El corazón me da un vuelco, se habrá abierto una brecha en la nada que nos separa, un camino de empatía en este Mar Muerto de autopista. No, no, puro humo como Pablo, solo busca  asentimiento a las palabras que  está cincelando en mármol como si fueran los Diez Mandamientos:

 

-los políticos tienen la culpa de todo esto, un montón de inútiles incapaces de solucionar un simple atasco, yo esto lo arreglaba en diez minutos, pero hay que tener un par de pelotas y venir aquí y arremangarse y esos no se mueven de sus despachos.

 

Un tipo bajito  de barriga ostentosa y tan destartalado como su furgoneta, asiente:

 

-Esos solo piensan en  poner multas, en recoger pasta, y para eso nos bajan los límites de velocidad, o de alcohol en sangre o el puto cinturón, o el móvil, que  ya es la sexta que me ponen. Pandilla de mangantes, a saber cual está detrás de este atasco y que gana con ello.

 

Una joven de mirada despierta observa con expresión contenida, mientras, una señora  alicatada hasta las cejas se une al vocerío:

 

-Lo que pasa es que se han perdido los valores, ya nada es lo que era, no se respeta a los padres, ni a los maestros, ni a los curas y a la policía se la torean, y así nos va.

 

La joven perpleja, con los ojos abiertos como platos, se carga de valor y vomita:

 

– Hombre tanto como un simple atasco, mas parece EL ATASCO con mayúsculas y a mi entender ustedes están confundiendo el tocino con la velocidad. Alguna responsabilidad tendrá la empresa que transportaba la carga. No sabemos si el conductor del camión esta herido, o si hay herida más gente, quizás en lugar de opinar sin fundamento  podríamos  mirar la manera de echar una mano.

 

¡Bravo por la chica!

No opina igual el tipo del Seat León, que me ha retirado la mirada para dirigirla,  cual plaga bíblica, contra la listilla del  Panda:

 

– ¡Oye! yo digo lo que me da la gana y tú no eres nadie para cuestionar mi derecho a opinar. Faltaría más,  saliste  del huevo ayer y ya crees que puedes ir dando lecciones a derecha e izquierda. Fíate, fíate de tus amiguitos, que igual te quedas aquí toda la vida. Tú ves preocupándote por los demás que de  ti ya veremos quién se ocupa. Yo,  yo voy a  buscar la manera de salir de esta mierda, aunque sea aprovechando el hueco que abre la ambulancia y, mira nena,  el que no se espabile que se joda.

 

No sé porqué, la escena  hace resonar en la memoria mis tiempos de sindicalista, no los primeros cuando me movía la pasión y la firme convicción de que el mundo podía cambiarse y que mis compañeros de trabajo eran el sujeto sobre el que pivotar ese cambio, sino luego, más tarde, cuando ya mi actitud se había vuelto  más temperada, más descreída, más escéptica. Cuando   al mirar a la gente a la cara ya solo percibía ingratitud,  mezquindad, salvase quien pueda, y “de lo mío qué”.  Un tiempo en el que empecé a sentir  que el valor del nosotros, de lo común,  se resquebrajaba y caía en la cotización a nivel de bono basura.

Algo estaba cambiando y aun no entendía cual era la naturaleza de ese cambio. Antes, te decían resignados  que, nunca lo conseguiríamos, que siempre ha habido ricos y pobres, que no valía la pena jugársela, que era un iluso; yo les contestaba desplegando, con toda la épica de que disponía, la pasión por la posibilidad que me habitaba. Ahora, la cantinela había mutado, directamente te trataban de mensajero de lo inútil, de paladín de vagos y aprovechados, de coartada para parados espurios y pensionistas privilegiados. Incluso se habían inventado una palabra, “emprendedor”,  que brillaba en letras luminosas para anunciar el mundo conocido  como el mejor de los mundos posibles. Si eras eficaz y  trabajabas y no protestabas y te labrabas solo tu camino, el éxito sería tuyo y nadie te podría poner en la puta calle,  algo que empezaba a ser lo más común en aquel tiempo. Siempre había tenido claro  que calentaba más una caricia del amo que todo el fuego de lo justo pero,  esto, esto ya era demasiado. Se me antojaba una letanía de ingenuidades, cuando no de auténticas falacias, de palabras trinchera desde las que defender un orden del mundo en el que zorros y gallinas comparten gallinero, y éstas últimas lo celebran

con una borrachera de huevos de dos yemas.

Pero empezaba a intuir que no solo estaba cambiando el mundo de fuera. Esos discursos, con otras formas,  que años atrás me hacían  hervir la sangre, como a la chica del Panda,  ahora  ya ni siquiera me indignaban o perturbaban. Hacia tiempo que, lentamente,  imperceptiblemente, me había vuelto avaro con la energía invertida  en  cambiarlo todo. Todo, ya no era de dimensión humana y  sentía que me había extraviado en el bosque  de las palabras monumentales, de las palabras de siete leguas que  saltan sobre las pequeñas palabras, esas que no se esculpen sobre el mármol pero que se filtran desde el mismo tuétano de las cosas  que, sin  saber de emancipación, ni lucha de clases,  si saben del desaliento  de un  niño que huyo de su casa para no ahogarse. De un niño grande que  busco un mundo en el que no sentirse frágil y vulnerable, pero que aun hoy, en este atasco, no ha conseguido encajar la vida y el cuerpo.

 

En ese tiempo, en un momento difícil de precisar,  empezó a gestarse otro atasco, si acaso no es el mismo. Ahí se produjo la epifanía de un fracaso, un fracaso  que no tenía que ver con el fin de las utopías, ni  las ideologías, ni  la historia, ni con la cambiante realidad  de afuera, sino con un cierto vacío, un cierto extrañamiento del mundo, de los otros. Había matado a Dios pero ansiaba sus certezas, había liquidado la familia pero suspiraba su cobijo, había destronado al padre pero me sentía huérfano, había despreciado un nosotros falaz y miserable y me había quedado solo. Comprendí  que  perseguir un mundo más justo había sido siempre una coartada. Yo había buscado el “Bálsamo de Fierabrás”, la “Matesis Universales”,  un antídoto  a la fragilidad y la soledad de las que huía,  y se me había escapado entre la niebla de los discursos.

Nada ni nadie me parecía sólido, ni siquiera  líquido, sino viscoso, inasible, reactivo. Sentí, como un golpe seco,  que el codiciado nosotros  -no el identitario sino el amoroso, el que  acoge y cuida y atempera el vacío-  no era más que una encrucijada fugaz, un microsegundo de un choque de electrones, un puro cometa del azar que pasa cada x años y dura lo que dura una negra noche de luminosas estrellas.

A partir de ese momento, supe que  no había lugar al que llegar, ni premio que recoger, que el sentido no era más que un juego, un divertimento, una  estrategia en forma de cuento, para que  el vacío no ahogase la existencia. Ahora estaba claro,  el reto no era la “emancipación”o la “justicia social”,  sino  saber  que la vida era eso, solo eso, una diminuta chispa que salta de una hoguera que se apaga y, aun así, seguir deseando sin  sucumbir al impacto  cegador de ese conocimiento.

 

Me llegan, tenuemente, las conversaciones de los corrillos, veo las colas interminables de coches, de vidas atascadas y  me parece un milagro que no nos devoremos unos a otros, que haya ongs.  que se sonría a los niños, que la  mayoría  circule por la derecha o que no tire las basuras en la puerta del vecino. La convivencia se me dibuja con un trazo frágil e inestable  y descubro la magnitud de algo tan cotidiano como darle los buenos días al segurata  del supermercado. De introducir, con ese gesto pequeño, la energía necesaria para que el cosmos de las relaciones no se disuelva en la entropía, en el caos que siembran las voluntades ciegas. Digo buenos días, a un ser anónimo, invisible,  en la esperanza de que esa brizna de reconocimiento, de cuidado, mantenga vivo el fuego que se extingue y  un día, durante un rato, me alcance el calor de una de esas  chispas de amor que crepitan en la noche.

 

De nuevo ¡bravo por la chica! .Échale una mano, me digo. Que la pasión por lo posible no se extinga, que fecunde en ella y para como las cobayas. Pero me siento absurdo, ajeno, como en un mundo que ya no es el mío. Pablo hubiera entrado al trapo en ese corrillo, hubiera discutido, hubiera alimentado aquel aquelarre de palabras huecas, se hubiera encarado con el tipo del Seat León, sobre todo si hubiera visto alguna posibilidad de ligarse a la titi del Panda o, simplemente para quebrarle los cuernos de macho alfa. Pero yo hace tiempo que ya no discuto como en ese tiempo, el de antes,  temo quedarme sin palabras, temo que el energúmeno de guardia  machaque, como un paquete de tabaco,  lo poco que queda de un sueño y que señale, con su dedo y su reluciente anillo de oro,  el mismo centro de mi fracaso.

Así que, solo  quiero regresar a mi devastadora y confortable soledad, a mi memoria de trapo, a mi pequeño mundo perdido y sin aliento. Aunque os aseguro que hay días que lo siento  más acogedor que todas las  grandes causas nobles del mundo. Ahí, en su refugio, no necesito ser fuerte, ni grande, ni valiente, ni eficiente, ni demostrar que yo puedo. Ahí, en ese lugar minúsculo, ínfimo, sobreviene el silencio y se aplaca el griterío que me empuja al escenario, a salir al mundo para proclamar  la encrucijada que ocupo.

 

Salir de este atasco no será fácil, ni inmediato, así que  intento retomar el hilo de mis recuerdos y, como quedamos, buscar en ellos esa marca de nacimiento, o ese implante temprano, que debidamente conjurados, si es el caso, conviertan este fracaso en un recuerdo lejano. Aunque la memoria se resiste, han pasado horas desde que Pablo se fue, o se no fue,  y los siento como días. Vuelve al  punto de partida, me digo, como en casa cuando pierdes un objeto, sigues las miguitas de pan de cuarto en cuarto, de la alacena al baño, del  ropero al costurero, hasta que en un punto del trayecto, como si fuera un mojón kilométrico, encuentras un indicador que pone “al objeto perdido”. Así que vuelvo a entrar en el coche sin que se percaten mis vecinos, enfrascados en su apasionado pulso. Me siento al volante y al ir a encender  la radio me doy cuenta que ha estado parloteando todo el tiempo, aunque la voz hermosa ya no  sigue allí,  ha sido sustituida  por un deportista de voz menuda al que alguien está presentando como un héroe trágico, como un espartano que acaba de tener sus Termopilas en un partido de Champions; ¡joder! esto del fútbol a veces sí me parece como la guerra por otros medios, a veces creo que están todos enfermos, ¡mátalo! ¡destrúyelo! ¡machácalo! Deseo gritarles, es solo un balón, un espectáculo, amigo y enemigo son conceptos huecos y absurdos. ¿Cómo algo tan vacuo, tan insignificante, puede confundirse con la vida? Pero  tu sabes que ese balón no es de cuero, ni redondo, sino del material intangible con el que se construyen los símbolos. Y lo sabes, porque tú también has sido victima de ese mal que divide el mundo en ellos y nosotros.

Una cosa me conduce a la otra y  me reencuentro con el hilo perdido, con  la fractura de mi infancia, esa  que se produce  cuando el  corderillo irrumpe, por prescripción facultativa, en territorio de lobos. Un  tiempo  en el que sobrevivir exigía que  nadie escuchara mi balido,  que cada sonido que saliera de mi boca sonara como un aullido furioso. Un tiempo que pedía  estar bien despierto y pensar cada movimiento. Nadie debía saber de la fragilidad de mi  existencia, nadie debía sentir la tentación de ponerme a prueba, de retarme a un cuerpo a cuerpo. Me convierto en un maestro de parecer sin ser, y esa estrategia  me conduce a un desajuste entre audacia y miedo y, paradójicamente, a  disponerme en primera línea  en cualquier conflicto.

Como aquella víspera de  San Juan, que, en otros escenarios, tantas veces se me ha repetido. Los de la calle Almircar vienen a robarnos la leña y la patria en peligro exige de la sangre de sus hijos. El montón de madera inútil me importa poco, pero sé que el reconocimiento de los míos,  de la tribu, es el único salvoconducto en aquella estepa helada. Las piedras, que se amontonan en las calles sin asfalto, empiezan a llover como pesadas saetas, hay que ser hábil para esquivarlas y valiente para lanzarlas, me tiembla la voz y el pulso, el corazón palpita en la carótida como si quisiera reventarla, y el  miedo me oprime la garganta, pero rugir como un león no es compatible con huir como una gacela. Una piedra me salva de la duda y del miedo, me alcanza en la cabeza, la sangre corre a borbotones y tiñe de rojo león mi pelusa de oveja. Tengo una buena brecha, pero la patria se ha salvado, y yo,  héroe de la victoria, puedo respirar tranquilo durante un tiempo, nadie afrenta a los caídos. Mi madre, horrorizada, me lleva al dispensario, “maldita la hora que le di alas al niño”. Unos días de cautelar encierro domestico y  vuelvo a la calle y la rueda de la fortuna me sigue haciendo un hombre con nuevas pruebas, y eso que,  aquella misma noche,  antes de  dormir, en el refugio de mi casa, con la cabeza dolorida, le pedí al Jesusito de mi vida que escuchara mis  plegarias: protege a mi madre, a mi padre,  a mi abuela, a mi hermano y  por favor no me envíes más pedradas. Repito la oración, ahora dirigida a mi ángel  de la guarda , que también eche una mano, en esta empresa ninguna ayuda sobra.

No debieron oírme, quizás solo entendían latín o hebreo o aquello del catecismo era una pura patraña, porque las pruebas se repitieron en el tiempo, dos pedradas más entre otras muchas.

Aquel era mi mundo,  el único posible, eso creía entonces,  pero no tarde en reconocer otros mundos, el azar me los acerco  y mi deseo de vivir escapando a los lobos me hizo reconocerlos, o eso creí entonces.

 

 

 

 

14/04/2016

 

 

 

Les darreres experiències

Darrerament, noto que em deixo portar per les ones del vent, les que em transporten per aires amb noves llums i em transformen en aquest que sóc per fi avui. Encara que sense deixar de ser el que sóc encara a dins meu, des dels meus origens i aprenentatges entre ferides que encara supuren. La vella masculinitat té un pes molt gran en les nostres consciències i es deixa sentir en les contradiccions internes en tots nosaltres. Per això us volia situar en dos casos de mascles que opten per extrems en les seves històries de vida. En tot el que em ressonen en el meu interior. Sobretot trobo que tenen en comú que han optat per solucions molt complexes de realitzar, lluny del confort de les masculinitats tradicionals. Veurem com els va en aquestes noves opcions per homes diversos del segle XXI i quines conformitats van trobant aquestes noves modalitats.

Commogut per la peli del Chris (Alex Supertramp, Into the wild) i amb les ressonàncies serenes de poder arribar encara a ser ell (quin somni llunyà de vida) – i deixar traspassar-me pel que jo vaig ser en algun moment abans de separar-me de la meva essència – estic aquí detectant tota la meva realitat. Lluny dels dubtes del passat i de les crosses que m’ajudaven a sobreviure (aprenentatge de mala vida) ara aspiro a sentir-me a MI MATEIX!! A aprendre, no des del caminar amb les crosses, sinó des del desig de la consciència, i en el seu caminar, poder trobar la joia de viure amb tota la ubicació vital que es mereix la pròpia vida, en aquests moments d’inflexió vital.

Però per això cal experimentar i visualitzar des dels camins més imbricats. No sé si ja sóc capaç de veure-ho ara del tot, però em sento obrint via en uns camins clarament més lleugers; una lleugeresa inusitada pels dies que visc, amb tot el que m’apodero des de les voluntats i des de les pròpies visions i desitjos que vull experimentar. En tinc clars exemples d’això, però és amb persones com en Alex Supertramp on trobo la gran dignitat d’afrontar aquest tipus de repte. I admiro amb devoció aquesta lliçó que em reporta. Si desitjo experimentar amb una vida salvatge, perquè no fer-ho?? I és que la vida sovint és més clara i senzilla del que pronostiquem nosaltres mateixos des de les neurosis en les que ens embranquem quan visualitzem expectatives. I doncs, què és de nosaltres quan prenem decisions? Però com i des d’on ho fem?? I pensant en les nostres madureses incipients, en quin punt em trobo? Llegeixo a Paolo Giordano i m’implico més i més en la nova masculinitat.

Cuando leas esto

Em trobo amb els pares que miren de reconstruir aquesta masculinitat maltractada de somnis truncats (jo podria ser pare però no) i m’emociona aquesta ànsia de transformació i de vivència de transcendir aquestes relacions, mentre penso que aquesta és la visió del que vol completar allò que no en va poder tenir oportunitat en un passat. Viure amb altres possibilitats, assolir la consciència i la vivència amb més llibertat, sobretot podent accedir abans a les nostres possibles contradiccions, és el gran repte ara pels nous homes i aquí Paolo ho veu i escriu al seu fill per oferir una altra possibilitat d’una nova obertura en la relació pare-fill. L’objectiu de la nova masculinitat ara aspira a entendre’s amb molta més claredat i lucidesa, com estem veient darrerament en les nostres pròpies reflexions, sobretot en el terreny de les ires i de les emocions trobades que ens provocaven relacions rígides i mal travades. Nous temps i nous paradigmes estan a la vora. Però no deixo de pensar que em cal encara una comunicació més pura, valenta i exposada per frenar estereotips i trencar tòpics. Això si el que volem és accelerar els temps i trobar-nos amb un nou llenguatge de l’equitat per les modalitats de família renovades. Si no, no ens caldria encara aquesta via de escriure’ns cartes i les “enèssimes explosions de ràbia” entre pare i fill, en paraules de Paolo. Seguim buscant antídots en la violència dels patriarcats i seguim, sobretot, excavant en nous llenguatges per anticipar-nos i neutralitzar-los. Seguim construint.

Into the wild

into the wild

https://www.youtube.com/watchv=_y9vzYDaKRY&list=RDMwx3RvDWvDM&index=4

Vull explicar-vos una història que em ressona des del més profund. Del que em ressona, en aquest cas, quan em sento dins d’una existència de l’enormitat d’aquesta, repleta d’honestedat que m’ha commogut de manera captivadora i aclaparadora. Us parlo de la vida de Chris (1968-1992) (INTO THE WILD) en la que es respiren experiències intenses a l’extrem, com la vida de milers i milers de joves que s’abandonen i dimiteixen de la seva condició de homes madurs i es baixen en la propera estació de la vida, renunciant fins i tot a la família, simplement per renúncies a la pròpia vida. Per tant parlem del despertar de la vida ara que estem tractant d’entendre’ns en les nostres vides, en les que les decisions poden significar punt de no-retorn.
És per mi una suggestiva imatge que m’omple i troba en mi les romàntiques visions de l’home antic que avantposaria a qualsevol que tingui a veure amb les neurosis actuals. El romanticisme de l’home natural (mite que encara té sentit pel que es veu) i, el que encara m’interessa més: el de l’home honest (amb el sí-mateix) que persegueix el seu somni (Alaska), la seva utopia com a ésser humà (un estil de vida amb un pensament al marge de necessitats i possessions) i l’autonomia sense lligams amb ningú (que amaguen tots els el de la llibertat absoluta).
Aquesta vida anestessiada en la que vivim, troba aquí en Chris (ara Alex Supertramp) la contraposició de lluitar i de rebel·lar-se amb feresa d’aquesta per poder assolir el seu propi “jo” i fugir d’aquesta alienació en la que tants i tants ens sentim i ens hem sentit. La llibertat i l’anhel de la vida salvatge sumat al mandat de gènere d’heroi l’apunta cap a una història que es rodejarà de drama, pels extrems que es tocaran entre els límits de l’existència humana. Això mateix ens suposen pols atractius i ens donen molt de joc, encara en els contorns de l’aventura, però que risquen de poder experimentar totes les visions possibles d’allò que et deparen aquests límits. A l’extrem de l’existència, mentre l’experiència t’arrastra a les emocions més pures i àmplies possibles. El viatge, la passió de l’aventura i les seves emocions, la bellesa de la fauna i la flora, mentre el paisatge t’endú en la vibració constant que envolta la pura llibertat, la supervivència i les possibles que ens provenen de la impulsivitat, de l’instint del foc que encara tenim viu. Pel que es veu encara és possible aquest retorn a la possibilitat de l’home ancestral i que ressegueix una emoció pura, com quan en Chis es troba un ramat d’alcis (1er video) i s’emociona en unes llàgrimes sorgides de les que emanen de les fonts iniciàtiques de la seva fugida. De la seva font més profunda. La de la llibertat més pura. La més potent que es pot viure, possiblement. Però és això una reconstrucció o una fugida?? Volia que algun dia tinguéssim algun dilema d’aquesta categoria entre nosaltres però no voldria trencar-vos el plaer de veure la peli, si encara no l’heu vist.
Aquí, en aquest darrer link, heu trobat la seva línia biogràfica. Un bon resum en aquest clip amb un bon grapat de fotos del nostre personatge real. El bon amic Chris (ara Alex) va fer un report amb totes les imatges que ha volgut del seu periple, on il·lustra el que volia deixar-nos i la passió que envoltava tal experiència tan trencadora, i que al trobar-la ara, m’ha captivat encara més. I al trobar-la m’ha fet preguntar-me encara amb més força el que suposa aquesta decisió de l’asceta de decidir perdre’s en la vida, per poder viure la vida que esperaves viure i en la fugida endavant que suposen de vegades les decisions al prendre-les sense possibilitat de voltes enrere. Les seves del seu periple sempre eren molt clares i sempre arribaven a completar els seus propis camins amb una línia orientada que sempre anava encaminada a assolir les seves pròpies metes. Però entre dolors i totes les incerteses en les que semblava agafar-se en tots els seus avatars.
Però l’assumpció de les amistats i dels amors fan renéixer en el nostre heroi els eterns conflictes de la por, de les ombres del dolor, al qual no semblen interessar-lo quan sembla estar dotat de moltes llums per experimentar-lo. La seva experiència era per ell molt més important i hi havia implicat tot el seu procés. En certs moments sembla estar molt més allunyat d’ell quan paradoxalment es mostra més allunyat d’aquesta faceta. Aquí apareixen les contradiccions. Aquelles que renaixen quan, en cert moment, la llibertat ja ha deixat de ser aquesta reminiscència en la que afrontava qualsevol camí de la seva experiència. Aquestes són algunes de les reflexions que volia aportar-vos mentre estic preparant un article que us llegiré sobre una carta que va publicar un pare al seu fill, de la qual me’n volia fer ressó i en les reflexions que m’ha provocat. Espero que aquestes visions que us regalo (pel que sé ja alguns ja coneixeu la història) volia que poguéssim repensar-nos sobre aquesta visió que segur tots duem dins!! Perquè segur que tots hem estat en algun moment Alex, en algun moment de la vida. A veure què us sembla!!
Seguim en aquestes reflexions del que som i podríem ser……… i de la possibilitat de viure en les construccions que sentim en el més profund….Deixeu-vos portar per les aromes que us traspassaran de ben segur gràcies als aires de la peli. into the wild

DE NEGRE

IMG_0586L’home del barret.

Al meu àlbum de fotos ocupa quatre planes. Quatre planes, gairebé quatre anys, un trau a bell mig de la meva vida. Quan les repasso, puc saltar-les de cop, perquè de no tocar-les, s’han acabat enganxant. Però de tant en tant les obro i de cop salta un període de la meva vida del qual fins ara no he volgut parlar. Ni amb vosaltres ni amb moltes de les meves amistats. Amb el pas del temps, les pàgines es van esgrogueint i aquell noi ingenu vestit de negre que hi surt cada cop sembla més un ET. Però potser no l’és tant.

L’escena comença en un entorn romàntic: una avinguda de plàtans que condueixen cap a una església cistercenca. Un començament de tardor un taxi creua l’entrada, marcada per una creu de terme, la creu de Bécquer, allà on el poeta  va escriure unes cartes, “Cartas desde mi celda”.

El camí està tapissat de fulles mortes. El taxi s’atura a mà dreta de la portalada, allà on hi ha l’hostatgeria on Gustavo Adolfo va escriure, tot mirant un cel plumbi com el d’aquest vespre.

Del taxi baixen els meus pares, capcots i la meva germana, encara de quinze anys, que duu una còfia recollint-li els cabells. Jo només en tinc 17 i he acabat el Preu amb bones notes. A Sepúlveda, on he passat les festes d’agost amb els avis, moltes mosses se m’han acostat. No es volen creure que aquest tros d’home, tan alt i ben plantat, vagi per capellà. He corregut vaquilles, he fet com que ballava amb alguna noia. Res de l’altre món. El meu cos és d’home, però encara sóc un nen, una mica astorat davant de la vida. He corregut poc món; sóc molt maldestre en les relacions amb les noies i amb els companys. Sobretot, sóc encara –i ho continuaré sent molt de temps- un infant bastant emmarat, que desconeix les coses més elementals. Encara em recordo les rialles que m’adreçaven els companys de campament al Pirineu. Com pot coexistir en el mateix cos un nen penjat de la seva mare, que cerca la seva aprovació constant i un altre fascinat per la física subatòmica, la química de laboratori i la situació política? Segurament és una barreja explosiva.

Sóc un nen curiós, preguntaire, apassionat per les Matemàtiques, que contemplo com una mena de Teologia d’un impossible ordre del món. I per la poesia de Rosalia de Castro (m’havia passat nits senceres llegint els seus poemes, fins i tot els escrits en gallec). Encara guardo molt d’aquest bagatge. Però davant de les amenaces del xuletes del Col·le no sé què fer. I no sé com seduir una noia. Mai he tingut cap xicota. Ni tan sols he sortit a soles amb cap de les amigues de la meva germana.

Quan el taxi que m’ha portat allà, a Veruela, marxa i em quedo sol, m’envaeix una barreja de sensacions de desconcert, incredulitat. Què faig aquí, al mig del no-res, sense la família, sense conèixer ningú? Què m’ha portat fins aquí i per què?

Des dels 15 anys he anat a les “Congregaciones marianas” dels jesuïtes d’Osca. El Padre López  fa per a mi el paper de pare mentor, cosa que el meu pare de debò mai va saber fer del tot. Em passa lectures i és, malgrat tot, la meva millor finestra al món. A través seu m’assabento que al món passen coses: els Beatles, la cançó francesa (i més endavant, la catalana), la lluita estudiantil…

Aquest noi una mica atemorit, que no sap manegar-se al món, de cop i volta aquest vespre de setembre es queda sol. Li donen una cambra i uns llençols. Tot molt monacal, una mica fred. Bécquer se sentiria molt inspirat, però jo estic desconcertat. Desfaig la maleta i quan, després de les oracions, m’estiro al llit, començo a sentir un soroll rítmic, compassat. Al començament no sé de què es tracta. Els dies següents ho sabré: són companys meus que s’estan flagel·lant a les habitacions veïnes. Em sobta i de primer sento un sentiment de rebuig, però al cap d’us dies seré jo qui faci el mateix que els altres. Fins i tot em clavo un cilici: de primer no l’estrenyo massa, però més endavant l’aniré estrenyent fins que em quedin marques de sang, el senyal del sacrifici.

Tot l’ambient és d’altres èpoques: em passejo per un claustre gòtic meravellós. Mengem en un refectori renaixentista. Les nostres cel·les estan obertes al cerç del Moncayo. El monestir té una muralla que l’envolta i que abraça també un hort, una arbreda, un camp d’esports i un jardí. Aprenc a rentar-me jo mateix la roba, a fer-me el llit i a anar en bicicleta (a còpia de trompades; en saber muntar en  bici també sóc tardà, com en altres aprenentatges).

Anem als pobles veïns pedalant i participem en els oficis litúrgics. En un llogarret, Añón, sobre un turó coronat per un castell de l’ordre de Malta, un home ens explica que durant la guerra van llençar el capellà del poble rodolant pendent avall. Ara les passions anticlericals semblen apaivagades i la gent ens rep amb resignació. Al poble principal, Vera, fins i tot podem anar a votar el referèndum de la Ley de Sucesión franquista. Comprovo com la gent va dipositant el seu vot i el president de la taula comprova el contingut del vot abans de ficar-lo a l’urna mirant-lo a contrallum d’una potent bombeta. Per a mi és una demostració de com funciona la dictadura a nivell local.

M’emprovo la meva sotana, que no em queda pas malament. Això sí, amb la tira del cinturó, marca dels jesuïtes. Els pares em venen a veure, encantats. Curiosament em mostro més liberal que no pas ells: el meu pare té escrúpols per comprar-se un cotxe i l’hi animo. La meva germana comença a sortir amb el seu nòvio i em consulta si li pot fer petons. Endavant!, li dic.

De portes endins, però, visc una molt forta repressió emocional i sexual. Estan fins i tot prohibides les converses a dos (han de ser a tres com a mínim) per tal d’evitar allò que eufemísticament diuen “amistats particulars”. Moltes nits d’insomni, però, surto a caminar amb algun company, contravenint la norma. La litúrgia de disciplina, cilici, negació del contacte –de qualsevol mena- entre els cossos, continua i s’intensifica, sobretot durant el fred hivern i la Quaresma.

Això no obstant, allà aprenc a llegir els clàssics, com ara Quevedo i fins i tot el diví marquès de Sade. Allà escolto Bob Dylan, Serrat, Joan Baez… S’accentua, doncs, encara més aquesta dissociació dintre meu.

Recordo que una primavera –jo devia tenir llavors 18 anys-, dintre d’allò que els jesuïtes anomenen “proves” m’envien a un Hospital de València. M’hi passo tot un mes exercint la humilitat, rentant peus i atenent malalts abandonats per les seves famílies. També treballo una temporada recollint cartrons en una draperia per fer diners per mantenir un orfenat. Més tard faré de manobre a una fàbrica de rajoles. Visc aquella època a un pis amb altres “novicis” com jo. El noi emmarat i ingenu pren de cop i volta contacte amb el món real: l’oposició clandestina, Comissions Obreres, el Che… i també la invasió de Txecoslovàquia. Acabo el dia mort pel treball esgotador de la fàbrica. Quan un dia trenco el secret i confesso als meus companys obrers que sóc estudiant de jesuïta, no s’hi saben avenir.

Ara que hi penso, aquesta vida meva com a jesuïta és com un vestit fet a pedaços. Pedaços que no acaben de lligar, fins a un moment que el vestit acabarà esquinçat. Recorro els carrers de València, boig en veure les noies en minifaldilla. Recordo que al meu quadern de llatí anoto la paraula: “parva mineapola supra crura”. Tot plegat, bastant patètic  i contradictori.

Acabat el tancament monacal a Veruela (amb el seu inacabable mes d’Exercicis espirituals, sense parlar ni un mot), em traslladen a Aranjuez i més tard a Alcalà. La Universitat Pontifícia de Comillas ens fa unes classes de Filosofia i Psicologia. Allà sento a parlar de Husserl, de Teilhard de Chardin, de la Gestalt… Però quan anem a Madrid, llavors en plena ebullició, sentint el terratrèmol sota els peus. Marcelino Camacho ha estat detingut i sento cridar “¡Libertad para Camacho!”. Algunes esglésies estan obertes, s’hi fan assemblees. A la nostra casa d’Alcalà fem una trobada del que serà l’ORT, sota l’aixopluc de l’HOAC.

El noi ingenu continua, però, dividit: a la tarda participo amb l’HOAC i la JOC de l’activitat política. I els caps de setmana he d’anar a un barri dels afores de Vallecas (on arriba la influència del famós Pare Llanos, un jesuïta que havia estat confessor de Franco i que ho havia deixat tot per anar a viure com a obrer a un barri de barraques, el Pozo del Tío Raimundo). Allà els nois a qui he de fer catecisme es foten de mi, de la meva ignorància vital, de la meva imperícia.

El món llavors està canviant. Dintre de la Congregació conec jesuïtes molt singulars: des de poetes maleïts a ateus confessos; des de golafres a ascetes; des d’ultres a revolucionaris. Com a universitari que sóc, m’apunten al SEU i m’envien a treballar al camp tot l’estiu, a un poble de la vall del Jiloca. El SEU llavors –de seguida hi veig- està corcat per activistes del PCE que aprofiten per fer proselitisme a les zones rurals. Hi parlo, vaig omplir-me de dubtes religiosos i de fe. Allà coincidiré amb una noia universitària com jo, amb qui tindré una petita aventura que serà la gota que farà vessar el got. En acabar l’estiu decideixo penjar la sotana. Havien passat poc menys de 4 anys i la meva vida tornava a començar.

Mirant-la des d’ara em pregunto: com vaig ser capaç d’esgotar 4 anys de la meva joventut d’aquesta manera? Quatre anys fonamentals del pas de la joventut a l’adultesa, els de la flor de la vida! Quina empremta indeleble han deixat en mi? Aquestes quatre pàgines del meu àlbum de fotos, ni que les vulgui passar de cop, hi són. Hi són en forma de dificultats de relació, de repressió sexual. Aquest desequilibri raó–emoció, que crec que està present en tots els homes, en mi està exacerbat. Sobre aquest edifici, com un basament irregular, he anat bastint la casa de la meva vida, del meu caràcter. I, és clar, no és estrany que la casa tingui esquerdes i que hagi calgut refer-la gairebé de nou diversos cops.

Però aquests són els meus fonaments. No puc tornar enrere i canviar-los. He obert el meu cor i –no sense vergonya- ara em coneixeu un xic més bé, amb les meves mancances i els meus talents. No vull que em compadiu: estic fet d’aquesta manera en gran part per decisió meva.

Simplement vull fer d’aquest meu despullament d’un banda un acte d’autoanàlisi i d’altra un acte polític de denúncia. Les diverses construccions socials de la masculinitat tenen això en comú: un home és sovint una bomba a punt d’esclatar: aquesta tensió entre les nostres idees, la ideologia, d’una banda i les nostres emocions, les nostres dificultats de relació d’una altra. De formes molt diferents, però és així. Podrem algun cop construir una manera d’estar al món més harmònica, més a partir de nosaltres, de les nostres experiències, on les idees i les emocions vagin de la mà? En aconseguir-ho està en gran part el futur de la Humanitat, que nosaltres hem construït a la nostra imatge i semblança.

 

UN ATASCO II

Un aullido agudo y punzante acaba de coagular de golpe, ese mar de nostalgia en el que la dulce cadencia de Moustaki me había sumergido. Vuelvo al mundo real de las cosas reales, de esas que labran su existencia sin dignarse a pedir nuestro consentimiento. Es la radio, ha perdido la frecuencia; para ella debe ser como precipitarse en la nada, como perder el sentido, de ahí, supongo, esos irritados estertores con los que reclama  que alguien la ayude a que, de nuevo, fluyan las palabras y otros sonidos inteligibles, a que alguien la salve del horrible silencio. Entiendo su dolor, que es el mío, y muevo el dial  hasta sintonizar voces coherentes.

Me lo  paga con una hermosa voz que anuncia atasco para rato; un camión de materias peligrosas ha volcado su carga sobre la calzada y la descontaminación será lenta. Así que, aquí estoy, aquí estamos, atrapados, confinados, cada uno en su vehículo, cada uno entreteniendo la soledad a su manera, amueblándola con tantos cachivaches simbólicos y materiales como la marea de la vida le haya arrojado a las playas del presente: melodías, recuerdos, sueños, ilusiones, alguna  rota, la itv que ya vas fuera de plazo.

La situación da para metáfora de la vida, de mi vida, en la que me siento tan aislado y atrapado como en la caravana, rodeado de vecinos  mudos y sordos a mi existencia, sin vida alternativa por la que zafarme, sin atajos conocidos, ni siquiera un estrecho sendero por el que huir a pie sin peligro de precipitarse en la nada, sólo vías muertas, carreteras inacabadas o esta larga espera antes de llegar a casa, si existe tal cosa.

 

Hoy es uno de esos días turbios, en los que uno le pide al santo de los ateos que le permita desvanecerse en la bruma, aunque sea tóxica como la que anuncia la hermosa voz de la radio,  para reaparecer en un lugar lejano con fabulosos paisajes de una infancia prestada, a ser posible “perfumadita de brea y de mar Mediterráneo”, para renacer al mundo cabalgando un pasado exuberante y sin mácula, un pasado sin rotos ni desconchones por los que supure la húmeda sustancia de la nada. Eso sí, por lo que más quieran, absténganse los dioses de castigar al demandante con la pesada broma de cumplir sus deseos al pie de la letra, la nueva vida  solicitada debe prescindir de las faltas y carencias de la que ahora me habita y de otras nuevas de infame cosecha. Pero, ya, me doy cuenta, santo de los ateos es una contradicción en los términos, por eso, supongo que nadie atiende mis plegarias y permanezco cosido a éste, mi pequeño y estrecho cosmos. Esperando, siempre esperando, con la vista dirigida a un horizonte en el que no se conozca el miedo, la ira, la fragilidad o la violenta soledad. Un horizonte infinito que nunca llega y de cuyo contenido real nada se sabe. Mientras tanto, mientras no llega lo que no parece llegar, o yo disuelvo mi impotencia para salir a su encuentro, hay  que conformar el alma  con alguna breve mirada cómplice, de soslayo, por el retrovisor,  nada exagerado, lo justo para seguir nutriendo la esperanza sin por ello colisionar con otros, como yo, absortos en no descarrilar  sus vidas atascadas.

Ojalá pudiera cambiar de vida como quien cambia el dial de la radio, vivir otras vidas, elegirlas y rechazarlas a la carta, adoptarlas para siempre, aunque sólo fuera un rato. Ojalá pudiera vivir un instante, sólo uno, la vida de Pablo, no para quedarme, eso no, sino para sentir su olor, el de su vida (a mi estrecho entender  las vidas, como las casas, deben tener un olor propio e intransferible) cómo respiran sus pulmones, cómo late su pulso, cómo miran sus ojos, y qué hace con el miedo,  o con el amor, o con el tedio y el fracaso. Si semejante cosa me estuviera permitida podría comprobar si siente como yo siento o, si como creo, cada uno lo hace a su manera y si mi manera es acertada o desviada, luminosa u oscura, podría comprobar si su fracaso se colorea con el mismo pantone que el mío o es de una gama más noble, o más plebeya, o un puro invento de mi malsana conciencia.

Viviendo otras vidas, de primera mano por supuesto, podría orientarme con la mía y resolver alguna duda que me perturba;  si he construido y modelado mi vida  con el pulso de la voluntad, con sus aciertos y sus fallos, o si se ha precipitado sin dirección ni criterio, como un arrecife que incorpora como propios los restos del cualquier naufragio. Me pregunto si mi camino ha sido distinto del de Pablo por mérito propio, o por una marca de nacimiento, o un injerto incorporado en algún momento de mi crecimiento que han predispuesto todos mis actos. Si fuera lo primero, una cuestión de mérito, aún estaría a tiempo de enderezarla o despeñarla, de elaborar nuevas y sofisticadas estrategias con la que burlar el fracaso; si fuera lo segundo, bueno si fuera lo segundo, no tendría más remedio que arrojarme un puñado de palabras a los ojos para, semi-cegado, seguir viviendo como si fuera lo primero, como si mis actos estuvieran contenidos en mis palabras. De hecho, puede que estas palabras que escribo sean eso, no en vano hace tiempo que mis lágrimas caen, cuando lo hacen, como arrastrando textos o siguiendo reglas ortográficas.

Parece como si el vertido tóxico, por otra parte cada vez más evidente, me estuviera afectando las neuronas y envolviéndolas en una pátina de gilipollez: me acaban de jubilar,  mi pareja se desmorona, mis redes sociales hechas añicos, mis hijos a su bola, la soledad y el vacío me hielan la nuca, y por si fuera poco  ese paraíso de igualdad, amor, bondad y justicia  que debía liberar mis angustias hace tiempo, sé que no se le espera. Y yo, aquí, en pleno atasco, dándole cuerda al intercambio de existencias, como si las existencias fueran un lego con sus piezas intercambiables y universales, como si los pasados y los presentes pudieran permutarse a la carta. Sé que nunca podré traspasar los estrechos límites de mi subjetividad  enquistada, que el mundo de lo otros me está vedado más allá de alguna referencia literaria o de alguna pulsión empática, siempre aproximada. Sospecho que, si estoy jodido, jodido me quedo, que no habrá trasfusiones de otras vidas que activen mi torrente sanguíneo y que, cualquier vida alternativa sólo puede venir de un saber que se me escapa, o del caprichoso destino, o del no menos caprichoso universo de lo imaginario, más generoso, pero percibido siempre como un cuerpo extraño, como una prótesis que no acaba de ajustar y lacera el cuerpo en los puntos de contacto.

Aunque bien pensado, y dado lo dado, no están los tiempos como para despreciarlo. Quizás explorando en lo real imaginario, retorciendo palabras y recuerdos, fabulando narraciones, rellenando con imaginación los agujeros de la memoria pueda vestir mi vida, como la mona de seda, y construir una narración, mitad hechos, mitad relatos, que acoja y acomode mi existencia, y quién sabe, quizás con un poco de empeño, encuentre esa marca de nacimiento, ese implante temprano que dicta el umbral de rango de mis actos, para, con un poderoso cóctel de palabras, conjurar y  neutralizar sus efectos, si es el caso.

El violento sol que hace sólo unos minutos atacaba el parabrisas con ánimo de fundirlo, empieza a rendirse ante una nube oscura y densa que avanza sinuosa y amenazante. El olor perturbador de alguna sustancia química va haciéndose cada vez más penetrante; mientras, las notas de Mediterráneo que sonaban en la radio vuelven a ceder paso a la voz hermosa que, en tono preocupante, anuncia que el vertido tóxico se complica, que han acordonado la zona, que un gas de impronunciable nombre parece expandirse por la atmósfera. Se desconocen sus efectos y recomiendan permanezcamos en los vehículos con las ventanillas  levantadas. Al aislamiento cabe añadirle inquietud e incertidumbre, lo dicho, como la vida. Nos tendrán informados, no sé como tomármelo si con agradecimiento o con un reniego, últimamente cuando nos mantienen informados es para incrementar nuestro miedo, nuestra vulnerabilidad, nuestro recelo al otro, nuestro aislamiento y un cierto Síndrome de Estocolmo hacia quien asegura, a pesar de habernos contaminado, tener en sus manos el antídoto para salvarnos. Como lamento que nadie nos mantenga informados cuando la vida se tuerce o se malogra y sólo nos queda mirar al cielo, a ese inquietante espacio infinito, en el que encima yo sólo encuentro  al citado dios de los ateos, nada que ver con ese otro, todopoderoso y omnipotente que hacía andar a los paralíticos; bueno, este ayudarme no me ayuda, pero al menos, con él, unas risas si nos echamos.

Vuelve a sonar Mediterráneo, será para que la nostalgia  distraiga la incertidumbre, y Pablo me vuelve a la cabeza. Me pregunto ¿por qué si Pablo y yo vivimos en el mismo Mediterráneo que el poeta  jamás “sus aguas besaron” nuestro barrio? al que sólo lo bañaban unas salvajes riadas que ayudadas por una urbanización insensata se llevaban por delante todo lo que encontraban a su paso. ¿Por qué mi niñez “no jugó en su playa”? sino en montañas de  escombros que la ciudad generaba y que,  como el mar, arrojaban inimaginables objetos a los juegos de nuestra infancia. También nosotros llevamos la “luz y el olor” de aquel mar, de escombros, “donde quiera que vayamos”. Es curioso, todo y que “mi primer amor no duerme escondido tras las cañas” una casi lágrima llena mis ojos cada vez que esa canción suena, al final, supongo, que cada cuerpo tiene su Mediterráneo, y cada uno destila el perfume de la infancia a su manera y con los materiales que la vida le arroja. Me temo que la infancia sea la única patria y, el crecer, la piedra que lima todas sus asperezas.

Pablo fue un compatriota y, de aquel perfume común, hizo su propia pócima. Confió en salvarse de todo infortunio  arrojándose a ese mundo de hombres fuertes en el que deseaba ser el más poderoso. Él siempre me decía “cada uno ha de ser capaz de resolver sus propios problemas, sin pedir ayuda, sin lamentarse, si no,  es que no vales nada” creo que la voz de su padre – un duro y severo jugador de pelota vasca, intuyo que no sólo golpeaba la pelota- latía en sus palabras. Pero ahí está, arrodillado y maltrecho en la cuneta, me temo que engullido en el pozo oscuro de la violencia que él mismo ha alimentado, y vencido por su propia soberbia y por su propia ignorancia. Pero, y yo, ¿acaso no he sido, a mi manera, igual de soberbio e ignorante? Recuerdo, como en mi juventud fui tan necio de creer que mi vida era más feliz y plena que la de mis padres o los que eran como ellos, “alienados e ignorantes, expulsados del vivir autentico”. Confié en construir una humanidad nueva, un   mundo justo e igualitario en el que la educación, la solidaridad, la libertad y la gran política, tal como yo la entendía, iban a tejer redes inexpugnables que nos salvarían de todos los males e infortunios, incluidos la soledad y la violencia que, a todas luces, decíamos, no eran más que efectos colaterales de un modo de producción determinado. Y hoy, a pesar de reconocer algún acierto, que no es poco, me asalta la duda de si estaba equivocado, o si he sido derrotado, o alguna cosa importante olvidé en ese tránsito. La cuestión es que algo se torció en el camino, si no estuvo siempre torcido, para que me encuentre aquí, encerrado y aislado en mi vehículo, en mi vida, vencido por el vacío, la soledad y el aislamiento, y temiendo que algún amigo de las soluciones fuertes, como Pablo, me  pisotee en su  camino.

No sé si mi fracaso empezó a gestarse también en aquel extrarradio y se fue filtrando, latente, en la narración del mundo que a partir de allí fui construyendo, o es anterior y arranca del  mismo inicio, o incluso antes. De hecho, yo podía haber elegido el camino de Pablo y estar hoy golpeado y maltrecho en alguna cuneta. Los dos éramos hombres y ocupábamos la misma línea de salida, pero no lo hice. Ahora sé que yo no elegí no ser Pablo, porque no podía hacerlo, porque las cartas estaban marcadas desde mucho antes, porque algo en mí me inhabilitaba para elegir el mundo que él generosamente me mostraba.

Quizás sea necesario realizar el esfuerzo de viajar al origen, a ese momento primigenio en el que uno irrumpe en el mundo ( como posibilidad, que diría la filósofa). Quizás allí sea posible encontrar la marca del fracaso, sea fracaso lo que sea y no se entienda aquí  como lo contrario del éxito, sino como un sentimiento vago y difuso de no encajar la vida y el cuerpo, de no haber sabido construir con el material entregado un refugio, un hogar cómodo y seguro. Así que tendré que escarbar y ordenar los restos del pasado en un intento de desvelar la cadencia de mi destino, todo y que no anticipo una tarea fácil, ya que no siempre puedo discernir claramente, entre los recuerdos verdaderos y los prestados. Mucho menos aquí, metido en este atasco, si al menos tuviera fotos, o alguien a quien consultar y contrastar datos, aunque quizás fuera peor y acabaran por usurpar y colonizar mi recuerdo, que me temo no se acerque tanto a los hechos como a  la huella que éstos dejaron en mi cuerpo.

La hermosa voz de la radio, ha mudado a marcial y seca, desplegando una retahíla de consejos prácticos con los que  hacer frente a las horas de espera con las que parece amenazarnos. Su llamada a la tranquilidad sólo introduce preocupación y la íntima convicción de que las horas seguirán cayendo, así que ¿por qué no entretener mi tiempo con el recuerdo? No tengo papel, quizás sea lo mejor hilvanar los hechos como narrándolos, como explicándolos a un tercero, desconocido, mudo y silencioso, como los vecinos del carril contiguo.

Yo, nací grande, cinco quilos de grandeza, en un mundo pequeño que veneraba lo grande. Me alimentaron como a una oca para que aquel niño grande borrara para siempre la pobreza de la que veníamos. Vivíamos en una casa de 50 metros: mi tío, mi tía, sus tres hijos, mi padre, mi madre, mi abuela y yo, y a pesar de la estrechez, que se puede imaginar, nunca faltó en aquella casa un espacio para despensa, un armario repleto de paquetes de harina, azúcar, legumbres, etc., por si volvía la guerra y la escasez nos golpeaba, hecho que da cuenta del orden mental que imperaba en aquel pequeño espacio. La única ducha a la que teníamos acceso (el baño estaba en la terraza comunitaria)  era una tina de zinc que mudaba de habitación en habitación según quien fuera el usuario del baño semanal, (en verano, el lavadero, una auténtica fiesta para los pequeños). Aunque todo y la precariedad, de la cual no tenía noticia en aquel tiempo, puedo asegurar que no tuve una infancia de Dickens. Aquel mundo ínfimo no era motivo de infelicidad para aquel niño grande, porque mi madre me amaba con locura, y mi padre trabajaba doce horas al día para que siguiera siendo grande, y porque me querían mis primos y tíos, y mi abuela que me acogía en su cama en noches de desvelo. A mi primo pequeño, lo adoraba; compartimos cama hasta los cinco años, nacimos casi al mismo tiempo y sin embargo, y por eso lo cito, nos guiaba ya desde el origen  un destino  escindido. En una de las pocas fotos juntos que recuerdo, en blanco y negro, los dos frente a la roída puerta del baño, con más o menos cuatro años, ya se pueden leer en nuestros cuerpos futuros bifurcados, el suyo más próximo al de Pablo. Cuanta diversidad en tan pocos metros cuadrados.

Mis padres salieron de aquella casa cuando hice los cinco años. Para ellos era un sueño cumplido, supongo que compartir habitación con mis tíos no debía ser tan estimulante como cama con mi primo, y en cuanto pudieron, con mucho esfuerzo,  huyeron de lo que aquella casa significaba para ellos y, todo y que los lazos seguían siendo muy potentes, nos fuimos a vivir a la tierra prometida que el extrarradio reservaba a las familias con pocos recursos donde crecí y, entre otros, conocí a Pablo.

Fui amado y cuidado, en un tiempo frágil y precario, en un territorio de desecho, en un mundo que soñaba con el progreso que, zarandajas a parte, era concebido en términos de bienes materiales. Fueron llegando, poco a poco, de la mano de las horas extraordinarias y los  electrodomésticos que iban a entrar en casa junto con las letras de cambio.

Ese es el marco en el que se irán gestando las posibles claves que marcan mi camino, esa compleja mixtura de amor y precariedad, de cuidado y peligro, de “te quiero más que a mi vida” y hombres del saco.

Mi madre siempre temerosa y asustada, y mi padre ejemplar, severo y normativo, construyeron a mi alrededor, una red protectora, tan espesa y tramada, que acabó ahogando y lastrando mi crecimiento. El ahogo no fue sólo metafórico y el cuerpo acabó expresando de esa forma, el miedo heredado. Lo que ahora podría identificar como ataques de ansiedad, fueron  la oportunidad que me permitió traspasar aquel telón de acero. Médicos y familiares convencieron a mis padres de la necesidad de dejarme volar y de asumir los riesgos que eso comportaba.  Los consejos no llegaron del todo tarde y, con ayuda de mi primo, de Pablo y de muchas horas de correr por los descampados, pude acceder al mundo inhóspito y sus peligros, y por fin crecer en el mundo de los otros, hasta llegar a parecer  uno más entre los otros niños. De las niñas solo supe que existían y que su mundo tenía otra lógica, que por lo visto, cuando fuera grande ya comprendería, de momento bastaba con saber que jugaban aparte y que, al igual que los que tenían gafas, con ellas  estaba prohibido pelearse.

Pero yo llegué a aquel mundo competitivo, de dominadores y dominados, no demasiado bien pertrechado, tímido, inseguro, prudente y temeroso, y tuve que desarrollar múltiples estrategias para ocultar mis carencias. Conseguí no distinguirme del resto; el propio Pablo me reconocía como uno de los suyos, pero el precio fue vivir con miedo, con inseguridad y con un profundo sentimiento de vulnerabilidad que me ha acompañado desde que recuerdo. Me empeñé con todas mis fuerzas en  ocultar mis emociones y en la laboriosa construcción de un parecer sin ser, fuerte, valiente, arriesgado, duro, fracasé en parecer violento, siempre me produjo pánico, lo que tuve que compensar con más dosis de riesgo.

Mis padres jamás supieron de mis andanzas por el mundo, produciéndose una escisión profunda entre el mundo de dentro y el de fuera. En casa siguieron retrasando mi infancia y mi madurez, mientras, fuera encontraba el reconocimiento que dentro me faltaba. Creo que crecí con esas dos sombras, con el miedo a la vida y sus monstruos que se prodigaban en mi casa y  la necesidad de mostrar al mundo que ese temor no iba conmigo.

Un golpeteo en el vidrio me distrae de mis pensamientos:

– Abre por favor

– ¡Pablo! ¿Pablo? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado?

– Déjame entrar y te explico.

– Claro. No entiendo nada. Hace un momento estabas retenido por la policía.

– Ah, ésos. Nada, ni caso. Son unos pringaos que no se enteran de nada, pero no tengo el seguro renovado y me han inmovilizado  el coche, así que he pensado que me podías llevar a algún sitio. Pero dame un abrazo, joder, cuanto tiempo.

– Sí claro, cuánto tiempo, ¿pero qué te ha pasado antes?

– Nada grave, ya sabes, la gente, son como corderos, siempre  acoquinados por las normas, y a la que alguien intenta seguir las suyas propias se escandalizan, en el fondo todos estaban deseando seguirme por el arcén, sólo que no se atreven.

– Hombre, algunos no lo vemos así, y tus normas me parece que tiene más de jeta que de inconformismo.

– ¡Va! así lo veis los cuatro idealistas como tú. Veo que no has cambiado, aunque para ser sincero siempre me gustó esa  ingenuidad tuya, pero la verdad es que no va a ninguna parte, a la que las cosas se complican necesitáis a tipos como yo, sino a que recurrir a la poli. La naturaleza humana es miserable y mezquina y vosotros seguís empeñados en llenar la tierra de bambys, que luego se convierten en carne para las fieras.

– Y claro, tú eres una de esas fieras, menos lobos Caperucita, que a estas alturas de la fiesta ya se te deben haber caído todos los colmillos, y me llamas a mi ingenuo ¡por Dios! Pablo, no se puede ir por ahí avasallando y golpeando a la gente y salir ileso.

– Bueno no te pongas dramático que ha sido una tontería, pero es que el personal es muy delicado y los maderos están donde menos se les necesita.

-Joder, Pablo, veo que tú tampoco te has movido ni un milímetro.

– Más de lo que te imaginas, antes me impulsaba la fogosidad y el deseo, ahora el rencor y la mala leche, pero bueno, esa es una historia muy larga, y ahora, joder, estoy  emocionado de volver a verte.

– Sí hace ya mucho tiempo, creo que la última vez fue en la mili.

– Bueno aquello casi que no fue vernos, no, no nos vemos desde mucho antes, desde el barrio.

– Sí, bueno, yo me fui del barrio y la distancia……

– Venga, venga, o mientes o te falla  la memoria, o las dos cosas, tú sabes que dejamos de vernos mucho antes, justo cuando te apuntaste en aquella especie de centro excursionista.

– Sí es verdad,  me llenaba mucho tiempo.

– Bueno, no te justifiques, entonces me jodió un poco, yo te apreciaba de verdad, pero más tarde entendí que me dieras la espalda, yo ya empezaba a ser excesivo para ti, creo que incluso lo era para mí, si hubieras seguido en mi camino te habría metido en más de un lío. Siempre me caíste bien, eras un tío legal, buena gente, un poco apocado y algo miedoso, pero no eras un llorica y nunca  te rajaste; y eso para mí valía mucho, en el fondo, más de una vez, me hubiera gustado ser sereno y prudente como tú, pero eso era imposible, los papeles ya estaban repartidos y a mí me tocó ser Pablo.

– Bueno, yo también te apreciaba, aunque a veces te temía, pero creo que de alguna manera estoy en deuda contigo, siempre fuiste atento y próximo conmigo, y me ayudaste a conocer que había vida más allá de las murallas de mi casa, que en aquel tiempo eran muy altas. Contigo aprendí a ser más osado, más valiente y no me refiero a partirse la cara con nadie que sería tu lectura, sino a aventurarse a traspasar límites, a explorar más allá de lo que era permitido, eran límites pequeños como lo éramos nosotros, pero luego, cuando fueron más grandes me encontraron con la lección aprendida.

– ¡Joder! me llegas al corazón, hace mucho tiempo que nadie me agradece nada,  pero he de reconocer que tú fuiste un alumno aplicado, más listo que yo, más miedoso pero más listo, tú supiste qué límites se podían traspasar y a cuáles mejor ni acercarse. A mí la sangre siempre me ha cegado y me metí  en un montón de fregaos de los que, sólo viéndote, estoy seguro que ni  has olido, en la droga, en la cárcel, en tantas cosas, que si supieras…, y de las que no sabes cómo me arrepiento.

-No, no es una cuestión de ser más listo, tú nunca fuiste tonto, pero creo que pusiste la inteligencia en el mismo saco que la fuerza y se la acabaron comiendo los gusanos de la violencia, no, no es la inteligencia lo que me ha salvado, si acaso me he salvado, sino el temor y la prudencia, que creo venía de mi madre, y un cierto sentido de la justicia, que creo venía de mi padre. Bueno, me parece que cuando tu ley es la del más fuerte tarde o temprano te acaba devorando. Aunque he de reconocerte que esa prudencia y mesura, que impidió que  siguiera tu camino, también acabó siendo un obstáculo en el mío.

-Hombre, pico no te falta, pero seguro que es más lo que te has ahorrado que lo que te has perdido.

-Es posible, yo también lo creo así, pero a pesar de ello, el balance de mi vida no se inclina fácilmente hacia la felicidad; creo que me ha preocupado demasiado no estar a la altura, que los otros me despreciaran y ningunearan, y un cierto temor, no  a la muerte, sino a la vida; creo que eso admiraba de ti, tú te enfrentabas a lo que fuera, aunque…, no te molestes, me sabe mal que hayas dilapidado tu valor en machadas inútiles.

Y tú, Pablo ¿dirías que has sido feliz?

– Menuda soplapoyez, he sido y sigo siendo y punto, he pasado momentos buenos y otros malos, y bueno, sí es verdad yo no temo a nada ni a nadie que pueda derribar con los puños, pero, a ti te lo puedo decir, la soledad o la enfermad o el desamor te aseguro que no hay puñetazo que los tumbe.

– Pablo ¿tú sientes que has fracasado?

– Joder, vaya preguntitas me haces, te aseguro que a cualquier otro lo hubiera enviado a la mierda pero no sé porqué tú siempre conseguiste arrancarme palabras que ni sabía que existían. Que quede claro, todo esto no lo repetiré ante nadie; no sé si he fracasado, o no me lo quiero reconocer, una vez me dijo un tipo parecido a ti, que los que hacemos del vencer el motor de nuestra vida, cuando perdemos, lo hacemos el doble; primero porque perdemos los logros materiales del vencedor, pero después y más grave, porque nos sentimos miserables por haber perdido. Puede que el tipo tuviera razón, no sólo pierdes el partido sino la autoestima, el honor, la hombría, o como quiera que se llame eso jodido que se te escapa en el envite. Pero bueno, no sé si fracaso es una palabra demasiado fuerte; de todo ha habido en mi vida y, ahora que ya tengo una edad, puedo decirte que lo mejor que me ha pasado es haber amado y lo peor no haber amado bastante.

 

– Oiga, oiga ¿me esta viendo usted?

– Claro, claro que le veo, pero ¿quién es usted y por qué va metido en esa escafandra?

– ¿Cuántos dedos le estoy enseñando?

– Tres, tres, pero que tontería es ésta y qué hago yo aquí estirado en la cuneta.

– Ha tenido usted una alucinación por inhalación excesiva de gases tóxicos, pero no se preocupe le hemos inyectado un antídoto y poco a poco irá volviendo a la normalidad, y cuando se despeje la carretera podrá volver a su casa.

– Hombre, ahora mismo no sé qué es la alucinación y qué la realidad; esto es tan increíble como la conversación que tenía con… ¿Dónde está Pablo?

– Aquí no había nadie, me temo que el tal Pablo está sólo en su cabeza.

– ¡Por Dios! no me haga esto, él era una puerta a mi pasado. Y, ¿cómo sé que no es usted el que está sólo en mi cabeza?

– Bueno amigo, yo soy sólo enfermero y en esa disquisición no podré ayudarle. Puede usted hacer dos cosas: acogerme como la realidad que ha venido a salvarle del sueño o, como el sueño que le permite escapar de la realidad, las dos vías son buenas siempre que deje descansar a ese Pablo y se quede aquí, en mi lado del mundo, o tendré que evacuarlo  y la verdad,  vamos un poco desbordados.

 

 

27/03/2016

 

 

 

 

 

Una bienvenida especial (“Todavía se está buscando”. Salva)

Este viernes anterior sabía que sería especial. Un sabor más que especial que seguro que no decepcionó a ninguno de los presentes, sobretodo por las resistencias que pudieran existir aún entre nosotros, que parece que ya han encontrado importantes grietas para ampliar definitivamente las vías de escape de todas nuestras narrativas. Estoy más que seguro de los compromisos en los que estamos envolviendo estos proyectos personales y orgullosísimo de aquello por lo que cada vez nos consolidamos nuestros vínculos digamos artísticos o creativos. Para ello os quería mostrar esta entrada al grupo de Salva porque, aparte de sorprenderme muchísimo por el talento que dejó que se escurriera por entre los muros de esta sala, por esta voz personalísima que sugirió dulcemente Salva (como muy bien dijo Víctor muy iluminadora para todos, por lo que vamos componiendo últimamente), y por como fue recibida por el grupo, más por lo que nos propone para el futuro. Por ello tuve sensaciones de puro placer y orgullo por lo mucho que me emocionó que un ser tan sensible y bien amueblado como Salva se pudiera abrir en canal (aunque fuera breve) y lo hiciera de esa forma, es que éste es un grupo plenamente solidificado para retos y emociones bien consolidadas y potentes, para sobrellevar cualquier cosa. Y esto es algo que hay que conllevar como consciencia de grupo y seguir conmoviéndonos para sentir esos vínculos tan en fraguas constantes que siguen moviéndose a cada sesión. Os dejo con Salva y con su delicadeza tan estimuladora que nos dejó perplejos!!  …y todavía se está buscando…seguro que así contactarás pronto -amigo Salva- con algunos trazos determinantes de tu esencia más creativa!!

 

(SALVA Y SU NARRADOR) Está sentado en una postura no del todo cómoda, con las piernas cruzadas y las manos en el centro. Cierra los ojos. Respira. Nota el aire fluir por su piel, acaricia sutilmente su bigote y las aletas de su nariz. Intenta poner la mente en blanco. Lo consigue con cierta facilidad. Pero una mota de orgullo mancha el blanco de su mente. Ya no hay silencio, al menos ha conseguido poner la mente en blanco roto. Con un par de respiraciones barre el polvo de su ego, lo destierra para momentos más egoístas. Este es Salva, una combinación única de estructuras físicas, mentales y socioculturales. Un reto para los cuantitativistas; un borrón intermitente en las estadísticas que lo vuelven irrelevante a los ojos de los poderosos. Uno más. Una gota de lluvia que cae irremediable entre tantas gotas iguales pero únicas; el sol nos mira impasible pues, al final, toda agua del cielo cae y desaparece. Este pensamiento le concede cierto alivio. Algún día acabará esta soledad compartida.

Para contentarse, le gusta mirar a los desconocidos que aparecen y desaparecen por la calle mientras camina. Les mira a los ojos y sonríe. Eso le encanta. En un mundo ideal, los desconocidos le sonreirían como espejos empañados de júbilo. En un mundo ideal las personas se besarían en la boca por el mero hecho de sentirse cercanas, desnudos de patrones sociales pero conservando los ideales culturales del reconocimiento entre iguales de dos lenguas juguetonas y labios abiertos para recibir el milagroso calor de la vida. Por eso son tan importantes los besos para él. Salva besa para construir andamios de igualdad que sostengan su alma frente a un mundo humanamente impredecible. Algunos lo podrían tachar de egoísta la forma en la que existe. Pero, por favor, no le juzguéis tan severamente. En el fondo sigue siendo ese niño que jugaba solo,  al que, a golpes de silencios y distancias, le enseñaron que lo que hacía lo hacía mal, al que miraban con ojos de superioridad y condescendencia por crecer a la sombra de otro árbol más grande. Pero tampoco sintáis lastima por él; eso aumentaría su ego y le alejará de quien realmente es, de quien realmente quiere ser. A veces la gente mira su corteza y se maravillan de lo que ven. No saben que es la costra de una herida que nunca supo cicatrizar. A veces se ha sentido un muerto en vida. Y otras ha rozado el cielo con los dedos. Con él he tenido los mejores momentos. He reído hasta llorar. Con él he ganado y he perdido cada partida echada a suerte como si nuestras vidas dependieran de ello. He cantado en su garganta a grito desnudo, descargando nuestras versiones más potentes de “my way”. He llorado sus lágrimas y disfrutado sus orgasmos. Con él he volado al sentir el viento alzar sus rizos, y me he atragantado con sus nudos en la garganta en los momentos más tensos. Él es así. Ha disfrutado el sobrenombre de infantil cuando se divertía rompiendo una fina capa de hielo invernal en un estanque; y se ha humillado con el mismo sobrenombre, como si fuera una losa en la espalda que lo mancillara como indigno. A penas se enfada, o eso es lo que le dicen los que le conocen bien. Yo le he visto enfurecido, pero no como esos insensatos que maltratan estructuras físicas orgánicas o inorgánicas para canalizar su ira. Para él, eso son ridículos pasatiempos que no llevan a ninguna parte. Salva prefiere dejar que las ondas de su ira se ahoguen en su interior, como el agua agitada de un estanque que, si la dejas tranquila, acaba volviendo a su posición inicial, calmada, quieta. Antes que golpear nada prefiere derramar alguna lágrima que le caliente la mejilla. Una marca a fuego que le recuerda quien es. ¿Quién es? No lo sabe ni él. Todavía se está buscando.

Mirando hacia dentro desde fuera / Adolescencia

Mirando hacia dentro desde fuera

¿Quién soy yo? Me digo, me pregunto. Y no sé cuantas veces me he realizado últimamente ya esta pregunta. Estoy de un pesado, de un plomizo existencial, que raya lo obsesivo por lo interior de la mirada. Pero estoy atrapado por la duda…, por la curiosidad innata que conmigo convive y cohabita. Por lo tanto ha llegado el momento en el cual quiero y deseo conocerme mejor. Lo necesito como el aire. Me lo pide a gritos ahogados mi ser, mi cuerpo, mi alma. Profundizar. Dejar de evitar mirarme a mí mismo. Por esta razón deseo autoanalizarme, transcender todo aquello sucedido a lo largo de mi vida, dejar de perderme en la máscara, de engañarme, de ser demasiado autocomplaciente. Y no puedo, sí, repito, no puedo evitar interrogarme dulcemente ¿Cómo era mi vida entonces, en cada una de mis diferentes etapas? ¿Y quién fui yo? ¿Cómo me comporté, cómo me moví en el interior de cada una de ellas? me pregunto, enigmático, a mí mismo. A quién mejor, si no a mí mismo, puedo dirigir esta enorme pregunta. Para partir de aquí, de esta incógnita, poder encontrarme con mis diferentes “yo” existenciales, a lo largo de mis distintas etapas evolutivas, para que entre los dos, mi yo pasado pretérito de cada momento, según, y mi yo actual, ir llenando los huecos, ese vacío que siento desde hace tanto tiempo y que me corroe por dentro como si fuese ácido clorhídrico sulfuroso sulfurante. ¿Con qué intención? Disponer de una especie de diálogo entre mi “yo” actual y mis “yo” pasados. Deconstruir reconstruyendo así mi propia existencial historia. ¡Joder! Soy historiador, es decir, narrador de historias. ¿Y cómo lo voy a ser, realmente, si ni la mía propiamente soy capaz de oficiarla oficialmente, con amor y esmero? Por esta razón, requiero la presencia de mis auxiliares archiveros. Por lo tanto, pido y requiero amorosamente, sin obligación, pero firmemente, que éstos aparezcan lo antes posible ante mí, desfilando (pero no marcialmente, no simpatizo con lo militar, con lo marcial, lo patriarcal) mi “yo” bebé, mi “yo” niño, mi “yo” adolescente, mi “yo” adulto, para llegar, finalmente, hasta mi “yo” actual. Y así, de buenas a primeras, mirando hacia atrás pero sin girarme siquiera aparece, ya está aquí, mi yo recién nacido. Hola ¿Qué tal? Pasa, pasa, no te quedes en la puerta. Encantado (me inclino respetuosamente), me quedo con la mano moviéndola y agitándola al aire. ¡Ah! No veo a nadie. Qué raro. A claro, ¿Cómo vas a pasar? Si acabas de nacer y estás en el suelo envuelto en mil ropajes, metido en una canastilla de mimbre y haciendo ruidos adorables de bebé jugando consigo mismo. Que torpe por mi parte hablarte, bueno no, hago bien en hablarte, para que así conmigo vayas familiarizándote, con mi voz y con mi timbre. No sea que te sientas inseguro y me solicites, busques, en uno de mis barones pechos un irrisorio pezón inerte, desierto de leche, sería entonces la situación una auténtica catástrofe. Es otro el alimento que quiero compartir contigo. De hecho para eso estás aquí para contigo encontrarme y explicarte cosas que ahora, tan pequeño, te sorprenderían. Pero que crueldad sería que alguien nos explicase, sin haber sucedido aún, todo lo que nos sucederá en la vida desde hoy mismo en el tiempo en adelante. Sería robarnos vilmente nuestra existencia, nuestro camino y nuestro caminar. Bien, te miro, te hablo con dulzura, como debe hacerse a un recién nacido. Conecto contigo. Te voy a coger en brazos. Qué fuerte, singular experiencia, yo abrazándome a mí mismo. Mi yo pequeño, frágil, mi yo de pocos días, acunado por mí mismo, tú yo futuro, ahora, pasado y futuro, unidos en el presente, conectados ahora en este preciso instante. Magia pura sin artefactos. Simple artificio literario, una licencia de este pequeño y humilde dios narrativo. Momento metafísico místico propio de materia literaria o fílmica de la llamada ciencia ficción. Me observo con cariño, amor, ternura. Eres tú, me digo yo mismo a mí mismo, tú, mi niño infantil abrazado por mí mismo, sostenido por este niño metido en un cuerpo adulto. Continente abrazando el recién nacido contenido. ¿Este era yo? Me digo para mí mismo, mientras asombrado en demasía y extasiado me observo. Vaya. Ahora mirándome puedo imaginar lejanamente mi día a día siendo un bebé, una vida entre algodones, recibiendo de mis padres mil cuidados, biberones, cambio de pañales, y aunque debería dormir, duermo pocas horas para ser un bebé. Por lo que me han explicado, cuando salía a la calle, de paseo o para acompañar a los trámites diarios de los míos, solía ir mirando con los ojos bien abiertos por encima de la capota de mi cochecito, asombrado por la vida que se movía al otro lado. Después vienen las siguientes fases. Voy creciendo, paulatinamente, hasta convertirme en un niño. Un niño despierto, curioso de todo y de nada en concreto. Inquieto. Un torbellino hecho carne en movimiento casi continúo, acelerado, difícil de desacelerar, de frenar. Un cohete supersónico infantil con combustible para no parar ni un momento quieto, pues a la mínima me recargaba las “pilas” a base de comerme tabletas enteras de chocolate, con leche, negro, con avellanas, con almendras, chocolate blanco. Así, claro, cualquiera tiene energía, dirá algún lector enfadado, engañado, estafado al leer las anteriores líneas. Incluso muchas veces, no las menos, me zampaba una tableta elaborado a partir de esta pasta de “oro indígena metxica” y después otra, pero nunca sin antes haber hecho lo mismo con un “bocata” más sustancioso de queso bien seco, o de jamón dulce, o de salami, o de fuet, o de lomo ibérico embuchado, o de mortadela con olivas o pistachos, que antes, en aquel entonces todavía no era vegetariano. ¿Periodo inocente? Vivía a partir de la ingestión de cuerpos de cientos de animales. Carnívoro insaciable de carne inocente y tierna. Aún no había conocido a aquellos tres cerdos puercos ni sus profundos guturales gritos que me inspiraron y me hicieron sensible, inclinado, a alimentarme mediante y partir de una dieta sin sangre, sin asesinato, sin crueldad de muerte violenta, totalmente innecesaria. Siempre permanecía atento a lo que le rodeaba. Sensible. Sin perder detalle de la crueldad humana, propia y ajena. Bebiendo hacia dentro de todo lo que me envolvía. Jugando y riendo todo lo que buenamente podía. Siempre buscando otras niñas y otros niños con los quien jugar. Deseoso de tener al lado otro ser con el que compartir juegos, pensamientos, deseos y sueños. ¡Un hermano, un hermano! pido a gritos a mis padres de continúo. Pero además de un hermano, siempre estoy demandando atención, cariño, calor, amor, y todo tipo de juguetes, libros, cuentos, chucherías, dulces, helados en verano, churros, cortezas y patatas fritas en cualquier momento y en cualquier estación del año. Un “pedichón”, eso es lo que eres hijo, me dice cariñosamente, pero serio, mi padre. Lo quiero todo ya, con una voracidad que horrorizaría a cualquiera otro ser que no me conociera de cerca. Y así voy creciendo, rodeado de plastilina de colores, de plastidecores de colores, de dacs de colores, de rotuladores de colores, de pelotas de colores, de canicas fabricadas con diferentes materiales, y colores. Mientras lo que me rodea se vuelve gris. Edificios, asfalto, colegio, pistas deportivas. Pero en mi interior todo tiene un colorido intenso de vida que parece nunca acabar… Mi máxima es jugar lo máximo posible, todo el tiempo completo disponible, a mi disposición, a todo tipo de juegos. Al bote, a matar, saltando bajo la cuerda, jugando partidos detrás de “casa” de tenis (con las palas de madera) o de fútbol, jugando con los automóviles de miniatura (guisbal, majorette, son las marcas de los fabricantes de la mayoría de ellos) inventando con ellos vidas adultas a través de la construcción de mundos usando la tierra del jardín: carreteras, ríos, montañas, puentes, casas, hospitales, aparcamientos. A veces nos visitaban niños extraños, aquellos eran momentos sumamente bizarros. Marginados procedentes del extrarradio del extrarradio, más allá de los límites urbanos y urbanizados. Iban en grupo con algún que otro integrante de mayor edad, pre-púberes. A veces, no era raro verles con bolsas de plástico en las que introducían sus adultas caras, a pesar de no serlo ninguno de ellos, ni los más grandes ni los más pequeños. Habían perdido su infancia, infancia robada por una insensible sociedad consumista urbana burguesa y conservadora que les daba completamente la espalda. Iban esnifando cola industrial, generalmente, o si no, otro producto sintético químico que les hiciese análogo servicio adictivo que les hiciese perder el sentido, el oremus, la cabeza. ¿Quién querría vivir cómo ellos se veían obligados? ¿Y encima verlo y sentirlo? Debía ser como vivir en un infierno interno quemándote las entrañas con hierro candente y sin agua cerca para aliviar ese punzante dolor sin igual. Desplazados de cuerpo y mente, fuera y al margen de la sociedad elevándose al cuadrado su marginalidad, su espacio infinito marginal. Zombis vivientes. En eso se convertían de alguna manera. Nosotros nos asustábamos, y huidizos, corriendo en tropel picábamos a aquel timbre de alguna puerta de algún piso o inmueble, en una de las porterías de nuestro barrio, una en la que cualquiera de nosotros, de nuestra inseparable cuadrilla-pandilla, vivíamos humildemente, pero dignos, no como la vida de aquellos de los huíamos, cómo si llevasen la peste u otra enfermedad altamente contagiosa y nociva para la supervivencia humana comunitaria. Entrábamos gritando en la portería y corriendo escaleras arriba, histéricos, cómo si nos fuese la propia vida. Y los otros niños, los otros, aquellos, a veces nos miraban, observaban, impasibles, mientras todo esto sucedía delante suyo cómo si fuésemos invisibles, seres de otro mundo completamente ajeno y alejado del suyo. Mundos contrapuestos encontrados, confrontados sin violencia aparente, pero sí latente. Una rabiosa realidad marginal que dolía y hería los sentidos, el alma, el corazón sensible de los niños y de cualquier que quisiera verlo, sentirlo, palparlo. Espectáculo absurdo, cruel, injusto. Y es que a pesar de los pesares, los niños son tan crueles como los espejos adultos en los que se reflejan, copiando actos indignos, violentos, insultantes, injustos. No era mi caso, aún siendo sensible hacia la violencia física, una excepción. Y embadurnado en una pátina de máscara, como si de un juego inocente se tratase, muchas veces me burlaba de otros, todavía no sé bien por qué razón. Cantaba canciones irritantes que hacían perder la cabeza del más santo del santoral cristiano, y también del profano. Repelente me veo en esas ocasiones. Mi sombra oculta. Y desde luego, no me siento orgulloso de estos actos. Ni siquiera me parece bien refugiarme en mi corta edad para excusarme, justificarme, pues era consciente. Me vienen y me visitan estos fantasmas infantiles, crueles, a pesar de estar revestidos de jocosidad, de mofa. Pero si era consciente, ¿por qué lo hacía? ¿Para saber hasta dónde llegaban los límites que tendría que imponer el que recibía los “honores” de mis cantigas infantiles repelentes de “niño Vicente”? ¿Era así cómo quería ser reconocido? Bien, la verdad, actuaba en muchas ocasiones de la manera que lo haría un bufón, jocoso, irreverente, descortés, descarado, desvergonzado. También esto es parte de mi oscuro pasado.

 

Adolescencia, la edad febril del desenfreno

 

Me hierve la sangre. Siento un calor dentro de mí tan intenso que nada me frena ni puede interponerse ante mí. Con esta sensación siento que todo es posible. Me he convertido en una especie de superhéroe pero con poderes corrientes. Me recorre por todo el cuerpo, a lo largo y ancho de todo mi ser, una especie de corriente alterna orgánica tan febril que no me abandona ni día ni noche. Casi ni me deja respirar, pero no es desagradable. Lo llevo bien. Hay tanta vida en mi interior que quiere salir, comerse todo lo que me rodea, que me apabulle, me amenaza y me horroriza no poder controlarla, y también por no poder alcanzar, no conseguir materializar mis deseos oscuros más profundos, mis terribles ambiciones lujuriosas intestinales. Aquellas metas que proceden y nacen de mis entrañas. Las más animales. Pero no quiero control en mi vida. Pido y deseo desenfreno. Ir desnudo sin nada puesto, como llegué al mundo. No se puede parar lo instintivo, lo animal, lo salvaje. Sería como querer detener una ola, su flujo, el cual al igual que el de la sangre bombeada rítmicamente desde y por el corazón, tienen su vida propia, automática. Corazón. Músculo máximo en tensión y distensión. Contracción y expansión. Acercamiento y alejamiento en cada uno de sus movimientos. Centro orgánico estratégico donde late nuestro ritmo vital. El latido latente de nuestra vida interior. Nuestro propio y único soplo de vida latente pero finito, sino seríamos inmortales. A pesar de todo parece que vivimos sintiéndonos realmente inmortales. Como si tuviésemos todo el tiempo del mundo para enmendar nuestros errores. Pero para despertarnos de este infame sueño está la muerte, imperturbable, fría, puntual, para recordarnos que llegamos hasta donde ésta nos lo permita. Éste, ese inmenso poder, por suerte, no nos compete. ¿Cuánto tiempo viviremos? La magia de la vida, de la naturaleza y de sus ciclos cósmicos está lejos de nuestro alcance, de nuestro entendimiento, de nuestra comprensión. El misterio de la existencia y sus guaridas secretas, con sus llaves escondidas en un jardín inmenso en el cual nos perdemos jugando a ser hombres y mujeres que en realidad no somos. Seguimos siendo una mota de polvo estelar, menos que una hormiga en el sistema universal. Pero seguimos representando nuestros papeles insulsos en este Teatro grotesco de lo cotidiano, en que hemos convertido nuestras vidas en meras convenciones insulsas y vacías de contenido y de valor auténtico, real, genuino. Comedia y drama cada día se convierten en tragedia por no poder convertirnos en dioses omnipotentes. Frustraciones insanas, tóxicas, y al vez absurdas. Buscamos ciegos, sin saberlo, el árbol de la vida. La matriz del universo donde todo empieza y se acaba. La vida es transcendental, pero yo me siento sumamente superficial. No me hundo ni exploro profundidades profundas, sino que floto. Soy como una mancha de aceite pegajoso navegando por el universo. Leche blanca cósmica en movimiento continuo-discontinuo, así me siento, así me percibo, así me veo. Aún no tengo alma de poeta en este momento. Sigo sin poder cantar a la vida, no entono este himno, parece no ir conmigo. Me falta madurez, experiencia, visión. Estoy en construcción, centrado en fortalecer primero los cimientos, en embellecer al máximo la fachada. Se me escapa la esencia universal de las manos en muchas ocasiones, demasiadas, y con él, el sentido y el control de la vida. Las pasiones y las pulsiones pueden ser más poderosas que yo. Me arrastran. Me enfrentan a situaciones que sin ellas sería incapaz de enfrentarme, de conocerme mejor. Momentos de autoexploración.  El control de mi vida aún no me pertenece, aunque anhelo todo lo posible por poseerlo. Tener el poder. Tener el control. Pero el ritmo vital desenfrenado es un orgasmo breve, quizás, según, pero de una intensidad total, brutal, desgarradora. Como un fogonazo que me ciega y después me dejase completamente a oscuras. Envejezco a marchas forzadas con cada una de mis elucubraciones, de mis masturbaciones, mis pajas, ya sean físicas o mentales. Mis espermatozoides se suicidan gritando en silencio sin encontrar objeto, útero simbólico o real donde poder crecer y desarrollarse plenamente, de forma segura y plácida. Eso es lo que necesito. Eso es lo que quiero, alcanzar y llegar a conseguir. Mi espacio vital. Un vacío al vacío, sin aire donde poder respirar y donde poder meterme, esconderme. Este es el objeto de mi baile y de mi viaje central de mi vida, vistiendo mis mejores galas para este gran momento único, la gran inauguración de mi museo propio: ego. Mis mejores vestidos: mi piel y mi alma desnudas, sin nada que pueda despistar o desviar la atención de quien me observe. Huesos y sangre a la vista. Vísceras. Flujos. Sin censuras. Cruel pornografía autobiográfica. Este sentimiento me traspasa, me supera. A la menor oportunidad expongo mi energía vital, mi potencial físico. Me estoy convirtiendo en un exhibicionista humano que imita a un pavo real. Cualquier ocasión es óptima para pavonearme, para sacar pecho.

 

Ya es la hora. He quedado que ahora, justo a las cinco y media, como un clavo, hiciese lluvia de sol, o de rayos con y truenos, iría a visitar a mi yo adolescente. Así pues, conecto y hago girar mi máquina del tiempo y a partir de las sensaciones anteriores escritas y descritas, gracias a éstas, llego veloz a él, a mi yo pero sin ser mi yo todavía completo actual. A mí, pero estando plenamente inmerso en la etapa adolescente. ¡Hay qué ver cómo pasa el tiempo! No corre sino vuela. Bien, ya estoy dentro de mi cuerpo y de mi ser,  tengo ahora a penas quince escasos años, comparados con los cuarenta actuales. Me concentro en la vivencia… mmmmmm. Inspiro. Suspiro. ¡Ufffff!Es uno de esos días al mediodía en que mi madre me envía a hacer algún recado doméstico. Ha interrumpido uno de mis momentos de disfrute, de juego, que compartía con otros chicos. Con algunos de mis vecinos del barrio. ¡Me da una rabia cuando lo hace…! Pero sé en el fondo, porque lo veo en su cara y también porque numerosas veces me lo ha comunicado, que a ella también le sabe mal tener que obligarme, forzarme, a alejarme, momentáneamente, de mis instantes de libertad, de disfrute. Soy, por lo tanto, consciente, que si lo ha hecho es porque realmente tengo que comprar algo necesario y vital para que ella pueda elaborar la sabrosa comida antes de que llegue papá y de que, así mismo, tengamos que regresar al cole, para dar esas interminables dos horas que nos restan (excepto si tenemos educación física, gimnasia). Estaba jugando a fútbol, cuando me ha llamado a gritos mi madre. Estábamos detrás del edificio donde vivimos junto con Oliver, Joaquín, su primo Rubén y mi hermano. Es entonces cuando aprovecho para salir corriendo, y así poder volver a incorporarme lo antes posible al partido. Voy dando grandes zancadas, como si estuviese huyendo de algún terrible monstruo, supongo que representativo del control paterno, de los profesores rígidos y de los deberes que nos imponen, de esas cosas que me imponían los adultos y que los siento como un castigo ilógico, sin sentido, pues no me explican a qué viene todo aquello. Me muevo rápidamente imitando a un compañero del cole, a Antonio, el cual corre dando saltos. Zancadas, de tipo previo, y similares a las que realizan los atletas de la modalidad de salto de longitud. ¡Cómo admiro a Antonio, su estilo desmadejado, informal pero brutal, casi hipnótico! Siempre que puedo también, haga sol, lluvia, granizo… corro, corro por las calles, por sus aceras, por sus parques, siguiendo la línea de la costa con vistas al mar y a sus playas mediterráneas. Estoy enganchado al footing. Así, con el pantalón corto me hago ver, me hago sentir. Acecho a las chicas. Me abalanzo sobre ellas. Las hago gritar poniendo en movimiento todo mi cuerpo. Las provoco. Quiero que me deseen. Quiero que admiren mi belleza. Que me digan piropos. Que miren mi cuerpo, mis piernas, mi torso. Tengo quince años y explosiono y me expando cual flor en primavera. Estoy floreciendo. La vida está en mí. Reboso de vida, de energía vital-sexual. Mi energía está entonces, de repente, explotando, ahí, visible para todos. Muestro mis encantos sin ningún tipo de pudor o vergüenza. Voy siempre en manga corta, incluso en invierno. Observo atónito mi belleza masculina en movimiento,  como ésta es reflejada en el vidrio de la droguería Ibeas, en el cual me observo mientras me dirijo al trote de mis musculosas piernas hacia el mercado Menorca. Ese cuerpo a medio hacer, medio niño y medio hombre, semi-desarrollado, galopando, subiendo y bajando el aire inflado que atraviesa y cruza mi pecho ¿es mío? Me pregunto, y lo que observo me place, me gusta realmente. Voy y avanzo flotando en el airoso aire sin sentir peso alguno. Gravedad ingrávida. No siento ningún peso, ninguna atracción grave. Al contrario, soy leve como una pluma de ave del paraíso sin paraíso ni descanso. Me gusto. Me siento seguro auto-observándome. Todo el mundo en el mercado y en las tiendas donde paro a comprar, me conocen. Soy aquel chico obediente, atento, educado, que ayuda a su madre con las compras. Un hijo responsable que ayuda en casa. Sé que muchas madres y muchos padres de mi vecindario me ponen de ejemplo en sus casas. La verdad es que no desearía ser motivo de atención, preferiría en este sentido no llamar la atención. Pero no siempre se obtiene lo que uno desea. Las evidencias no se pueden ocultar cuando son públicas y demostrables. Todos nos reflejamos en los otros, nos vemos por los otros, nos movemos inconscientemente por los otros. Los vecinos de mi edad, o incluso, aquellos que son algo más mayores, sus hermanos, me detestan. No pueden verme. Les parezco un ser repulsivo. Un cáncer a extirpar, a eliminar. Soy una cosa que molesta, que irrita sus conciencias. Les hago sentirse violentos. Siempre que le falta algo en casa mi madre me envía a su encuentro, a comprar aquello necesario. Lenguado congelado. Botellas de aceite de oliva virgen extra de dos litros. Paquetes de cereales. Trigo inflado azucarado, endulzado. Smacks. Arroz inflado azucarado. Krispies. Arroz inflado azucarado bañado en chocolate. Choco Krispies. Salvado de fibra de trigo, avena y centeno. All-bran. El dinero vuela, se esfuma. La comida lo reemplaza. Muchas veces me llevo broncas de mi madre porque he perdido el dinero bajando las escaleras corriendo o en las calles. Billetes de cinco mil pesetas que vuelan al faltarme a mí algo de tierra. ¡Qué peligro! Saltar demasiado, correr demasiado, me alejan, me descentran. Entonces bastante dinero pierdo por estar haciendo el “cambio hormonal” de crecimiento. Fin de una etapa, la infantil, e inicio y comienzo, de la siguiente, adolescencia. A veces llego a la tienda para adquirir lo que mi madre me ha encargado, y de repente, cuando voy a pagar, meto mi mano en el bolsillo, justamente ahí donde, en principio y final, había colocado el dinero. Nada. Todo lo llena un vacío inmaterial, pero es entonces cuando vuelvo a tierra y regreso de un viaje muy, muy lejano, al mundo real social que me rodea. Mi alma cae hasta lo más bajo del suelo, por lo incómoda que es la situación. El mundo se hunde en ese momento a mis pies. Vuelvo a caminar el camino andado, buscando como un indígena pálido indicios de los papeles violetas que permiten comprar bienes. No hay nada que hacer, sea donde fuere que se depositase y aterrizase el billete, nada queda de él, ningún rastro, ningún indicio. El billete ya es para mí casi un mito. ¿Pero cómo explicar y poder justificar esta dramática pérdida material, si mi padre debe trabajar entre diez y doce horas diarias para que no nos falte de nada en casa? Mi madre quiere que haya de todo, o de casi todo, en nuestro hogar. En cuanto a alimentación dice, esa es la prioridad número uno. Buenos alimentos. Abundantes cantidades ingentes de alimentos. Ellos, mis padres, que durante la larga y agónica posguerra tanto sufrieron, de alguna manera esa escasez la destierran ahora almacenando sin freno alimentos que sólo en sueños podían metérselos e introducírselos en la boca en aquellos crueles, negros y oscuros tiempos del siglo pasado. Ese siglo de guerras, de entre guerras y de revoluciones proletarias, sociales, culturales. Sólo en sueños, en su inconsciente, podrían en aquel entonces conseguir en el mercado lo que hoy consumen. Y hasta así incluso, hoy seguramente tienen más productos variados a su alcance, a coger de la mano, que antes. Alimentos que ni siquiera se imaginaban de su existencia. Cuando habla de comida, mi madre, noto que empieza a salivar. Su boca se convierte en un flujo líquido preparatorio y envoltorio de comidas, de suculentos alimentos sencillos. Algunos nutritivos, otros simplemente dulces. Mamá es muy glotona. En eso nos parecemos, entre otras cosas.

 

DESPIDIÉNDOME (2)

Era aquella una tarde encapotada, gris, plúmbea. Aunque a mí me parecía una de aquellas tardes de sueño en que todo parece que se mueve alrededor y uno siempre está quieto, sin poder moverse. El escenario, incomparable: el diorama de las sierras de Guara y Gratal, que han sido el trasfondo de mis historias de infancia. Aquel diorama que imitábamos en los belenes que construíamos de la mano de papá.

Ahora, sin embargo, no se trata de un nacimiento. Yaces blanca, como una muñeca de porcelana en tu caja de madera. Los operarios levantan un momento la tapa y te vemos dormida, tranquila. Mi hermana y yo, cogidos de la mano, te hacemos una última caricia. La piel de tu cara es suave al tacto, como la de un bebé.

Y en este gesto simple, el último que te puedo dedicar porque dentro de poco serás incinerada, me pasan delante de los ojos los acontecimientos más importantes de tu vida. Te veo guapa, con los rizos rubios al viento en vuestras bodas de plata. Agachada cuando robábamos a hurtadillas racimos de uva en nuestras excursiones. Bañándote en la piscina o cocinando leche frita, que era nuestra delicia. Como una Penélope siempre tejiendo ganchillo o lana. Yo abría los brazos como un detenido esposado y tú ibas tirando del hilo hasta hacer un ovillo que acababa siempre corriendo por el suelo.

Me siento ahora como aquel ovillo a tus pies, que ahora corre solo, cada vez más lejos, aunque la otra punta del hilo aún la tienes tú, a punto de soltarla. De este ovillo, como el de una crisálida, he salido volando yo, transformado, metamorfoseado. Quedan en mí tus palabras, tu lenguaje (dicen de mí que, oyéndome, muchas veces parece que seas tú quien habla). Pero soy otro, al mismo tiempo. Te has muerto sin haber querido conocerme a fondo. No importa, tú me diste el impulso inicial y luego yo he dirigido mis energías hacia territorios que tú seguramente ni siquiera adivinas.

La tapa se cierra y sueltas el cabo. El cierzo que sopla esta tarde me devuelve al escenario en el que estoy. Me azota el rostro como un viento que ahora vivo desde la proa, con toda la incertidumbre de saber, de vivir sin que estés allí protegiéndome. La grisura de la tarde la vivo como hombre solo, en medio de la niebla, buscando la luz.

Eso sí, siento la mano de mi hermana, que aprieta fuerte la mía. Siento su presencia a mi lado, pero en mi interior el viento resuena como en una cueva solitaria. Una soledad acompañada será desde ahora mi vida.

Cierro los ojos y me compenetro contigo, como si estuviera ya muerto, en tu interior. Resuena en mí aquel maravilloso verso de Blas de otero, que remeda a Quevedo. Dentro de poco serás “ceniza húmeda de lágrimas”. Ese color ceniciento de tu pelo, de tus pies, esa brasa que te ha quemado las entrañas hasta llegar al núcleo.

¡Qué rápido ha sido todo! No hace ni dos días que mi hermana te iba dando cucharaditas de agua para calmarte la sed, hasta que dejaste de respirar. No hace ni tres que te despedías de todos nosotros, dedicando a cada uno tus palabras, consciente de que te ibas yendo. Yo te acariciaba tu mechón ceniza hablándote de papá. Ests fueron las últimas palabras que oíste.

Cuando te apagaste, sin un grito de estertor, sin moverte, en paz, mi reacción y la de mi hermana fue de incredulidad. ¡No podía ser! Y cuando comprobamos lo inevitable nos abrazamos fuertemente y en ese momento nuestras dos vulnerabilidades se fundieron en una. Pero allí estaba también nuestro padre, como cuando jugaba a las cartas y nos hacía trampas al guiñote. Como él, en la UCI, no se pudo despedir y nos dejó en una libreta unas enigmáticas “m”, ahora sí que se despide por tu silenciosa boca.

Miro a los pies de tu lecho de muerte y os veo a los dos, jóvenes y bien plantados, en vuestra foto de boda. Y es como si aquella foto se fuera desvaneciendo, como cuando subes el brillo y los contornos se funden en blanco.

Cierre en iris. The end. Fin. La película acaba con un plano general de dos sombras que se alejan cogidas de la mano por aquel paseo becqueriano de Veruela bordeado de plátanos. Y las hojas de otoño caen sobre nosotros dos, mi hermana y yo. Y el viento sopla cada vez más fuerte, me azota la cara y me despierta. Estoy aquí, a los pies de tu ataúd, de la mano de mi hermana, de cara al Gratal, aquella pirámide que apunta al cielo, solitaria. “Le vent se lève. Il faut tenter de vivre”.

Sobre la peli de la Sarah Polley: com interpretem la pròpia de vida??

Algú descriurà la meva vida quan jo sigui mort i hagi partit?

Com si algú realment sabés de la meva vida.

 Quan jo mateix sovint crec que ben bé poc o res sé de la meva vida

 Sols un grapat de murmuris, unes quantes pistes i falsedats escarransides 

 Que jo vull, per al meu propi ús, traçar aquí. 

 

Walt Whitman

[Leaves of grass (fulles d’herba)] traduïda finalment al català recentment.

 

Un poema lleuger i també obvi des de la senzillesa, però que alhora descriu l’enormitat i complexitat del fet de descriure’ns, d’escriure el que ens defineixi i que ens descobreixi davant dels demés. Aprofundir o simplement interpretar-nos? Conèixer o reconèixer a nosaltres mateixos en el que som i/o podem arribar a ser? Traspassar per aquests territoris ja és una heroïcitat i més en els nostres dies. Us ho reconec i hem de reconèixer-nos aquest gran mèrit si aprofundim en les entranyes amb honestedat. Repassem al gran Nietzsche i la seva privilegiada ment, en el primerenc “Filosofia a martillazos” que en forma d’aforisme, ens diu, “Ni el más valiente de nosotros, tiene rara vez la valentía de admitir lo que en definitiva sabe…” o “Toda verdad es simple” i després assegura: ¿No será esto una doble mentira? 

I és que entre aquests vèrtex en els que ens movem en aquestes realitats nostres que intentem escrutar, estan els nostres equívocs i també les més raonables veritats. O potser, les nostres veritats han de construir-se entre aparells d’equívocs o dubtes més o menys raonables entre les bambolines de les nostres històries. Qüestió de llibre d’estil? Potser sí, però jo me n’adono que és en la proposta combinada per cobrir totes les meves necessitats.

Jo proposo primer el camí més clar i directe que aparegui davant del nostre olfacte i mirada i aquests solen estar en la nostra percepció paradoxalment més immediata. Deixant-se sentir sense els artificis de certes paraules o mecanismes del nostre intel·lecte. Després ja hi haurà un procés pel qual ens conduirem cap a la nostra escriptura. La que recerca sempre en el territori de la pregunta. És llavors que potser traspassem diverses vegades per aquests equívocs per poder d’aquesta manera saber la millor trama per assolir la reconstrucció de les realitats. Potser són aquells bassals que ens trobem després d’una pluja abundant, i que obliga a cercar la millor forma d’evitar embrutar-te. A la primera no ho aconseguiràs. Hauràs de buscar potser l’acrobàcia més assequible fins que trobes la més òptima. Però potser ens cal embrutar-se. I llavors, fins i tot després d’això, potser algú et supera en habilitat retrobant la forma més adequada.

Escriure la nostra vida, és quelcom que ningú podrà mai saber ni podrà imaginar el que hi estem fent. La profunditat en que estigui escrit, ha de formular i formalitzar tot allò que està inscrit en el llenguatge, que cadascú de nosaltres adopta alhora d’expressar allò que duem a dins. Ara l’exercici (enorme i complex), és un diàleg entre tu i tu mateix. Un sí–mateix, que ha d’estar còmplice entre l’escriptura i el sí. D’allà, el sí–mateix podrà construir certes visions que, lluny de la comoditat o dels anhels de redescobriment, es retrobarà i compassarà cap a les recerques a realitzar. Però les ànsies de descobriment s’han de desvelar poc a poc. En la seva mesura. Esperant les respostes que t’hauran de traçar el propi camí, que al realitzar-lo, s’obriran a través de les teves pròpies paraules, en la recerca de les combinacions que més acompanyen i millor ens ressonen. Allò que et regalarà el teu propi pensament, mentre li donis l’opció de (re)entrar en un temps per a aquesta reflexió. Allà conferiràs una ànima que es reconegui cada vegada més i construiràs els seus ponts i altres camins ampliant construccions que permetran la comprensió de tot allò que es configura endins teu. En això no hi ha nivells d’aprofundiment. Només hi ha un camí i cadascú el farà agafant més o menys voravius o trencants, amb més o menys descansos i ritmes, més o menys ombres i direccions. Cadascú construirà els seus processos i sumarà els descobriments mentre camina.

Acabo en els mateixos pensaments aforístics de Nietzsche: el 41 i el 44 dels 44 que apareixen en la mateixa obra:

¿Quieres acompañar? ¿Marchar adelante? ¿O apartarte?… Hay que saber lo que se quiere y qué se quiere. (…) La fórmula de mi felicidad: un sí, un no, una recta, una meta…

No es tracta de fórmules evidentment, però us els deixo per tal de comentar-los si voleu. És evident que entre Whitman i Nietzsche podem procrear més escriptures, o com a mínim, enriquir els nostres paisatges emocionals o lingüístics alhora d’ampliar la nostra mirada.

Afegeixo una frase d’un científic que m’encanta i que vaig exposar el dia de la nostra presentació: “Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución” (Jorge Wagensberg)… i afegeixo als pensaments “Las palabras son como el vidrio; oscurecen todo aquello que no ayudan a ver mejor”.    “Sólo buscando las palabras se encuentran los pensamientos” (Joseph Joubert).

Les escriptures poden ser engrescadores, però de vegades ens condueixen cap a l’abisme, ens identifiquen les ferides o desvelen els malestars. Hi ha la interpretació que obtura o forada la pròpia intimitat. Recordeu que ens han ensenyat des de ben petits a protegir una intimitat desaforadament. En això coincidim sempre. Però el fil de l’escriptura existencial no en sap de cultures o d’arquetips familiars o culturals. Iniciem el debat potser més apassionant del que portem de grup, en relació al despullar-se, en la inconsciència d’un (sempre es fa quan estem en la intimitat del llapis), i en les percepcions de profunditat.  Però em pregunto mentre escric això i recordo els diàlegs creuats, què és aprofundir?? No seria llançar-se al buit?? I on és el buit?? No ho sabem. El buit és un desconegut, i llançar-se és aventurar-se. Aquí no hi ha límits, però no té resultats esperats, no implica metes o arribades a punts concrets. És una trajectòria que implica buidar-se, sense fi. I el que no cal mai és posar-se trampes, ni comparar-se com deia el Jaume un dia, encara que la comparació entre l’exercici dels miralls que assenyalava el Jaume, pot ser molt rellevant per un mateix.

Això us ho escrivia aproximadament fa un any. Ara hi he afegit algun petit paràgraf i –adaptat algun pensament que he substanciat de forma més complerta– crec que defineix fidelment el que per mi significa la peli de la Sarah Polley i les raons per les quals imagino que ens ha provocat tot aquest debat present i les diferències de sensacions que ens ha suscitat. Les històries que contem. Sobre el fet de narrar-nos (que no és ni molt menys com narrar històries a la vora del foc), sinó de com narrem la nostra pròpia vida que en part depèn d’on prové aquesta història. De com construïm per després (de)construir i tornar a reconstruir segons com ens va en la baina del que en el dia a dia després desfem. De com arbitràriament col·loquem i/o esborrem segons ens convingui per després registrar-ho en aquella ànima borrosa que és la memòria que processa i només guarda en el fil dels nostres records esfilagarsats. De com ho rep el que després és narrat.

Interpretar tot el que sentim i vivim, és una àrdua tasca en la que, com a àrbitre o jutge, passem pel filtre dels sentiments que interpel·len, però no asseguren arribar a la veritat. El que em commou d’aquest documental (fals segons dieu alguns) és que els protagonistes van viure mentre expliquen una narració brillant, en què cadascú filtra la seva història mentre dialoga amb altres veritats sobre la mateixa. La interacció que la peli dinamitza i accelera de forma artificial (tots hi estem d’acord), ens fa testimonis de múltiples històries amb multitud d’informacions que fan que alguns personatges millorin el seu coneixement de la realitat i dialoguin amb ella, potser, com és lògic, amb diferents resultats. En aquests casos concrets del no-pare biològic i de la Sarah, arriben a un port existencial en el qual millorarà segurament la seva situació, sobretot perquè veiem al final que accedeixen a la veritat i assoleixen a comprendre-la i acceptar-la. Sabem que –això últim– no sempre és possible en la vida dels humans. Per això potser us haurà semblat una peli artificiosa i lluny de la realitat, però aquesta disposa d’un inusitat interès per a nosaltres, que és el camí que ens mostra pels que estem interessats en la recerca de la veritat i ens sondem a ella per poder viure-la en primera instància i en reescriure-la constantment. Des d’aquest punt de vista és des del qual podem regalar-nos en l’exemple vital, que ens proposa la Sarah Polley, que per mi esdevé mestra absoluta del mètode que emmarca en aquest documental.

 

Tot és allò que som, i tot serà, per als qui ens segueixen en la diversitat del temps, tal com ho hàgim intensament imaginat, és a dir, ho hàgim, amb la imaginació ficada al cos, vertaderament estat. No crec que la història sigui res més, en el seu panorama descolorit que un seguit d’interpretacions, un consens confús de testimonis distrets. El novel·lista és tots nosaltres, i narrem quan veiem, perquè veure és complex com tot. Fernando Pessoa, llibre del desassossec, quaderns crema, pag. 37

 

Abonat a la ràbia. Ofegat per ella

Dia x. Hora 0. El moment esperat i llargament desitjat. La darrera cornisa que hauré de travessar per contrastar i fer de domini públic el meu treball. El meu escrit que ha ovulat i he engendrat fins arribar a un part que ara estar a punt de trencar aigües. L’estat intern és de transcendència. Els nervis són electritzants. El instint de supervivència està disparat per sortir victoriós i acabar amb l’agonia que sembla tenir nervis amb cuirassa de cristall. Vull acabar amb tants moments tortuosos i llasts tant pesants. El procés ha tingut moltes arestes de males experiències, tensions, obligats neguits i perversos pensaments en els quals el meu  desgast es feia interminable.

La tensió palpava les meves immundícies internes. Mil pensaments s’amuntegaven creant una aparent contenció verbal, però solament perquè alguns s’entortolligaven entre ells. Inclosos aquells que em duien a habitacles foscos del passat, i entre un d’aquells –en aquell mateix precís instant– veig en la pantalla del mòbil la trucada del meu director. Em sembla que això anuncia que el moment està arribant. Jo l’espero i en canvi arriba l’esclat que mai m’esperaria i que sembla capar d’un sol tall totes les il·lusions. La frase és categòricament castrant: “No podrá ser”. M’ho expliquen i no entenc res. El pati del claustre des de la seva tercera planta on havia d’estar Héctor el meu director, és el testimoni del moment. Sembla ser que el meu cos no podia sentir una notícia tan desconcertant i descoratjadora. Em quedo com en un flash. Absent i cec. Veig la ràbia que treu el cap. Però no! m’he de mantenir ferm i elaboro la meva reacció. Ara tinc allà al final del passadís un difícil moment d’afrontament que no tinc idea de com confrontar. Em fibla per una cosa tan sols. La presència allà d’una família sencera i seguidora de tots els meus passos existencials i la de l’altra família que recorre els passos mutus des de fa dos anys. El meu consol i un fil d’orgull em sosté en aquest moment vibrant. Bé! Havia de ser vibrant i ara ho és per altres motius. La vibració és un sostingut moment que havia de significar una alegria emotiva de descàrrega i ara és un desconcert del qual no sabia com podria sortir.

La gent justament ara va apareixent. Quan penjo el telèfon ja em trobo a Juanjo i Roger, la meva cara devia ser un poema. El poema vital interior perseguia que acabés tot. Quasi marxaria per aclamació de totes les meves sensacions frustrades. No volia ni imaginar com hauria d’explicar allò a tothom. Em calma poder-ho fer mínimament als companys, per sort. L’empatia dels companys provoca troba la compassiva mirada que em genera més fibra al moment. Això em fa pensar que es generaran, cap als meus pares i germans, altes i emotives reminiscències.

En la voràgine recordo que només he avisat pel whatsapp familiar on estem pares i germans però que encara no he avisat a tothom que no vinguin. Fracàs absolut! Em diu un pensament automàtic en aquell instant. La pressió que sento recorda que he d’avisar i afrontar les persones que vénen, moltes de les quals són les que tantes vegades hem compartit moments de frustració. Ara les compartim en cos i ànima. Allà totes les persones em proposen, em conforten, em sento una mica més orgullós de la feina realitzada en els darrers 3 anys de tallers. Mentre tots aquests pensaments em vénen en vagoneta a tota velocitat, em retornen les sensacions de la impotència i els objectius que em confluïen per aquest epíleg que havia de viure avui.

De cop em començo a sentir la injustícia del moment. Sento que per allà passa un director Héctor, amb una cara de circumstàncies plena de tensió que em fa avergonyir. De les vergonyes alienes que ara no sé reconèixer. La co– directora ha passat tres vegades pel meu costat acompanyada del membre del tribunal, no encerten en fer-me un mínim gest. També el gest de tensió i de desconcert. Em falta el membre del tribunal que és un dels que sempre havien estat en el meu itinerari formatiu -i que segons m’han informat- està en algun despatx pròxim. L’altra membre és en algun lloc ja allunyant-se. Segons ens han informat, una membre del tribunal (suplent d’un titular que havia renunciat 10 dies enrere) no havia estat inscrita en acta i ara no podia formar-ne part. De vergonyes alienes en podria parlar. De injustícies, de surrealisme. De que estaven encara esperant que “l’altre membre” del tribunal accedís a venir a darrera hora. Possiblement ho desitjava que succeís, però ho hagués trobat massa fora de sentit. La paraula negligència en plural em ressonava i se’m repetia. No la dèiem en els “corrillos” però estava en totes les ments.

Humiliació. Poc a poc va apareixent aquesta que està molt pròxima mentre van passant els minuts. Va agafant forma. I és que quan ja ens comencen a explicar que segueixen intentant que vingui el suplent, començo ja a desitjar que no passi: com seria ara defensar després d’aquest estat emocional?

Finalment, hi ha “FUMATA BLANCA”: caram quin moment tan emocionant! Segueix sense ser possible!! Ara resulta que ho he d’encarar en forma de possibilitats positives. “Encara hi guanyaràs”, deien. La meva impúdica masculinitat hegemònica em demana fer algun comentari  irònic. Sarcàstic fins i tot. Potser ratllant l’agressivitat batalladora. Fins i tot fregant el bel·licisme. La meva mirada cap als membres (2 dones i 2 homes) rescaten el millor dels seus rols orgullosament hegemònics. La jeràrquica estructura m’imprimia tots els meus odis i rebria les meves naturals ires després de tots els esforços bolcats. Però decideixo que no. Ho reprimeixo. Que no podia exprimir el que sento. Que hi havia unes formes. Que no trobaria cap mena de benefici i encara trobaria altres dificultats. Algú tan diplomàtic, com jo… Una família tan correcta no podria ara (en un moment tant determinant). Però no m’enganyo. Les pèrdues poden ser molt més grans que els beneficis. Ara tocava encara informar-me  i la cosa és que, per normativa, sembla que hauria de demanar permís per poder defensar perquè era el darrer dia de termini.

On estic ara? Impotent, trist, frustrat, emprenyat i molt molest. També em vaig quedant amb forces que em duen cap a la indolència. Com si valgués la pena abandonar. Com si no volgués compartir amb aquesta impotència i les meves pròpies resistències. Això crec situar-ho pel gran dolor que estic passant d’incapacitat de treure aquesta ràbia. Incapacitat com si no em veiés hàbil per treure aquest dolor. Expressar el meu dret a treure, ja no ràbia, sinó la indignació per tota aquesta resolució tant desconcertant, hauria de ser una vàlvula que podria prémer. I em trobo amb la meva companya que es permet expressar el seu dolor i la seva indignació, que com a mínim els pot traduir i transformar en unes llàgrimes que, unes hores després, encara no sóc capaç de poder-me permetre.

Ofuscat. Diria que encara no sé on puc fer residir les meves sensacions, pensaments i emocions que encara no sé situar o almenys precisar. Tants anys esforçant-me en emmascarar aquelles debilitats, en mostrar qualsevol cosa que no fos la meva emoció, ara que ho busco, pateixo horrors cercant en la meva essència autèntica. Per això mateix, estic ara centrant-me en el cos. Buscant en les sensacions que m’aproximin cap a les emocions. Que em centrin en el propi lloc del pensament cap el discerniment en tots els ensenyaments anteriors. No sé si m’ubico del tot bé en tots ells, conscient que sóc alumne encara en allò que és elaborar amb el que tinc al davant en cada moment, just entre les reaccions en les que l’agressivitat d’home mascle alfa, tan vocifera i blasfema, sense consciència. Aquest és el dubte etern del meu camí d’home existencial.

Tants anys residint emocionalment en el cau, ara em trobo construint les galeries per poder decidir-me a expressar nous estils de vida i de posició. Incidències? Aquestes són les oportunitats per expressar no el que som, sinó allò que volem ser.

Encara rescato tot allò que va passar ara fa quasi una setmana. Temps encara insuficient per treure’n més coses que formulen tots aquests canvis. Allà estarem després de parlar-ho entre vosaltres. Seguirem i ens interrogarem a veure on està la nostra ràbia. On està la vostra?